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Decidiendo el tipo de parto (Primera parte)

El título del post no se refiere en ningún caso a que opción elegir. Siempre que no existan contraindicaciones, el parto vaginal es la única vía que médicos y embarazadas deberían plantearse. Los riesgos y beneficios son tan distintos en cada tipo de parto que me parece increíble que haya casos en que la decisión no responda a criterios estrictamente médicos. De lo que quiero hablar hoy es de como me marearon durante el embarazo, y de la ansiedad que este tema me generó.

A lo largo de mi vida he tenido diversos problemas médicos que me han llevado a pasar por una decena de operaciones. Los más relevantes de cara a un embarazo eran mis problemas de cervicales, de los que me intervinieron en 2014. Como paso previo a iniciar los tratamientos, la clínica de fertilidad me pidió un informe en el que mi neurocirujano certificara que un embarazo no comprometía mi salud. Aprovechando que tenía que hacer el trámite, solicité otro informe al oftalmólogo pues intuía que lo necesitaría cuando fuera necesario valorar el tipo de parto.

Con seis años tuve varios desprendimientos de retina que me llevaron a pasar en tres ocasiones por el quirófano. Ahora mismo conservo la visión, y bastante disminuida, en un solo ojo. Tengo miopía magna, astigmatismo, un glaucoma… Vamos, que el estado general de mis ojos es lamentable.

Mi neurocirujano, que es un profesional de la cabeza a los pies, hizo el informe en menos de lo que canta un gallo. Seguramente no le llevó más de cinco minutos, pero tenía toda la información que yo necesitaba: no había contraindicación para un embarazo ni para un parto vaginal. Mi oftalmólogo fue harina de otro costal. Es el típico médico que considera que su labor acaba en el quirófano y, si ya las consultas las pasa de mala gana, no os quiero ni contar lo que debe parecerle redactar un informe. No conseguí el documento hasta quince meses después, y cuando lo tuve en la mano era tan malo que no pude utilizarlo. Ni siquiera el número de operaciones a las que me había sometido era correcto.

Desde la primera visita a la matrona en la semana 8 de embarazo hasta la mitad del mismo, la cesárea se veía como la opción más clara. En la primera ecografía que realiza la Seguridad Social, en la semana 12, la ginecóloga que me atendió me explicó que no debía preocuparme. Llevaría un seguimiento del embarazo normal hasta que en la ecografía de la semana 32 me remitieran a Alto Riesgo, donde se encargarían de programarlo todo. Sin embargo, en la ecografía morfológica de las 20 semanas me encontré con un discurso distinto. El ginecólogo opinaba que no había ninguna contraindicación para el parto vaginal y, salvo que aportara un informe del oftalmólogo que indicara lo contrario, ni siquiera valorarían otra opción.

Ahí fue donde empecé a asustarme porque los oftalmólogos me habían dicho que era mejor una cesárea, porque mi matrona había dado por hecho que sería una cesárea y porque a varios ginecologos les había ocurrido lo mismo. La opinión no era unánime y yo segía sin el informe que había solicitado hacía ya mas de un año y que ahora me resultaba imprescindible.

Tras recibir el horrible informe que comentaba antes, empecé a plantearme acudir a un oftalmólogo privado que me valorara. Pero tampoco me parecía una buena solución. Tenía la sensación de que así conseguiría el papel que necesitaba, pero que la valoración no sería tan buena como la que podía hacer un médico que tuviera acceso a todo mi historial médico. Y yo quería una opinión objetiva porque prefería un parto vaginal, pero solo si un profesional me aseguraba que no había riesgos para mi salud. Por suerte, otra oftalmóloga me valoró en la semana 29 de embarazo y emitió un informe en el que se detallaban mis patologías y se recomendaba a los ginecólogos evitar maniobras de Valsalva por riesgo de hemorragia intraocular. Con ese papel mi matrona me dijo que la cesárea estaba más que cantada. Pero a estas alturas yo no daba nada por sentado.

En la eco de las 32 semanas volví con mi informe esperando, tal y como me habían dicho al principio del embarazo, que ese mismo día me remitieran a Alto Riesgo. De nuevo la versión oficial cambió, no me mandarían hasta la semana 37 y entonces tendría que esperar un par de semanas más a que la cita llegara. ¡Y las fiestas navideñas por medio! A estas alturas estaba atacada. Me daba autentico pavor ponerme de parto sin que me hubieran dicho como iba a parir.

Un par de semanas después visité las instalaciones del hospital en el que daría a luz. De nuevo matronas y anestesistas me dijeron que me fuera haciendo la idea de que mi parto sería por cesárea. Me tranquilizaron diciendome que Alto Riesgo podía programarlo todo de un día para otro y que, si me ponía de parto, fuera con mi informe a urgencias y ellos sabrían que hacer.

Así llegué a la ecografía de la semana 37. La ginecóloga que me atendió aquel día me dijo que un parto instrumental era compatible con las indicaciones de la oftalmóloga y preferible a una cesárea, pero que la decisión final era de Alto Riesgo. A mí aquello no me sonaba mal. Aunque un parto instrumental tiene sus riesgos, son menores que los de una cesárea. Además no implicaría separarme de mi hija una vez que naciera. Hubiera salido muy contenta de aquella consulta si no hubiera tenido que escuchar “tu hija está en percentil 89, ahora entiendo porque no quieres parir”. Aquello me dejo planchada, en primer lugar, porque durante todo el embarazo me habían dicho que Daniela era pequeñita y, en segundo lugar, porque se acababa de presuponer que yo quería una cesárea.

Me sentí juzgada. Claro que prefería un parto vaginal ¿quién no? Pero llevaba meses luchando para que alguien me dijera si eso suponía o no un riesgo para mi vista y, a menos de tres semanas de mi fecha probable de parto, no había conseguido una valoración. Yo no estaba pidiendo una cesárea, estaba pidiendo información.

También sentí miedo. Nunca había temido el momento del parto. Ya había manejado otras situaciones donde el dolor era el protagonista y, en lo que respecta a Daniela, confiaba en la actuación de los médicos y sabía que actuarían con rapidez si algo le ocurría. Pero ahora me aterrorizaba que la elección de un parto vaginal se hiciera sólo por la reticencia actual a realizar cesáreas y eso acabara teniendo repercusiones para mi. No dejaba de pensar en que pasaría si perdía la poca visión que me quedaba. ¿Después de luchar tanto ni siquiera iba a ver a mi hija?

Con todo eso en la cabeza, me quedé esperando la cita para Alto Riesgo, esperando que por fin se tomara una decisión en un sentido u otro…

 

Maternidad

Bexsero

No soy profesional de la salud, sólo una madre que cuenta su experiencia. Nunca intentaría influenciar a ningún padre, en un sentido u otro, en algo tan importante.

El título es corto y a mucha gente puede sonarle a chino, pero si has sido padre recientemente sabrás que vamos a hablar de la vacuna contra el meningococo B. La maternidad está plagada de temas sensibles, y éste es uno de ellos. Después de una cesárea y una lactancia artificial, de las que hablaré llegado el momento, ya había escuchado suficientes comentarios como para curarme de espanto. Pero una no es tonta y sabe muy bien cuando la están juzgando sin el menor reparo. A mí nunca me ha afectado lo que pudieran decirme terceras personas en relación a esta vacuna. Yo me informé, valoré detenidamente todos los pros y los contras y tomé posición: no vacunar a mi hija.

¿Por qué decidí no vacunar?

Los motivos eran variados. Los problemas de abastecimiento me generan una importante desconfianza. No conozco las causas por las que se han producido ni tengo conocimientos sobre temas farmacéuticos, así que no emitiré una opinión sobre esto. Solo puedo decir que lo que ha ocurrido con esta vacuna no favorece que los padres confiemos en ella o en el laboratorio. Si partimos de esa desconfianza inicial, escuchar hablar de los efectos secundarios de la vacuna no ayuda. Fiebre alta, dolor agudo, vómitos, diarrea, dolor de cabeza, etc. son reacciones muy frecuentes en esta vacuna. Y luego están las experiencias que algunas madres han compartido por internet…

Esto ya era suficiente para que tuviera miles de dudas, y por eso me dediqué a investigar. Eso me generó más incertidumbre porque, a pesar de que la Asociación Española de Pediatría recomienda la vacunación frente al meningococo B para todos los niños a partir de los 2 meses de edad, no encontré unanimidad entre los pediatras. Además la incidencia de la enfermedad es realmente baja y el coste de la vacuna muy elevado. Cada dosis cuesta 106,15€, por lo que la vacunación completa supone un gasto de 424,60€ si se inicia antes de los 6 meses de vida del bebé. Esto es inasumible para muchas familias. En mi caso, requería un esfuerzo económico tremendo pues no contaba con ningún ingreso.

Teniendo en cuenta lo anterior, decidí que el esfuerzo que tenía que hacer para costear un medicamente del que no me fiaba era muy superior al riesgo que asumía al no vacunar a mi hija. Como he dicho, la incidencia de la enfermedad es baja por lo que la sensación de peligro era mínima. Aun así lo consideraba un tema tan importante que, habiendo razonado mi decisión, no rechacé la posibilidad de cambiar de opinión si encontraba nueva información que me convenciera.

¿Por qué cambié de parecer?

La enfermedad, aunque es poco frecuente, tiene unas consecuencias devastadoras. La tasa de mortalidad se sitúa en torno al 10% y, entre los supervivientes, el riesgo de sufrir secuelas graves alcanza el 30%. Esto en medicina es mucho. Demasiado para que mi mente lo dejara pasar sin más.

Cada poco tiempo pensaba si estaría haciendo lo correcto. Leía que otros países que ya habían incluido la vacuna en su calendario de vacunación, como Reino Unido, habían experimentado una bajada en las tasas de incidencia de la enfermedad. Y sobre todo pensaba en las cosas me habían pasado, en cuantas veces había creído que todo no podía pasarme a mí…

En octubre comencé a trabajar y entonces decidí que tenía que replantearme qué hacer respecto a esta vacuna. Mi decisión ya no era tan firme como meses atrás, y no podía ignorarlo. Consulté con mi pediatra todas las dudas que tenía y me aconsejó vacunar. Así que esa misma tarde fui a la farmacia a reservar dos dosis de la vacuna. Tuve suerte y en esos momentos las tenían en el propio establecimiento así que no tuve que esperar más de lo necesario.

Nuestra experiencia con la primera dosis

El martes 7 de noviembre llevamos a Daniela al pediatra para que confirmara que estaba bien para ponerle la vacuna. Tras explorarla y confirmar que todo era correcto, nos dijo que esta vacuna necesitaba la firma de un consentimiento informado. Algunos me habéis dicho por privado y por redes sociales que no os dijeron nada de esto. Puede que sea algo interno de mi centro de salud, no tengo ni idea. Llevaba bastante prisa porque tenía que volver al trabajo y, como me había informado ampliamente sobre la vacuna, no pregunté el motivo de ese requisito. Solo ojee el documento y lo firmé. Con el ok del médico y la cita para la consulta de enfermería cogida, mi madre fue a la farmacia a recoger una de las dosis que teníamos reservadas.

Daniela solo lloró unos 30 segundos una vez puesta la inyección, aunque lo hizo a pleno pulmón y la pena le duró un rato. El resto de la tarde estuvo perfecta y, cuando pasaron ocho horas sin ningún cambio, tuve la esperanza de que la vacuna no le causara reacción. No tuvimos esa suerte y, en cuestión de media hora, su temperatura pasó de 36º a 38.8º. Con una dosis de Apiretal y paños fríos conseguimos que la fiebre bajara a 38.2º a los 45 minutos. A las 23:30, con la fiebre ya bajando, me atreví a dejarla en su cuna para que descansara. Al día siguiente, no tuvo fiebre hasta media mañana y fue más leve que la del día anterior (37.7º).

Aparte de la fiebre, que no duró más de 24 horas, la vacuna le provocó reacción en la zona del pinchazo. El mismo día le costaba mover la pierna, imagino que por dolor, y el roce la hacía llorar. Aplicando calor local parece que ha mejorado y ya no se queja, pero dos semanas y media después sigue con un bulto en la zona. Por lo demás, no he apreciado otros síntomas significativos. Es cierto que a los dos días de la administración de la vacuna Daniela comenzó a hacer unas cacas muy feas, y la diarrea es otro de los síntomas más frecuentes según la ficha técnica de la vacuna. Pero no podría decir que ambas cosas hayan estado relacionadas, ya que en mi entorno había otras personas igual por culpa de una gastroenteritis.

Maternidad

Mi primera navidad en Toys R Us

El sábado asistimos al evento Mi primera navidad que celebra cada año Toys R Us para los más pequeños. Lo que yo esperaba de este día era que Daniela disfrutara, viviera una nueva experiencia y me orientara acerca de los juguetes que más le gustaban. Respecto a esto último, no he sacado mucho en claro porque le entusiasmaban todos.

Llegamos a las 11:00 horas y ya había algo de cola para acceder a la zona de juegos. Lo primero que hicimos fue dar los datos de Daniela para que marcarán en la lista que había asistido. Tras ese trámite, esperamos el turno para plasmar su huella en un molde de arcilla. En esto ya tenemos práctica porque durante el embarazo me regalaron algo parecido. En aquél pusimos su pie, así que esta vez optamos por conservar la huella de la mano. En cuanto empezó a acumularse gente, ofrecieron la posibilidad de dar el kit completo y que cada familia lo hiciera en casa.

Pasamos por fin a la zona de juegos y ahí fue donde Daniela disfrutó a lo grande. Todo juguete que se cruzaba le hacía gracia: el xilófono, la mesa de aprendizaje, el correpasillos con actividades… Más tarde pasamos al photocall navideño que habían puesto para que los peques se hicieran fotos. Todos metían sus cabecitas en el hueco y esperaban sin más a que les echaran la foto, pero Daniela se marcó como objetivo principal tirar el cartón al suelo. Conseguí sacarle alguna foto decente mientras ella empujaba aquello una y otra vez.

A la hora de irnos nos entregaron una bolsa con algunos regalos: un gorrito, una cadena para chupete, un set de Mega Bloks, una pegatina de bebé a bordo, globos y una botella de agua. Además, nos dieron un vale descuento de 10€ válido hasta el 24 de diciembre para utilizarlo en compras superiores a 60€.

Diseño sin título

Hay algunos aspectos que se podrían mejorar por parte de la organización. Las plazas estaban limitadas a 30 bebés, pero el espacio habilitado no permitía ese aforo ni por asomo. Lo primero que hay que tener en cuenta al organizar un evento de estas características es que, además de los 30 bebés, tendrás como mínimo 30 acompañantes y un número similar de sillas de paseo. En este sentido, la organización fue pésima. Las calles de la tienda ya estaban cortadas con sólo 8 ó 9 carritos. Aquéllo era un caos para los asistentes al evento y para el resto de clientes del establecimiento.

La zona de juegos tampoco estaba preparada para esa afluencia, ni por tamaño ni por mobiliario. En fotografías de otros padres he visto que en algunos centros comerciales habían colocado puzzles de goma eva en el suelo. En el nuestro no fue así y los bebés estaban sobre un parqué de madera, bastante duro teniendo en cuenta que en muchos casos ni se mantenían sentados. Yo estuve todo el rato colocada detrás de Daniela porque temía que se tirara de golpe hacía atrás y diera con la cabeza en el suelo.

El número de juguetes no estaba mal, pero me sorprendió lo poco adaptados que estaban a la edad de los bebés. Cuando llame por teléfono para inscribir a Daniela, me preguntaron su edad e imagino que hicieron lo mismo con todos los padres. Pues a pesar de que había bastantes bebés menores de seis meses solo había un gimnasio / manta de actividades adaptado a esa edad. La primera madre que llegó y colocó allí a su bebé no lo quitó en bastante rato, y tampoco tenía otra opción porque no había ni un solo juguete que pudiera usar su hijo. Así que el resto de madres con bebés de edad similar se quedaron sin opciones y terminaron marchándose.

Por otra parte, si esperas a 30 asistentes a una hora determinada y pretendes hacerles la huella a todos, no puedes destinar un solo trabajador a esa labor. Entre coger los datos, amasar la arcilla, tomar la huella, recortar el molde, responder preguntas… la chica estaba desbordada. Normal que acabara dando los kits para que cada familia lo hiciera en casa.

Por último, hay otras cosas negativas que no pueden atribuirse mas que a la mala educación de algunas personas, pero que la organización ni siquiera intentó subsanar. Os puedo asegurar que en mi centro comercial había niños participantes que ya llevaban varias navidades a las espaldas… Aunque la edad límite eran los 18 meses, no me molesta que participen niños que superen esa edad. Pero no se debe dejar pasar al recinto a un niño de al menos cinco años que muestra un escaso respeto por cualquier bebé que haya allí. En más de una ocasión temí por la seguridad de algunos de los bebés más pequeños porque aquel niño saltaba y corría sin mirar que podía haber bajo sus pies.

Aunque parezca que las cosas negativas ocupan mucho, la valoración general es muy positiva. Es genial que se organicen eventos como estos para los bebés. Además, la inscripción es gratuita y nos vinimos con unos detallitos a casa. Así que sólo por eso recomiendo a cualquier padre la asistencia para futuras ediciones. Se pasa un buen rato a coste cero y los peques tienen una oportunidad para interactuar con otros bebés.

Maternidad

Los 5 regalos que me hubiera gustado recibir en el hospital

El tema de los regalos durante el embarazo o una vez nacida mi hija me daría para tres entradas (todo se andará). Nunca los he pedido y no me han hecho falta, pero eso no evita que haya personas cuyo comportamiento solo pueda calificarse como decepcionante.

Una de las espinitas que tengo clavadas de mi posparto fue el tema de los regalos durante la estancia hospitalaria. No recibí ninguno. Y fueron doce las personas que se acercaron hasta allí para conocer a mi hija. El único conato vino de parte de mi madre, que encargó a mi padre ir a una floristería cercana a comprar algo. Él volvió informando de que la habían cerrado. No dudo de su buena intención en la búsqueda, pero os puedo asegurar que la floristería sigue allí a día de hoy.

Algunas personas no eran lo bastante cercanas como para poder afearles nada. Otros no son detallistas por naturaleza así que no me sale tenérselo en cuenta. Un tercer grupo simplemente pasó del tema. La cuestión es que nadie pareció reparar en un detalle de ese tipo, algo que a mí difícilmente se me hubiera pasado. Y entristece pasear por maternidad y ver que seguramente eres la única que no ha recibido un pequeño obsequio. De todo se aprende.

Por eso os traigo esta lista de regalos que me hubiera encantado recibir. Si vas a visitar a una mujer que acaba de dar a luz (probablemente perturbando su descanso), lo menos es llevar un detalle que le anime o pueda resultarle útil al salir de allí.

1) Un desayuno

Pasaron 36 horas desde la última vez que había comido algo sólido en casa hasta que me permitieron ingerir unas tristes galletas en el hospital. Si alguien me hubiera traído entonces algo de comer, le hubiera jurado lealtad infinita.

Si quieres hacer este regalo, no es necesario que te levantes a las 8 de la mañana para preparar algo que llevar. Hay empresas que se encargan de entregar en la propia habitación del hospital un desayuno más que completo, con una presentación exquisita y algún detallito extra de regalo.

2) Un globo XL

Sí, soy algo infantil. Pero siempre me he quedado con las ganas de que me regalasen un globo de helio tamaño grande. Es cierto que quizás no sea un regalo muy original (las maternidades están llenas de ellos), pero dan un toque de color que no viene nada mal en una habitación de hospital.

3) Un bouquet de ropa

No me gusta que me regalen flores. No es algo que pueda conservar y, además, me invade algo de tristeza cuando las veo marchitar. Pero me encantan los bouquets. Es por mucho el tipo de ramo que más me agrada.

Una buena forma de combinar un regalo ‘típico’ como son las flores con una ocasión como está, es regalar un bouquet formado con ropa de bebé. En internet podéis encontrar miles de ideas y tutoriales, y si os da algo de pereza, también es fácil encontrarlos en tiendas de regalos.

4) Una tarta de pañales

A cualquier madre le vendrá bien que le regalen pañales, es el típico regalo que se agradece por su utilidad y porque permite ahorrar un pequeño gasto. Si se hace de una forma vistosa, el detalle gana aún más puntos.

Las tartas de pañales son susceptibles de una gran personalización, tanto en la forma como en el contenido. Puedes aprovechar el regalo para hacer un guiño a las aficiones o gusto de los padres e incluir detalles extras a los pañales.

Mis compañeras del máster me regalaron semanas después de nacer Daniela una tarta de pañales preciosa. Además de 60 pañales talla 3, traía un peluche y unos patucos. ¡Gracias chicas!

5) Un detalle más personal

Cuando no hay mucho dinero pero sobran las ganas, hay miles de cosas que se pueden regalar. Sólo hay que dedicar algo de tiempo a pensar y desarrollar una idea. A mí me encantan las cosas que invitan a la nostalgia. Se me ocurre, por ejemplo, lo mucho que habría disfrutado un collage con la primera foto de Daniela y los principales titulares del día de su nacimiento. Una composición de ese estilo, con un marco bonito, me hubiera hecho muchísima ilusión.

Reproducción asistida

Mi aborto bioquímico (Primera parte)

Hoy no es un día cualquiera para mí. Pequeño invasor, nombre con el que bauticé a mi primer embrión transferido, podría estar celebrando su primer cumpleaños ya que el 6 de noviembre de 2016 era la fecha probable de parto en mi primer embarazo. Hablar en los términos en los que voy a hacerlo no es fácil.

Es frecuente oírme decir que sufrí un aborto, pero raramente entro en detalles y podría decirse que nunca expreso como me siento respecto a ello. ¿Por qué voy a hacerlo hoy aquí? Porque es la única manera que tengo de responder a todos aquellos que en algún momento sugirieron que debía ocultar esta parte de mi vida. Y voy a hacerlo de tal manera que no tengo suficiente con una entrada.

¿Qué es un aborto bioquímico?

Hablamos de aborto bioquímico cuando hay implantación en el útero pero el desarrollo embrionario se para en una fase tan temprana que el embarazo no llega a ser detectable por ecografía. Esto ocurre con mucha más frecuencia de la que creemos, pero en ocasiones las mujeres que lo sufren no llegan a enterarse.

Es un aborto que no deja señales físicas, a lo sumo una regla más abundante y dolorosa de lo normal. Si no se realiza un test de embarazo en el momento en que la hormona β-hCG es detectable, se pensará que es un simple retraso. El escaso conocimiento de este tipo de aborto lleva incluso a algunas mujeres a pensar que el test que les dio positivo estaba defectuoso.

En reproducción asistida estos abortos no pasan desapercibidos porque las pruebas de embarazo se realizan de manera temprana y a través de análisis de sangre (mucho más precisos que los de orina). Normalmente estos embarazos comienzan con betas bajas que suben irregularmente y que en un momento dado comienzan a decrecer. No fue mi caso, pero ya hablaremos de eso más adelante.

¿Cuál fue mi experiencia?

Pequeño invasor era un buen embrión, para mí era perfecto. He vivido cuatro betaesperas y sólo la de este tratamiento la recuerdo con buen sabor de boca. Estaba segura de que por fin tendría mi positivo. Sólo aguanté una semana para realizar el primer test de embarazo. Esperaba un negativo porque era muy pronto para ver otra cosa, pero apareció una línea tenue que confirmaba que estaba embarazada. Después de ese test vinieron muchos más (de tiras, de cassette, digitales), pero sabía que el definitivo era el análisis de sangre en la fecha programada por la clínica.

El resultado fue muy bueno. Mis niveles de β-hCG eran de 349 mUI/ml en día 16 de vida embrionaria, más del triple de lo que mi clínica consideraba suficiente para dar por confirmado el embarazo. Por eso no era necesario volver a repetir el análisis y me citaron directamente para el seguimiento ecográfico. Aunque estaba nerviosa y sentía miedo, porque cualquier persona en este tipo de proceso lo siente, confiaba en que todo iría bien. A mí me habían pasado ya demasiadas cosas, no iba a sumar un aborto a mi historial.

Me equivocaba. Seis días después me desperté de la siesta temblando de frío. El malestar duró una media hora, pero fue suficiente para que intuyera que algo no iba bien. Todo el mundo decía que no me preocupara, que todo iba bien. Yo misma pensaba que mi mente me estaba jugando una mala pasada y por eso, aunque decidí repetir la prueba de embarazo, no me desplacé a Sevilla para tener los resultados el mismo día. Esperé al lunes y me quedé en un laboratorio de mi ciudad en el que los resultados tardaban 48 horas. Pasé aquellos días entre el miedo por lo que intuía y la culpabilidad por no estar disfrutando cada momento de mi embarazo.

El miércoles, 9 de marzo, podía ir a recoger el resultado. Para entonces ya me había convencido de que me estaba sugestionando por el miedo y en realidad no ocurría nada. En el laboratorio no había comentado que ya tenía un análisis anterior que confirmaba el embarazo, no tenía ganas de volver a escuchar que me preocupaba innecesariamente. Las palabras que escuché al entrar allí me perseguirán siempre: “¡Enhorabuena! Estás embarazada. Tu beta es de 189”. No hay nada más desgarrador que fingir una sonrisa y dar las gracias justo en el instante en que descubres que estás abortando.

Salí de aquel laboratorio con el sobre en la mano, y solo cuando había caminado unos metros me atreví a abrirlo. Allí estaba el número que confirmaba que algo no había ido bien. Al levantar la vista de aquel folio, me encontré con el primer familiar al que tuve que decirle que todo había acabado. En honor a la verdad, quien lo dijo fue mi madre porque yo no encontraba las palabras. Caminé varios metros más hasta que encontré un portal desde el que poder llamar a mi clínica. Expliqué como pude lo que había ocurrido y pedí que le pasaran una nota a mi médico. Me comportaba como una autómata, nunca he invertido tantos esfuerzos en bloquear mis sentimientos. Pero sentía que tenía que zanjar todo aquello antes de dejarme caer.

Me devolvieron la llamada un par de horas más tarde. La información no se había transmitido bien y tuve que volver a escuchar una enhorabuena que esta vez corté de manera radical (tuve que disculparme unos días más tarde). Una vez quedó claro lo que estaba ocurriendo, me pidieron que fuera a la clínica para una nueva analítica que confirmara el pronóstico. Allí los resultados tardarían apenas 2 horas. El camino hasta la clínica me pareció interminable. Ni siquiera recuerdo quien realizó la extracción ni que me dijeron.

Volví a casa esperando recibir una nueva llamada. A estas alturas el nudo que tenía en la garganta casi me ahogaba. Solo podía pensar “aguanta un poco más, podrás hundirte cuando cuelgues”. En torno a las 20:00 horas sonó el teléfono y recibí las noticias que esperaba. La beta seguía bajando, ya estaba en 109, tenía que dejar la medicación y volver en unos días para repetir la analítica y comprobar que los valores seguían decreciendo. Colgué, fui al salón a contarle a mis padres lo que me habían dicho y por fin rompí a llorar. Mi embarazo había acabado. Sumaba un aborto a mi larga lista de infortunios.

Maternidad, Reproducción asistida

De besos y tubos de cristal: respuesta a una hoja parroquial

Hoy tocaba hablar de la vacuna Bexsero, y todo se andará, pero hace dos días llegó una noticia a mis oídos que no puedo dejar pasar. En la última Hoja Parroquial de la parroquia de San Bartolomé y San Jaime de Nules se publicaba un poema cuyo contenido está entre lo burdo y lo repulsivo. No se deja ningún colectivo por ofender: homosexuales, bisexuales, transexuales, divorciados, animalistas… Y los modelos de familia no tradicionales no podíamos irnos sin recibir lo nuestro.

Tras la oleada de críticas recibidas, a las que se ha sumado el alcalde del municipio, parece que al párroco no le ha tocado otra que reconocer que la difusión de los versos ha sido un error y retirar el texto de la edición digital de la Hoja Parroquial. Ha llegado tarde. El texto ya está circulando y el daño hecho.

Comentarlo todo me llevaría demasiado tiempo y un buen sofocón, así que me voy a limitar a los versos que el autor de tan cuidada poesía ha dedicado a los niños nacidos por técnicas de reproducción asistida.

“El padre de Alba se llama Inseminación Artificial, / Porque su madre pensaba que así se iba a realizar, (…) Joaquín es niño probeta. Y cuando se va a acostar / Le da siempre un par de besos A su tubo de cristal, / Porque sus padres trabajan Día y noche sin parar”.

El uso de los signos de puntuación y de las mayúsculas – minúsculas es tan errático que he llegado a pensar que en realidad el texto escondía un mensaje oculto del tipo “no os preocupeis, es broma”, pero no lo he encontrado. Pero bueno, dejaré de lado la calidad literaria para centrarme en el contenido.

El padre de mi hija no se llama inseminación artificial ni fecundación in vitro. El padre de mi hija no existe. Pero eso no quiere decir que oculte u omita la participación de una figura masculina en su concepción. Y creedme, cuando le hable a mi hija de ella, lo haré con el mayor respeto y gratitud posible.

No tuve a mi hija creyendo que así me iba a realizar. Fui madre porque quise y pude. Sin más. En mi decisión intervinieron exactamente los mismos sentimientos, anhelos y expectativas que podría albergar cualquiera de las parejas heterosexuales que el autor del texto parece aprobar.

Los bebés nacidos gracias a la reproducción asistida no son ‘niños probeta’. No hay que etiquetarlos de ninguna forma distinta a la de las personas que hemos sido engendradas por el método tradicional. Sí, los primeros instantes de vida de mi hija transcurrieron en un laboratorio y yo soy la primera en hacer bromas sobre ello. Pero usar estas expresiones para desmerecer a niños por una condición que no pudieron elegir es un acto ruin y patético.

La falta de cariño o apego no tiene nada que ver con el método de concepción o con la situación laboral de los padres. Soy madre trabajadora y mi hija no necesita darle besos a ningún tubo de cristal. Cuando estoy con ella, no me limito a compartir el mismo espacio físico sino que intento que nuestro tiempo juntas sea de calidad.

Este tipo de textos me enfadan muchísimo, y no solo porque reflejan el pensamiento arcaico de ciertos sectores de la sociedad. Manifestaciones como estas vienen de una institución a la que pertenezco, a la que mi hija pertenece, y a la que me cuesta defender tras estas salidas de tono. Y es que con estas historias, además de hacer daño a los colectivos atacados, enturbian la ya maltrecha imagen de la Iglesia católica. Allá ellos.

Por mi parte, sólo puedo decirle al autor y a los que piensen como él que mi modo de crianza está mucho más cercano a los valores cristianos que su escrito. Que la reproducción asistida es de todo menos fría, porque nunca había experimentado sentimientos tan intensos como los vividos en aquella etapa. Que en mi casa no se dan besos a tubos de cristal, sino abrazos que salen del alma. Y que en esta vida sólo mi hija está legitimada para juzgar mi elección.

Aunque duela leer cosas así, no conseguirán matar la ilusión que lleva a mujeres y parejas a pasar por duros tratamientos hasta llegar a sus hijos. Tampoco nos harán sentir vergüenza, ni permitiremos que otras formas de vivir vuelvan al ostracismo. Los avances que poco a poco se están produciendo en nuestra sociedad no son reversibles. Y si no les gustamos, tendrán que aprender a vivir con nosotros.

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Nuestro primer Halloween

Halloween ha sido una fiesta vinculada tradicionalmente al mundo anglosajón, pero desde hace ya algunos años su seguimiento en España es notorio sobre todo entre la población joven. Yo nunca le había dedicado la más mínima atención hasta ahora, y el motivo no tenía nada que ver con sentimientos patrióticos. Simplemente los disfraces y el terror no encajan bien con mis gustos. Pero ayer era el primer 31 de octubre en la vida de Daniela y me apetecía celebrarlo.

Una de mis prioridades es vivir con mi hija todas las experiencias que estén a mi alcance. Sé que es muy pequeña y no recordará nada de lo vivido ayer, pero quiero que cuando vea las fotos en unos años sepa que su madre eligió un disfraz para ella e intentó convertir el paseo diario en un momento especial. Por eso desde hace unas semanas venía planeando qué hacer.

Preparativos

Buscar un disfraz era primordial. Para ello no podía perder de vista que Daniela es un bebé de nueve meses. No quería un traje demasiado elaborado que pudiera restarle comodidad, ni algo muy oscuro que apagara su frescura. Y tampoco iba a invertir más de lo necesario en un look que no podríamos reutilizar otro año. Me quedé con dos opciones: el disfraz de calabaza y el de león loco. Acabé eligiendo el primero por su mayor vinculación con la fiesta y por ser más finito que el otro (en Sevilla seguimos con temperaturas primaverales y Daniela es calurosa, un traje muy abrigado no era opción). Diseño sin títuloOtro elemento indispensable era el recipiente para guardar los caramelos. En un principio, mi idea era comprar la típica calabaza llena de golosinas que venden estos días en todos los supermercados. Pero encontré un cubito de fieltro que finalmente me pareció mejor elección. Era un material menos duro y pesado que el plástico, por eso lo vi más manejable para Daniela. Mi madre le hizo un pequeño arreglo al asa para que fuera más manejable para la peque y añadió una bolsa de tela en la que meter los caramelos.

Fotos post halloween

Una vez tuvimos listos los imprescindibles, me dispuse a crear un pequeño recordatorio para los familiares más próximos. El sábado os contaba a través de Instagram que habíamos tenido sesión de fotos casera. Elegí dos fotografías que me gustaron especialmente, les añadí un pequeño motivo decorativo relacionado con Halloween e imprimí varias copias.

¿Cómo lo celebramos?

A las 5 de la tarde, tras la siesta diaria, vestimos a Daniela y nos fuimos a pasear con el carrito. Variamos un poco el recorrido habitual para visitar a algunos familiares. A todos les encantó como iba disfrazada. Repartimos caramelos y las fotos de recuerdo. En esto reconozco que me falló la previsión. Debería haber imaginado que no iban a elegir entre una u otra, así que tenía que haber impreso más copias.

Al final de la tarde, fuimos a tomar un refresco a una plaza donde se concentra mucha gente. Ayer estaba llena de niños y jóvenes disfrazados. Daniela mostraba mucho interés por todo lo que ocurría a su alrededor y no se asustó ni siquiera de los petardos que tiraban a cada rato. Pero finalmente el cansancio la fue venciendo y a las 10 de la noche volvimos a casa para que pudiera descansar.

Estoy muy satisfecha con nuestro día y me quedan muchísimas ganas de repetir la experiencia el año que viene. Seguro que entonces la edad de Daniela nos permitirá hacer más actividades. Por el momento, creo que el objetivo que me propuse está cumplido. Hemos vivido una nueva experiencia que en unos años podré contarle a mi hija. Ella no estuvo incomoda en ningún momento, ni por el atuendo ni por la situación. Me atrevería a decir que incluso disfrutó de los pequeños cambios en su rutina. Además, pudo ganarse unos ahorrillos extra. Y es que a algunos familiares ya les había advertido de nuestro truco o trato particular: o colaboras con su hucha o te lanzo a la niña al cuello, y tiene ocho dientes.

Y vosotros, ¿habéis celebrado Halloween con vuestros pequeños? ¿Me dais alguna idea para el año que viene?