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Maternidad

¿Se juzga a las madres que llevan a sus hijos a la guardería?

Septiembre es, junto a enero, el mes de los comienzos por excelencia. No hay mejor momento para fijarse objetivos. Tenemos nueve meses por delante para trabajar en alcanzarlos antes de que la desgana veraniega nos atrape. Para muchos bebés el día hoy significa también el comienzo de una etapa importante, la de la guardería. Desde hace semanas, muchas mujeres me han preguntado si llevaría a mi hija a una este año. Me sorprende que, al decir que no, las madres que sí llevaran a sus hijos han comenzado a justificarse. ¿Por qué lo hacen? ¿Se sienten juzgadas?

¿Por qué no llevo a mi hija a la guardería?

Mi hija aún no ha pisado una guardería. He tenido la suerte de contar con la ayuda de mi madre, que se ha encargado de la pequeña mientras yo trabajaba. Si no hubiera tenido ese apoyo, habría delegado el cuidado de mi hija en un centro de ese tipo sin pensarlo dos veces. Así que la principal razón para no llevar a mi hija a una guardería es que no he necesitado hacerlo.

Daniela nació además en enero. No entrará en el colegio hasta los casi cuatro años. No me apetece matricularla en una guardería siendo tan pequeña cuando va a tener tiempo de sobra para vivir esa experiencia. Mi plan es que vaya a una a partir de septiembre de 2019. Solo asistirá un año. Ese tiempo es, a mi juicio, suficiente para disfrutar de todas las ventajas de estos centros sin el inconveniente de exponerla a virus siendo demasiado vulnerable.

Las guarderías tienen ventajas e inconvenientes

La decisión de llevar a un hijo a la guardería tiene ventajas e inconvenientes. La guardería es el mejor lugar para que los bebés se relacionen entre si. Allí juegan y se divierten en un entorno seguro (o todo lo seguro que puede ser un recinto lleno de niños). Entre los aspectos negativos, destaca el número de veces que enferma un niño que acude a guardería respecto a uno que no.

Muchos padres ni siquiera pueden pararse a valorar estas cuestiones. Matricular a sus hijos en una guardería es la única opción cuando tienen que reincorporarse al trabajo. Para otros, en cambio, utilizar los servicios de estos centros es una elección. Ellos han aceptado los contras porque los pros pesan más en su balanza. Estos últimos son los que acaparan las críticas de aquellos que opinan que nadie debería llevar a su hijo a la guardería salvo que sea estrictamente necesario.

Me imagino que esas opiniones son las que provocan las justificaciones de las que hablaba en el primer párrafo. Demasiadas madres se sienten obligadas a explicar una decisión que solo incumbe a ellas, a sus parejas y a sus hijos. Se sienten juzgadas por no poder o querer dedicarse completamente a su faceta como madres. ¿Pero es eso algo que merezca reprobación?

Llevar a un hijo a la guardería no es mandarlo a la guerra

Muchos profesionales defienden que, siempre que sea posible, lo mejor es que un bebé pase los primeros años de su vida en casa rodeado de su familia. No tengo los conocimientos necesarios para rebatir esa información. Si ellos lo dicen, lo doy por bueno. Pero que la crianza en casa sea mejor, no significa que debamos demonizar las guarderías. Todos sabemos, por ejemplo, que la lactancia materna es lo mejor y no por ello se puede juzgar a la madre que opta por la lactancia artificial, ¿verdad?

Llevar a un hijo a la guardería no es mandarlo a la guerra. En estos centros los pequeños están bien cuidados y atendidos. Si una madre decide usarlos, aunque no lo necesite, no está perjudicando gravemente a su hijo. Nadie debe cuestionar su decisión, y mucho menos insinuar que es peor madre que otra. Esa idea de que la mujer debe aparcar toda su vida para dedicarse en cuerpo y alma a la crianza de los niños está ya muy desfasada.

Esas madres que han sentido la necesidad de darme explicaciones sin haberlas pedido pueden estar tranquilas. No seré yo quien mire con lupa su comportamiento para criticarlas. Da igual si han recurrido a las guarderías porque estén estudiando o buscando trabajo, porque su bebé sea de alta demanda y necesiten descansar o simplemente porque les apetece disfrutar de unas horas sin hijos.

¿Soy la única que ha vivido este tipo de situaciones? Las que lleváis a vuestros hijos a la guardería, ¿os habéis sentido juzgadas alguna vez? Me encantaría leer vuestras experiencias.

Maternidad

Aquí se habla de lactancia artificial

Ni en este ni en otros textos que puedan venir pretendo promover la lactancia artificial frente a la lactancia materna, que sin duda es el mejor método de alimentación para cualquier bebé.

Dicho lo anterior, quiero dejar claro que en este blog se va a hablar mucho de lactancia artificial y nunca se hará de modo peyorativo o con complejos. ¿Por qué? En primer lugar porque aquí vengo a hablar de mi experiencia. Y en segundo, porque así compensaré de alguna manera los 0 minutos que se dedicaron a ella durante mis clases de preparación al parto y las tan escasas respuestas que obtuve durante el primer mes de vida de mi hija.

Este tema nunca me ha hecho daño. No sólo estoy satisfecha con la alimentación de mi hija, sino que cada día me convenzo más de que la lactancia artificial era nuestra mejor opción. Pero que a mí no hayan llegado a herirme no me ha impedido ser consciente la cantidad de veces que he sido juzgada. Por eso aprovecho para decir desde ya que las personas que se sientan tentadas a ser irrespetuosas pueden evitar el esfuerzo, pues sus comentarios no tendrán ningún efecto sobre mí.

Decidiendo el tipo de lactancia

Si soy sincera conmigo misma, tengo que admitir que en ningún momento durante la búsqueda y desarrollo del embarazo me ilusionó dar el pecho. Lo intenté porque sentía una presión autoimpuesta. No soy ajena a los beneficios de la lactancia materna y sentía que privar de ellos a mi hija voluntariamente era un acto egoísta. No culparé de ello a la sociedad. Muchas otras mujeres sí podrían hacerlo, pero personalmente creo que no tuve ese condicionante externo.

Tras mucho reflexionar, decidí que quería intentar la lactancia mixta desde el primer día. Sabía que con una cesárea era difícil que yo estuviera en la habitación para la primera toma de Daniela y tampoco estaba dispuesta a ver llorar a mi bebé por hambre (me da igual lo que digan, hay bebés que no quedan satisfechos con el calostro). Por eso no era reacia a dar una “ayuda” los primeros días siempre que fuera necesario.

A partir de ahí, esperaba poder instaurar la lactancia materna durante el día y usar un biberón de leche artificial para la última toma. Siempre he estado muy obsesionada con las rutinas y para mí era una prioridad establecer horarios. Quería que la última toma fuera a una hora concreta y saber qué cantidad de leche había tomado mi hija. Esperaba así favorecer el sueño del bebé. Para mí no es factible dormir en intervalos pequeños. Imagino que lo hubiera soportado si hubiera sido necesario, pero mi salud hubiera quedado resentida.

Tras esa última toma, usaría el sacaleches e intentaría crear un pequeño banco de leche. Y es que tampoco quería alargar la lactancia materna más allá de los 6 meses. A partir de ese momento,  la alimentación con leche materna llegaría hasta donde las reservas y el sacaleches nos permitieran.

¿Cómo me preparé?

Me informé muchísimo. Leí artículos de revistas especializadas, algunos de los libros tan famosos sobre el tema, asistí a charlas con matronas, seguía la experiencia de otras madres a través de internet… Me sé la teoría a la perfección. Tomar una decisión estando informada me parece esencial, sea cual sea la elección final. Solo así pueden valorarse todos los beneficios e inconvenientes.

Me hice con todos los artículos que creía que podía necesitar. Los sujetadores y pijamas que había comprado durante el embarazo estaban preparados para el periodo de lactancia. Tenía, discos de lactancia, bolsas para la congelación de leche materna… E intuyendo que mi parto sería por cesárea, me planteé cómo podría estimular la producción en caso de que no pudiera poner al bebé al pecho por alguna circunstancia. La mejor opción me pareció comprar un sacaleches eléctrico para llevar al hospital.

Antes de dar a luz me sentía completamente preparada para llevar adelante el plan que me había marcado. Tenía todos los recursos que creía necesitar y estaba segura de poder contar con ayuda si la necesitaba. Además, no sentía ninguna presión. Como he dicho antes, la lactancia materna no me ilusionaba especialmente por lo que creía que, en caso de tener que renunciar a ella, ni siquiera me lo plantearía. Pero la realidad siempre supera las expectativas, y las cosas acabaron siendo muy distintas a como yo las había imaginado… Aunque eso os lo contaré en otro post para no extenderme demasiado y no mezclar mis expectativas con la experiencia real.

¿Vosotros teníais claro que lactancia queríais instaurar desde el principio? ¿Os costó tomar la decisión? ¿Os habéis sentido juzgadas? Estaré encantada de leer vuestros comentarios.

Maternidad

Bautizada por los pelos

Jesús dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos.» (Nuevo Testamento, Mateo 19:14)

El pasado domingo se cumplió un año del bautizo de Daniela. Aquel 25 de febrero no fue un día agradable, aunque con el tiempo he conseguido reírme al recordarlo. Hubo momentos que no voy a compartir por respeto a quienes participaron de ellos, pero me permitiré señalar que en un evento de este tipo nadie debería ser más protagonista que el bebé. Dicho esto, voy a contaros una de las situaciones más surrealistas a las que me he enfrentado nunca.

Siempre había tenido claro que quería bautizar a Daniela lo más pronto posible, por eso empecé a prepararlo todo antes incluso de que naciera. Hice los cursillos preparatorios embarazada de ocho meses, preparé toda la documentación necesaria y la entregué tan solo unos minutos después de acabar los trámites en el Registro Civil. El único motivo por el que mi hija no se bautizo antes fue por cuestiones de agenda.

Aquel sábado a las 11:45 casi todos los invitados estábamos ya en la iglesia elegida, la misma en la que me había bautizado yo 26 años antes. Quince minutos era tiempo más que suficiente para firmar los últimos papeles y prepararnos para la ceremonia. Pero llegaron las 12:00 y el que no aparecía era el sacerdote. Veinte minutos más tarde, cuando ya todos pensábamos que aquello era un pasote, el que apareció fue el diácono de la parroquia para decirnos que ese bautizo había sido suspendido a petición de la familia.

¡¡¡¿¿CÓOOOOOOOMO??!!!

Eso fue lo único que pude pensar. El diácono comenzó a explicarme qué una mujer había acudido a la iglesia para comunicar que la madre (yo) había decidido anular el acto porque la niña «no podía bautizarse». No sabía si estaba más asombrada porque alguien hubiera hecho algo así o porque el sacerdote hubiera seguido las instrucciones sin plantearse siquiera llamarme por teléfono. La respuesta a esto último la tuve pronto: la susodicha era muy religiosa, su presencia en la iglesia era habitual y, por tanto, el sacerdote confiaba en ella lo suficiente como para no cuestionar lo que había dicho. Esa información y una descripción física bastaron para que yo supiera de quién estábamos hablando.

Finalmente el sacramento pudo celebrarse. El diácono atrasó un entierro que tenía pendiente para bautizar a mi hija. Y debo agradecerle  la bonita ceremonia que ofició, aunque yo no pude disfrutarla. Tras el enfado inicial, empezó a invadirme la inquietud. Anteriormente había compartido con esa mujer unas conversaciones que me habían hecho sentir incómoda y que, con el último acontecimiento, me preocuparon realmente. Y es que si una persona está tan jodidamente loca como para hacer algo así, ¿que pasaría por su cabeza cuando dijo «un día te voy a quitar a tu hija»?

Al día siguiente puse en marcha los mecanismos que estimé oportunos para evitar que esa señora siguiera molestándonos. Pero unas semanas más tarde, tuvimos un encuentro por la calle. Le pedí que no se acercara a mí, pero no parecía dispuesta a hacerme caso. Me marché del lugar, pero tampoco sirvió para que me dejara tranquila… Se atrevió a decirme en un tono que a mí me pareció retador que si tenía miedo a que me quitara a la pequeña. Y justo antes de conseguir librarme de ella, se atrevió a insinuar que mi hija había nacido sana gracias a sus rezos. Por suerte, desde ese día no he vuelto a coincidir con ella.

Desconozco si lo que le molestó fue mi condición de madre soltera, o que mi hija hubiera nacido gracias a un tratamiento de reproducción asistida. Dudo que tuviera algo personal contra mí porque apenas la conozco. Algunos opinan que la movía la envidia y otros que se dejó llevar por el aburrimiento…  Como digo al principio, con el paso de los meses he aprendido a recordar el bautizo de mi hija entre risas y pensar que será una anécdota que pueda contar toda su vida. Pero lo cierto es que siempre llevaré conmigo el no haber disfrutado de un día importante que había estado esperando durante tanto tiempo. Quizás lo correcto sea perdonar, como el propio diácono me recordó aquel día, pero lo cierto es que a mí no me sale hacerlo. El perdón lo reservo para aquellos actos que puedo comprender.

Reproducción asistida

¿Y si se enamora de su hermano?

La revelación de los orígenes es un tema controvertido en reproducción asistida. Muchos pacientes que tienen que recurrir a la donación de gametos o embriones para ser padres deciden ocultar ese hecho a sus hijos. Incluso en el caso de que los padres decidan compartir la información, no contarán más que con algunos datos genéricos del donante que hizo posible su nacimiento. Es habitual que esto genere preocupaciones como, por ejemplo, la de que nuestro hijo padezca una enfermedad y no podamos responder las preguntas de los médicos respecto a antecedentes familiares.

Pero hay una pregunta que me sorprendió muchísimo la primera vez que la escuché: ¿Y si se enamora de un hermano? No es que nunca se me hubiese ocurrido, pero tampoco me pareció algo a lo que darle importancia. Sin embargo, seguí escuchando y leyendo esa frase muchas veces más. Por eso decidí escribir sobre ello, y no se me ocurre mejor momento para publicar el post que la semana en la que el amor es el gran protagonista.

Lo primero que quiero aclarar es que, siguiendo el razonamiento que he expuesto en otras ocasiones, no considero que mi hija tenga hermanos. Eso implicaría que tiene el mismo padre o madre que otra persona, y no asocio a los donantes con ninguna de esas dos figuras. Por lo tanto, Daniela sólo tendrá hermanos el día que yo tenga otro hijo. Pero hay personas que no comparten este punto de vista y sienten que sólo por compartir genética se establece una relación de parentesco. Es por eso por lo que aquí estoy empleando ese término.

¿Cuál es la probabilidad de que personas que comparten donante se conozcan?

No lo sé, y dudo que alguien pueda calcularlo. La Ley 14/2006, de 26 de mayo, sobre técnicas de reproducción humana asistida establece en su artículo 5.7 que «el número máximo autorizado de hijos nacidos en España que hubieran sido generados con gametos de un mismo donante no deberá ser superior a seis«. La responsabilidad del cumplimiento de este límite se reparte entre dos figuras:

  •  Los donantes deberán declarar en cada donación si han realizado otras previas, así como las condiciones de éstas, e indicar el momento y el centro en el que se hubieran realizado dichas donaciones.
  • Cada centro o servicio que utilice gametos de donantes será el responsable de comprobar de manera fehaciente la identidad de los mismos, así como, en su caso, las consecuencias de las donaciones anteriores realizadas en cuanto a la generación de hijos nacidos previamente.

¿Pero cómo pueden cumplir los centros con esa exigencia? La Ley prevé la existencia del Registro nacional de donantes. En él se inscribirían los donantes de gametos y preembriones, los hijos nacidos de cada uno de los donantes, la identidad de las parejas o mujeres receptoras y la localización original de unos y otros en el momento de la donación y de su utilización. El problema es que, a pesar de los años transcurridos, no se ha sabido nada de este Registro hasta hace bien poco. Y a las clínicas no le queda otra alternativa que la de confiar en la palabra de los donantes. En consecuencia, no pueden asegurar que el límite de seis niños nacidos gracias a un mismo donante se haya respetado.

¿Me preocupa esa posibilidad?

La verdad es que ni lo más mínimo. De hecho, como he dicho antes, me sorprende que para algunas personas sea una preocupación real. En lo que respecta a las relaciones humanas, suelo defender que todo lo que elijan personas adultas y libres para si mismas me parece bien. No tengo la mente tan libre de prejuicios como para que el incesto me parezca normal, aunque tampoco me atrevería a condenarlo. Pero es que el caso que estamos imaginando no llega ni por asomo a esa categoría.

Aunque lo considero improbable, voy a imaginar que dos desconocidos se enamoran y posteriormente descubren que hay una relación de consanguinidad entre ellos. Por mucha carga genética que puedan compartir no son hermanos. No se han criado como tal ni han comenzado una relación estando condicionados por esa circunstancia. ¿Qué es lo que tendría que preocuparme?

Además, tampoco es que las personas ajenas a la reproducción asistida estén exentas de riesgo. ¿Todos podéis poner la mano en el fuego por vuestras parejas? ¿Y por vuestros padres? ¿Quien os asegura que no tenéis vosotros mismos hermanos de los que desconoceis su existencia? La posibilidad existe, y no creo que nadie vaya pidiéndole a su pareja una prueba de consanguinidad para descartarla.

Las personas debemos centrarnos en vivir, sin preocuparnos por supuestos algo disparatados e improbables. Si algún día mi hija se enamorara de un «hermano» genético y nunca lo descubriera, su vida seguiría exactamente el mismo curso que si no lo fuera. Y si llegara a enterarse, espero que le diera a esa coincidencia tan poca importancia que no condicionara su relación. Porque por encima de todo, lo que deseo es que mi hija sea feliz. Creedme, me preocupa mucho más que algún día se vea inmersa en una relación tóxica. Eso es más grave y, por desgracia, mucho más frecuente.

¿Vosotros os habéis planteado en alguna ocasión este tema? ¿Os preocupa? Estaré encantada de leer vuestras opiniones.

Maternidad

La importancia de transmitir valores

Durante mi embarazo, mantuve una conversación con mi madre en la sala de espera de una ginecóloga que hoy ha venido a mi cabeza. Esa conversación versaba sobre la importancia de transmitir valores a nuestros hijos y, si fracasamos en ese menester, no ser permisivos con el daño que ellos puedan causar a terceros.

Para mí, que he sufrido acoso escolar durante toda mi educación primaria y secundaria, es una preocupación constante que mi hija pueda pasar por lo mismo. Pero aún temo más que pueda pertenecer al colectivo contrario. Si eso ocurriera, me resultaría muy difícil abstraerme de la idea de que algo he tenido que hacer mal para que mi hija se crea con derecho de lastimar a otros.

Por desgracia, mi percepción es que en abstracto a todos nos parece terrible el bullying. Pero en la vida real, los padres de los acosadores defienden a sus vástagos alegando que ‘son cosas de niños’ y el resto de la sociedad minimiza el dolor de la víctima al pensar ‘que no es para tanto’. ¿Sabéis por qué creo que lo hacemos? Porque somos incapaces de reconocer que esos niños son un fiel reflejo de nuestro comportamiento.

Hace unos días me sorprendí al escuchar que comentarios y comportamientos marcadamente machistas eran graciosos en niños de corta edad. Toda sorpresa desapareció al escuchar a alguien del mismo núcleo familiar hacer bromas, de escaso gusto, sobre las personas con necesidades especiales o cuestionar a las víctimas de abuso sexual por no denunciar antes.

Hoy mismo me he llevado otra sorpresa. Mi compañera de blogosfera Lidita Swan ha recibido un nuevo mensaje despreciativo en su blog. Era anónimo, por supuesto. La valentía no es algo que esté al alcance de todo el mundo, solo de aquellos kamikazes que defendemos nuestras ideas a cara descubierta.

Por la propia naturaleza de su blog, casi todos los visitantes de él son padres o planean serlo. Me pregunto cómo actuarían ante el ataque injustificado de su hijo a un tercero. ¿Le dirán que el otro se lo merecía? ¿Que no tiene tanta importancia? Puede que le enseñen que no ocurrirá nada mientras nadie descubra que los instigadores son ellos. Incluso contemplo la posibilidad de que la hipocresía de estos sujetos sea de tal calibre que reprendan a su pequeño con la boca pequeña mientras le dan una palmadita en la espalda… Lo que me cuesta imaginar es a esos padres transmitiéndole a sus hijos la gravedad de lo que han hecho.

¿Que tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Que clase de valores estamos transmitiendo? Os prometo que a diario me esfuerzo por encontrar una explicación lógica a este tipo de comportamientos, pero cada noche me duermo con la sensación de que estamos demasiado corrompidos.

No sufro por mí, que a base de golpes me he hecho inmune a comentarios o desprecios, y tampoco por mi colega Lidia. Como le he dicho muchas veces por privado, esos que la critican sólo sirven para aumentar el tráfico de su blog y demostrar que es digna de envidia. Pero sí me preocupan las nuevas generaciones. Al fin y al cabo, es su felicidad la que estamos hipotecando,

Permitidme que os diga una cosa. ¡No estáis a salvo! Quizás ahora os sintáis fuerte, ajenos al dolor que causáis, pero no sois inmunes. Puede que un día el cabecilla de la clase decida que machacar a tu hijo es divertido. O que en algún momento el novio de tu hija crea que su falda es demasiado corta y eso justifica su ataque de furia. Tampoco es descabellado pensar que puede cruzarse con un indeseable por la calle que sienta que su cuerpo le pertenece. Y también existe la posibilidad de que una desgracia llame a vuestra puerta y tengáis que descubrir lo que es vivir con una importante discapacidad.

Entonces, y sólo entonces, sabréis lo que jode.

Reproducción asistida

Consejos para elegir clínica de fertilidad

Siguiendo con la agenda marcada, hoy traigo un post relacionado con la reproducción asistida. La semana pasada iniciaba esta sección hablando de los distintos aspectos que han de tenerse en cuenta a la hora de optar por la sanidad pública o privada para realizar estos tratamientos. Ya dijimos que en la Seguridad Social todo está muy protocolizado y el paciente tiene poca capacidad de elección. Pero si optamos por la vía de la medicina privada, la situación cambia radicalmente.

Habrá muchas decisiones que tomar y la primera, y casi más importante, es que clínica de fertilidad elegir. Puede que conozcáis alguna porque un conocido os haya hablado de su experiencia, o que tengáis la suerte de encontrar a un profesional que os asesore. Pero si sois tan ajenos a este mundo como lo era yo hace tres años, puede que estos consejos os sean de ayuda.

Internet es un buen aliado

Una sencilla búsqueda en San Google me dio toda la información que necesitaba cuando decidí iniciar mi proceso de reproducción asistida. Con la fórmula “clínica de fertilidad + ciudad”, obtendréis en escasos segundos un listado de todos los centros de vuestro entorno.

A partir de ahí podéis consultar la página web de cada clínica. En la mayoría de ellas podréis encontrar los servicios que ofrece el centro, el cuadro médico del mismo, una pequeña descripción de los principales tratamientos, la información relativa a la ubicación y los datos de contacto, etc. Algunas van más allá y publican sus resultados clínicos, información sobre los precios o medios de financiación… Y en todas ellas encontraréis un formulario de contacto a través del cual podréis solicitar más información. En este punto hay que tener en cuenta que, aunque solicitéis que la información os la den por teléfono o por correo electrónico, lo más probable es que el personal de la clínica os llame para concertar una cita y sólo acudiendo a ella obtengais lo que buscabais.

El formulario de contacto de la clínica en la que realicé mis tratamientos distingue entre “Quiero recibir más información” o “Quiero solicitar una cita”. A pesar de marcar la primera opción, me llamaron diciendo que sin cita no había información adicional. Lo mismo me ocurrió con otras dos clínicas. Y digo yo, ¿por qué no evitarnos la tonteria?

Es posible que con la información que hayais encontrado esteis en disposición de descartar alguna clínica. Esto no suele responder a ninguna causa racional, pero a veces el instinto nos dice que nuestro sitio no es ese. Lo que no recomiendo en ningún caso es tachar una clínica de fertilidad por las valoraciones de otros usuarios en foros de opinión.  En cuestiones de clínicas y médicos cada persona cuenta la historia que le ha tocado vivir. Que un paciente haya tenido una mala experiencia no significa que esa clínica sea menos válida. Incluso es posible que para lo que una persona es un aspecto negativo para otra sea un punto a favor. Recordad que no todos buscamos lo mismo ni tenemos las mismas necesidades.

La primera impresión in situ

Si ya tenéis una idea de que clínicas pueden interesaros, lo mejor es ir a conocerlas directamente. La mayoría de las clínicas ofertan la primera visita gratuita, y las que no lo hacen suelen lanzar promociones cada pocos meses. En estas visitas veréis las instalaciones de cada centro, tendréis el primer contacto con el personal médico que llevaría vuestro caso y os darán información detallada del coste económico de cada tratamiento.

Estas citas son sobre todo importantes para conocer la dinámica de la clínica, ya que el valor médico de las mismas dependerá de cual haya sido vuestro recorrido en reproducción asistida. La primera vez que yo fui a una clinica de fertilidad no tenía ni idea de que iban a pedirme. Salí de allí con un listado de pruebas y la orden de volver con los resultados. Pero es habitual que las parejas que acuden a este tipo de centros vayan con su carpeta bien cargada de papeles, ya sea porque vienen de otra clínica o porque han comenzado el estudio de fertilidad en la Seguridad Social. En este caso, ya podrán obtener una valoración médica e indicación de tratamiento en la primera visita.

Mi consejo es que visitéis tantas clínicas como queráis. Aunque la primera a la que acudís os convenza, no dejéis de visitar otras. Es importante sentir que estás tomando la decisión adecuada y, ponderando varias opciones, es más probable que tengamos esa percepción. Yo misma estaba convencida de que la primera clínica que había visitado era perfecta para mí, pero me obligué a ver otra más. Sólo así pude comprobar que las sensaciones que había tenido se debían a la clínica y no a las ganas de empezar los tratamientos cuanto antes.

Tomar una decisión con calma

Tras varias visitas, con toda la información sobre la mesa, llega el momento de decidir en que clinica confiaréis finalmente. No es una elección fácil. Habrá que ponderar todos los pros y contras de cada centro hasta encontrar aquel que mejor se adapta a vosotros.

Mi único consejo en este punto es que el peso de la decisión no recaiga únicamente en el aspecto económico. No pretendo restarle importancia a esa cuestión. Sé que para muchas mujeres y parejas el precio de los tratamientos es inasumible. Para mí, el dinero también era la mayor fuente de preocupación porque mis recursos eran limitados. Lo que intento transmitir es que si una clínica no ha cubierto vuestras expectativas, no deberíais decantaros por ella sólo porque el total del presupuesto sea menor.

La reproducción asistida no es un camino de rosas. Salvo que seáis de los afortunados que consiguen el embarazo tras su primer tratamiento, os tocará enfrentaros a situaciones que ponen a prueba la templanza de cualquiera. Si las cosas no son fáciles, es crucial que estéis satisfechos con vuestra clínica y confiéis en el equipo médico que os está tratando.

Espero que estos breves consejos os sirvan de ayuda si estáis pensando en acudir a un centro privado. Y si ya habéis pasado por este proceso y queréis añadir algo más, estaré encantada de leer vuestros comentarios. Lo que me comentasteis por Instagram relacionado con el anterior post me pareció muy interesante.

Maternidad, Reproducción asistida

De besos y tubos de cristal: respuesta a una hoja parroquial

Hoy tocaba hablar de la vacuna Bexsero, y todo se andará, pero hace dos días llegó una noticia a mis oídos que no puedo dejar pasar. En la última Hoja Parroquial de la parroquia de San Bartolomé y San Jaime de Nules se publicaba un poema cuyo contenido está entre lo burdo y lo repulsivo. No se deja ningún colectivo por ofender: homosexuales, bisexuales, transexuales, divorciados, animalistas… Y los modelos de familia no tradicionales no podíamos irnos sin recibir lo nuestro.

Tras la oleada de críticas recibidas, a las que se ha sumado el alcalde del municipio, parece que al párroco no le ha tocado otra que reconocer que la difusión de los versos ha sido un error y retirar el texto de la edición digital de la Hoja Parroquial. Ha llegado tarde. El texto ya está circulando y el daño hecho.

Comentarlo todo me llevaría demasiado tiempo y un buen sofocón, así que me voy a limitar a los versos que el autor de tan cuidada poesía ha dedicado a los niños nacidos por técnicas de reproducción asistida.

“El padre de Alba se llama Inseminación Artificial, / Porque su madre pensaba que así se iba a realizar, (…) Joaquín es niño probeta. Y cuando se va a acostar / Le da siempre un par de besos A su tubo de cristal, / Porque sus padres trabajan Día y noche sin parar”.

El uso de los signos de puntuación y de las mayúsculas – minúsculas es tan errático que he llegado a pensar que en realidad el texto escondía un mensaje oculto del tipo “no os preocupeis, es broma”, pero no lo he encontrado. Pero bueno, dejaré de lado la calidad literaria para centrarme en el contenido.

El padre de mi hija no se llama inseminación artificial ni fecundación in vitro. El padre de mi hija no existe. Pero eso no quiere decir que oculte u omita la participación de una figura masculina en su concepción. Y creedme, cuando le hable a mi hija de ella, lo haré con el mayor respeto y gratitud posible.

No tuve a mi hija creyendo que así me iba a realizar. Fui madre porque quise y pude. Sin más. En mi decisión intervinieron exactamente los mismos sentimientos, anhelos y expectativas que podría albergar cualquiera de las parejas heterosexuales que el autor del texto parece aprobar.

Los bebés nacidos gracias a la reproducción asistida no son ‘niños probeta’. No hay que etiquetarlos de ninguna forma distinta a la de las personas que hemos sido engendradas por el método tradicional. Sí, los primeros instantes de vida de mi hija transcurrieron en un laboratorio y yo soy la primera en hacer bromas sobre ello. Pero usar estas expresiones para desmerecer a niños por una condición que no pudieron elegir es un acto ruin y patético.

La falta de cariño o apego no tiene nada que ver con el método de concepción o con la situación laboral de los padres. Soy madre trabajadora y mi hija no necesita darle besos a ningún tubo de cristal. Cuando estoy con ella, no me limito a compartir el mismo espacio físico sino que intento que nuestro tiempo juntas sea de calidad.

Este tipo de textos me enfadan muchísimo, y no solo porque reflejan el pensamiento arcaico de ciertos sectores de la sociedad. Manifestaciones como estas vienen de una institución a la que pertenezco, a la que mi hija pertenece, y a la que me cuesta defender tras estas salidas de tono. Y es que con estas historias, además de hacer daño a los colectivos atacados, enturbian la ya maltrecha imagen de la Iglesia católica. Allá ellos.

Por mi parte, sólo puedo decirle al autor y a los que piensen como él que mi modo de crianza está mucho más cercano a los valores cristianos que su escrito. Que la reproducción asistida es de todo menos fría, porque nunca había experimentado sentimientos tan intensos como los vividos en aquella etapa. Que en mi casa no se dan besos a tubos de cristal, sino abrazos que salen del alma. Y que en esta vida sólo mi hija está legitimada para juzgar mi elección.

Aunque duela leer cosas así, no conseguirán matar la ilusión que lleva a mujeres y parejas a pasar por duros tratamientos hasta llegar a sus hijos. Tampoco nos harán sentir vergüenza, ni permitiremos que otras formas de vivir vuelvan al ostracismo. Los avances que poco a poco se están produciendo en nuestra sociedad no son reversibles. Y si no les gustamos, tendrán que aprender a vivir con nosotros.

Reproducción asistida

¿POR QUÉ CONTÉ (Y OCULTÉ) QUE ESTABA EN TRATAMIENTO?

Muchas mujeres y sus parejas ocultan que necesitan ayuda médica para ser padres por vergüenza, por miedo a ser tratados como personas menos válidas. Tengo muchísimas anécdotas en relación a esto, pero creo que la situación que más me asombró me ocurrió yendo a una de mis revisiones. En el metro me encontré con una trabajadora de la clínica de fertilidad y la saludé. Aunque me devolvió el saludo lo hizo de manera distante. Unos minutos más tarde, ya en la clínica, me dijo que la disculpara si me había parecido fría, pero no saludaban a los clientes para evitar que les relacionaran con ese centro. Me pareció completamente surrealista.

Ocultar férreamente cualquier relación con la reproducción asistida no es una actitud que me guste. Creo que dar visibilidad a la infertilidad es la única manera de romper con los estigmas que siguen acompañando a esta enfermedad. Pero respeto a quien decide esconderlo, sobre todo porque he visto como se trata a los que vamos a cara descubierta.

Cuando empecé la búsqueda de mi hija, compartí con todo aquel que se parara a escucharme mis planes. Lo sabía desde mi familia hasta la dependienta de la tienda en la que compraba lana. Luego llegaron los tratamientos y también hice partícipe a mi entorno. Todas las noches a las 21:00h yo sacaba mis cachivaches y me pinchaba las hormonas, sin importar si había alguien en casa o no. Durante la betaespera, compartía mis impresiones (que normalmente eran pesimistas) y cuando tenía el resultado lo contaba e intentaba que los comentarios de ánimo acabaran pronto.

Cuando los tratamientos empezaron a acumularse, cada vez se hacía más cuesta arriba. Era consciente de que me estaba convirtiendo en el centro de comentarios que no me agradaban y que el interés mostrado por algunas personas respondía más al afán de cotilleo que a la verdadera preocupación. Pero seguía convencida de que tratar el tema sin tapujos era la única manera de allanar el terreno a otras mujeres que tuvieran que pasar por lo mismo.

¡Y por fin me quedé embarazada! Había dado tantas malas noticias que, en cuanto lo supe, me dispuse a gritarlo a los cuatro vientos. Ahí llegaron las primeras sorpresas. Hubo personas a las que la noticia no pareció agradarles especialmente, y ni si quiera se molestaron en ocultarlo. Pero en aquellos momentos poco me importaba. Estaba en una nube. Llevaba casi 10 meses luchando y por fin iba a ser madre. Era lo único que importaba.

Por desgracia, la alegría duró muy poco. Dos semanas más tarde sufrí un aborto bioquímico. No exagero al decir que pasaron unos 45 segundos desde que lo supe hasta que me encontré a la primera persona a la que tuve que decirle que las cosas no habían salido bien. Abordé el tema con la naturalidad que merecía, esperando como mínimo un poco de respeto.

Sin embargo, por primera vez desde que había comenzado todo este proceso, los comentarios de la gente consiguieron hacerme daño.

Algunas personas lo hacían inconscientemente. Sus comentarios eran bastante desafortunados pero estaba claro que intentaban animarme. En aquellos momentos hubiera agradecido que se callaran, pero entiendo que es difícil actuar en situaciones así.

Otros simplemente desaparecieron. Mi aborto coincidió con una época festiva e imagino que, entre procesiones y reuniones con amigos o familiares, contestar a los mensajes con algo más que monosílabos era desperdiciar un tiempo precioso.

Y, por último, están aquellos a los que me cuesta imaginar que les moviera algo que no fuera la absoluta indiferencia por los sentimientos ajenos. Recuerdo un comentario especialmente hiriente tres días después de mi aborto. Mi madre destacaba todo lo que me había cuidado, porque yo había entrado en una dinámica en la que repasaba cada momento de mi corto embarazo buscando algo por lo que culparme. La persona que nos acompañaba dijo entonces “pues yo no me tomé ni el ácido fólico y mira, tengo un niño sano”. Y para remarcar su discurso señaló a su hijo de escasos meses. Si me hubiera ocurrido en otro momento y con una persona que no perteneciera al círculo más íntimo de mi familia, puede que hubiera reaccionado de manera muy distinta. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho. Entonces solo pude tragarme las lágrimas y subir a casa para no verle la cara a nadie.

Fue entonces cuando decidí ocultarme yo también. Mi último tratamiento de reproducción asistida lo llevé en secreto. Solo informé a mis padres, a dos amigos y a las chicas a las que había conocido a raíz de los tratamientos. Cuando la gente me preguntaba, no sentía ningún remordimiento al decirles que me estaba dando un descanso. No estaba dispuesta a que la información llegara hasta la gente que la había aprovechado para hacerme daño. Y si la única manera de evitarlo era no compartirla con nadie, eso haría.

Me expuse durante un tiempo y no me arrepiento, pero no estoy segura de cómo actuaría en un futuro si tuviera que volver a la reproducción asistida. Siento que quienes participamos de ella no deberíamos contribuir a la perpetuación de los tabúes que existen a su alrededor. Pero no siempre es fácil dar un paso al frente. Sobre todo si mientras tú confías tu intimidad, ves a parejas mentir en los meses que tardaron en concebir o negar que estén en tratamiento. Al final una se cansa de comulgar con ruedas de molino.