Personal

La historia de un máster (y no es el de Cifuentes)

Dedicado a todos los que sin contactos y sin hipotecar vuestra dignidad habéis conseguido una carrera investigadora exitosa en la Universidad. Sois la caña.

Había una vez un máster oficial de una universidad pública española en el que las matriculas de honor iban, venían, pero a la persona con las notas más altas nunca le caían. Esa persona obtuvo en una asignatura una calificación de 9,9. Ella pensó “¡ya está! Esta vez no hay forma de que la matrícula de honor no sea mía”, pero esta calificación no terminaba de aparecer en el expediente académico.

Llegó el momento de comenzar el Trabajo Fin de Máster y, cuando la universidad publicó la lista de posibles tutores, la alumna se sintió decepcionada porque ninguno de sus favoritos estaba en ella. Desde la dirección del máster se habian dado instrucciones de no contactar de forma privada con otros profesores, así que no quedaba otra que elegir entre lo que había. “Al menos seré la primera en escoger”, pensó, y es que en teoría los alumnos de mejores notas tenían preferencia en la elección.

Cuando se hizo pública la asignación de tutores, no sólo había algún profesor nuevo (lo que indicaba que sí se había contactado con ellos), sino que a la alumna de la que hablamos no se le había asignado el tutor elegido. El rebote de ésta fue épico, en plena clase del máster. Porque si algo caracteriza a esta chica es que nunca se esconde. En ese mismo momento renunció a la realización del TFM por considerar que las oportunidades que se estaban ofreciendo a los alumnos no eran iguales para todos. Pero tras una reunión con una de las responsables del máster y algún correo electrónico en el que se le pedía reconsiderar la situación pensó “¿por qué tengo yo que quedarme sin máster por lo que hagan otros?” y se puso a ello.

Un día la tutora de su TFM le dijo algo así como “te has llevado la matricula de honor de esa asignatura, ¿no?”. Cuando la alumna le comentó que no lo tenía demasiado claro, se extrañó tanto que se comprometió a consultarlo ella misma. En la siguiente reunión, la tutora estaba aún más extrañada porque no le habían confirmado que efectivamente se fuera a otorgar esa  distinción (la alumna tuvo la sensación de que lo que le habían confirmado era justo lo contrario). Imagino que con toda la buena fe del mundo, esta profesora le recomendó a su tutorizada escribir a la coordinación del máster para interesarse por la cuestión.

La alumna, poco acostumbrada a pedir cosas, escribió un correo electrónico de lo más formal. A pesar del buen tono del texto, el contenido del mismo no debió agradar en exceso pues fue objeto de critica por parte de una responsable del máster. El problema es que su opinión la expresó en una tutoría con otro alumno que, casualmente, era amigo de la emisora del mensaje. Obviamente, a esa alumna no le agradó conocer que una autoridad universitaria opinaba de ella con otros alumnos, y así se lo hizo saber en un nuevo correo electrónico. No obtuvo respuesta.

Los días fueron pasando y cada vez más alumnos se fueron indignando por otras cuestiones. Pero como ocurre casi siempre, hay pocos dispuestos a mostrar esa indignación en el lugar adecuado. Otra alumna, llamemosle R, que curiosamente tenía las segundas mejores notas del máster, se atrevió a luchar por lo que creía justo.

Y llegó el día de la defensa del TFM ante el tribunal. La tutora de nuestra protagonista no había hecho una sola corrección al suyo, sólo le había sugerido ampliar las referencias en uno de los apartados. El trabajo pintaba bien. Cuando acabó la defensa pública, los allí presentes como público la felicitaron. Pero el tribunal, tras deliberar, le otorgó una calificación de 6. Todo el mundo se quedó mudo de la sorprensa, así que el presidente del tribunal añadió con una media sonrisa “¿no vais a aplaudir?”.

Desconozco si esto fue un intento de humillarla, pero no lo consiguió. Ella ya sabe lo que suele ocurrir cuando alzas la voz más de lo necesario. Estaba preparada. Así que lejos de entristecerse o amilanarse, decidió quedarse a escuchar a sus compañeros y disfrutar de la tarde. La última en exponer su trabajo era R, y lo hizo genial. A mi humilde juicio, mucho mejor que otros que habían obtenido notas altas y a los que el propio tribunal les había corregido errores de bulto. Su calificación fue de 6.5.  Las dos notas más altas de aquel máster hasta el momento se iban con notas bajas en unos trabajos que habían arrancado elogios de algún miembro de aquella mesa.

Así que la intrepida alumna volvió a alzar la voz, volvió a expresar lo que creía que estaba pasando. No porque fuera a servir para algo, sino por el simple deseo de sentir que su dignidad valía más que la nota de un máster. Se quedó con las palabras de su tutora, que pensaba que su trabajo merecía más y le reconocía que en la vida hay situaciones en las que el resultado no depende de nuestro esfuerzo. Estaba decidida a comenzar un doctorado que finalmente decidió aparcar. Esta y otras situaciones que había presenciado durante sus siete años como universitaria habían acabado con la imagen que tenía de la Universidad.

¿Creéis que a esa chica le sorprende el caso Cifuentes?