Personal

NO TENGO UN SÚPER PODER

Hace una semana estaba de miniviaje en Madrid. Esa ciudad siempre me carga las pilas, aunque el momento de dejarla me provoque un bajón total, así que volví a mi ciudad con la ilusión por las nubes. En la maleta traía cinco cuadernos con frases inspiradoras que había comprado para llenar con las ideas que me sobraban. Me prometí que no me daría pena usarlos.

El domingo me lo tomé de descanso, pero para el lunes tenía muchos planes. Sin embargo, la cosa empezó a torcerse ya durante la madrugada. Me despertó un dolor de garganta nada sutil. Durante esa mañana, mantuve la esperanza de que todo se quedara en una simple inflamación por haber forzado la voz. Pero esa misma tarde, tuve que dejar mi ordenador a un lado a causa de los tiritones que la fiebre me estaba provocando. Estaba oficialmente enferma.

He pasado tres días muy malos. No quería ni que me miraran. Tampoco me apetecía comer. Los que me conocéis ya os podéis imaginar lo malita que estaba… Sólo saqué algo de ánimo para celebrar el sorteo del lote de papillas NESTUM. Si aún no sabéis quien ha sido el ganador, podéis ver el video con el resultado en mi Instagram.

¿Sabéis eso que dicen de que las madres tenemos un súper poder y podemos con todo? Es mentira. Nunca me había costado tanto preparar un biberón y, mientras recorría con Daniela los escasos 10 metros que hay entre mi salón y su habitación, temí por nuestra integridad porque hacíamos más eses que tras una noche de fiesta. Por suerte, cuento con la ayuda de mi madre. No sé cómo me hubiera ocupado sola de un bebé en ese estado. ¡Gracias mamá!

Y justo cuando empezaba a vislumbrar el camino de la recuperación, Daniela comenzó a toser. Así que esta mañana tocó visita al pediatra. Y así estamos. En mi casa los antibióticos van y vienen. Aún sigo con las neuronas algo dormidas, aunque el estómago ya está bien despierto (anoche celebré mi mejoría con pollo asado y hoy lo haré con pizza). Pero ya estoy trabajando en recuperar el ritmo.

Y es que hay muchas cosas de las que quiero hablar. Sólo necesito un poco de tiempo y que la salud acompañe. Así que si este fin de semana las dos condiciones se cumplen, el lunes retomaré el contenido habitual del blog.

¡Buen fin de semana!

Maternidad

Bautizada por los pelos

Jesús dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos.» (Nuevo Testamento, Mateo 19:14)

El pasado domingo se cumplió un año del bautizo de Daniela. Aquel 25 de febrero no fue un día agradable, aunque con el tiempo he conseguido reírme al recordarlo. Hubo momentos que no voy a compartir por respeto a quienes participaron de ellos, pero me permitiré señalar que en un evento de este tipo nadie debería ser más protagonista que el bebé. Dicho esto, voy a contaros una de las situaciones más surrealistas a las que me he enfrentado nunca.

Siempre había tenido claro que quería bautizar a Daniela lo más pronto posible, por eso empecé a prepararlo todo antes incluso de que naciera. Hice los cursillos preparatorios embarazada de ocho meses, preparé toda la documentación necesaria y la entregué tan solo unos minutos después de acabar los trámites en el Registro Civil. El único motivo por el que mi hija no se bautizo antes fue por cuestiones de agenda.

Aquel sábado a las 11:45 casi todos los invitados estábamos ya en la iglesia elegida, la misma en la que me había bautizado yo 26 años antes. Quince minutos era tiempo más que suficiente para firmar los últimos papeles y prepararnos para la ceremonia. Pero llegaron las 12:00 y el que no aparecía era el sacerdote. Veinte minutos más tarde, cuando ya todos pensábamos que aquello era un pasote, el que apareció fue el diácono de la parroquia para decirnos que ese bautizo había sido suspendido a petición de la familia.

¡¡¡¿¿CÓOOOOOOOMO??!!!

Eso fue lo único que pude pensar. El diácono comenzó a explicarme qué una mujer había acudido a la iglesia para comunicar que la madre (yo) había decidido anular el acto porque la niña “no podía bautizarse”. No sabía si estaba más asombrada porque alguien hubiera hecho algo así o porque el sacerdote hubiera seguido las instrucciones sin plantearse siquiera llamarme por teléfono. La respuesta a esto último la tuve pronto: la susodicha era muy religiosa, su presencia en la iglesia era habitual y, por tanto, el sacerdote confiaba en ella lo suficiente como para no cuestionar lo que había dicho. Esa información y una descripción física bastaron para que yo supiera de quién estábamos hablando.

Finalmente el sacramento pudo celebrarse. El diácono atrasó un entierro que tenía pendiente para bautizar a mi hija. Y debo agradecerle  la bonita ceremonia que ofició, aunque yo no pude disfrutarla. Tras el enfado inicial, empezó a invadirme la inquietud. Anteriormente había compartido con esa mujer unas conversaciones que me habían hecho sentir incómoda y que, con el último acontecimiento, me preocuparon realmente. Y es que si una persona está tan jodidamente loca como para hacer algo así, ¿que pasaría por su cabeza cuando dijo “un día te voy a quitar a tu hija”?

Al día siguiente puse en marcha los mecanismos que estimé oportunos para evitar que esa señora siguiera molestándonos. Pero unas semanas más tarde, tuvimos un encuentro por la calle. Le pedí que no se acercara a mí, pero no parecía dispuesta a hacerme caso. Me marché del lugar, pero tampoco sirvió para que me dejara tranquila… Se atrevió a decirme en un tono que a mí me pareció retador que si tenía miedo a que me quitara a la pequeña. Y justo antes de conseguir librarme de ella, se atrevió a insinuar que mi hija había nacido sana gracias a sus rezos. Por suerte, desde ese día no he vuelto a coincidir con ella.

Desconozco si lo que le molestó fue mi condición de madre soltera, o que mi hija hubiera nacido gracias a un tratamiento de reproducción asistida. Dudo que tuviera algo personal contra mí porque apenas la conozco. Algunos opinan que la movía la envidia y otros que se dejó llevar por el aburrimiento…  Como digo al principio, con el paso de los meses he aprendido a recordar el bautizo de mi hija entre risas y pensar que será una anécdota que pueda contar toda su vida. Pero lo cierto es que siempre llevaré conmigo el no haber disfrutado de un día importante que había estado esperando durante tanto tiempo. Quizás lo correcto sea perdonar, como el propio diácono me recordó aquel día, pero lo cierto es que a mí no me sale hacerlo. El perdón lo reservo para aquellos actos que puedo comprender.

Reproducción asistida

¿Y si se enamora de su hermano?

La revelación de los orígenes es un tema controvertido en reproducción asistida. Muchos pacientes que tienen que recurrir a la donación de gametos o embriones para ser padres deciden ocultar ese hecho a sus hijos. Incluso en el caso de que los padres decidan compartir la información, no contarán más que con algunos datos genéricos del donante que hizo posible su nacimiento. Es habitual que esto genere preocupaciones como, por ejemplo, la de que nuestro hijo padezca una enfermedad y no podamos responder las preguntas de los médicos respecto a antecedentes familiares.

Pero hay una pregunta que me sorprendió muchísimo la primera vez que la escuché: ¿Y si se enamora de un hermano? No es que nunca se me hubiese ocurrido, pero tampoco me pareció algo a lo que darle importancia. Sin embargo, seguí escuchando y leyendo esa frase muchas veces más. Por eso decidí escribir sobre ello, y no se me ocurre mejor momento para publicar el post que la semana en la que el amor es el gran protagonista.

Lo primero que quiero aclarar es que, siguiendo el razonamiento que he expuesto en otras ocasiones, no considero que mi hija tenga hermanos. Eso implicaría que tiene el mismo padre o madre que otra persona, y no asocio a los donantes con ninguna de esas dos figuras. Por lo tanto, Daniela sólo tendrá hermanos el día que yo tenga otro hijo. Pero hay personas que no comparten este punto de vista y sienten que sólo por compartir genética se establece una relación de parentesco. Es por eso por lo que aquí estoy empleando ese término.

¿Cuál es la probabilidad de que personas que comparten donante se conozcan?

No lo sé, y dudo que alguien pueda calcularlo. La Ley 14/2006, de 26 de mayo, sobre técnicas de reproducción humana asistida establece en su artículo 5.7 que “el número máximo autorizado de hijos nacidos en España que hubieran sido generados con gametos de un mismo donante no deberá ser superior a seis“. La responsabilidad del cumplimiento de este límite se reparte entre dos figuras:

  •  Los donantes deberán declarar en cada donación si han realizado otras previas, así como las condiciones de éstas, e indicar el momento y el centro en el que se hubieran realizado dichas donaciones.
  • Cada centro o servicio que utilice gametos de donantes será el responsable de comprobar de manera fehaciente la identidad de los mismos, así como, en su caso, las consecuencias de las donaciones anteriores realizadas en cuanto a la generación de hijos nacidos previamente.

¿Pero cómo pueden cumplir los centros con esa exigencia? La Ley prevé la existencia del Registro nacional de donantes. En él se inscribirían los donantes de gametos y preembriones, los hijos nacidos de cada uno de los donantes, la identidad de las parejas o mujeres receptoras y la localización original de unos y otros en el momento de la donación y de su utilización. El problema es que, a pesar de los años transcurridos, no se ha sabido nada de este Registro hasta hace bien poco. Y a las clínicas no le queda otra alternativa que la de confiar en la palabra de los donantes. En consecuencia, no pueden asegurar que el límite de seis niños nacidos gracias a un mismo donante se haya respetado.

¿Me preocupa esa posibilidad?

La verdad es que ni lo más mínimo. De hecho, como he dicho antes, me sorprende que para algunas personas sea una preocupación real. En lo que respecta a las relaciones humanas, suelo defender que todo lo que elijan personas adultas y libres para si mismas me parece bien. No tengo la mente tan libre de prejuicios como para que el incesto me parezca normal, aunque tampoco me atrevería a condenarlo. Pero es que el caso que estamos imaginando no llega ni por asomo a esa categoría.

Aunque lo considero improbable, voy a imaginar que dos desconocidos se enamoran y posteriormente descubren que hay una relación de consanguinidad entre ellos. Por mucha carga genética que puedan compartir no son hermanos. No se han criado como tal ni han comenzado una relación estando condicionados por esa circunstancia. ¿Qué es lo que tendría que preocuparme?

Además, tampoco es que las personas ajenas a la reproducción asistida estén exentas de riesgo. ¿Todos podéis poner la mano en el fuego por vuestras parejas? ¿Y por vuestros padres? ¿Quien os asegura que no tenéis vosotros mismos hermanos de los que desconoceis su existencia? La posibilidad existe, y no creo que nadie vaya pidiéndole a su pareja una prueba de consanguinidad para descartarla.

Las personas debemos centrarnos en vivir, sin preocuparnos por supuestos algo disparatados e improbables. Si algún día mi hija se enamorara de un “hermano” genético y nunca lo descubriera, su vida seguiría exactamente el mismo curso que si no lo fuera. Y si llegara a enterarse, espero que le diera a esa coincidencia tan poca importancia que no condicionara su relación. Porque por encima de todo, lo que deseo es que mi hija sea feliz. Creedme, me preocupa mucho más que algún día se vea inmersa en una relación tóxica. Eso es más grave y, por desgracia, mucho más frecuente.

¿Vosotros os habéis planteado en alguna ocasión este tema? ¿Os preocupa? Estaré encantada de leer vuestras opiniones.

Maternidad

Regalos que no existieron… y decepciones que no lo fueron tanto

Soy muy afortunada. Tengo la inmensa suerte de haber podido permitirme todo aquello que deseaba para mi hija a pesar de no tener una economía holgada. Siempre tuve claro que tendría que ser así. Con mi decisión de ser madre soltera, eliminé de un plumazo la posibilidad de compartir cargas con otra persona. Y mi familia no es tan grande ni cuenta con una capacidad económica extraordinaria para asumir grandes gastos.

Por eso cuando me quedé embarazada no conté con nada que no pudiera conseguir por mis propios medios. Aún no había cumplido la semana 12 de embarazo cuando encargué el cochecito para Daniela. Y para la mitad de la gestación, prácticamente ya no tenía nada que comprar. Por supuesto los regalos por parte de familiares y amigos también fueron llegando. Algunos muy generosos, otros cargados de cariño… A todos los que os acordasteis de mí y de la peque, os mando desde aquí un beso enorme.

Y es que esa es la grandeza de los regalos. Que existan o no son suficientes para hablar de cómo te ven las personas. Yo nos los pedía, no los necesitaba, pero me ilusionaba muchísimo recibirlos. Que una persona trajera un detalle significaba que mi hija o yo le importábamos lo suficiente como para ser educado. Quien no se dignó a comprar unos tristes patucos, me dejo claro hasta que punto le era indiferente y me enseñó como debía actuar cuando las tornas cambiaran.

Hasta ahí todo bien. Me gusta que las cartas estén bocarriba. A quien no se esconde poco puedo reprocharle. Pero hubo un tercer grupo, el de los que se anunciaron para luego no aparecer. Ellos jugaron con la ambigüedad de las palabras, con las normas sociales que impiden pedir el regalo prometido, con el tiempo y la distancia… Ellos no fueron claros, pero yo sí voy a serlo.

El primer caso que voy a contar ocurrió cuando aún estaba embarazada. Una amiga me preguntó si ya tenía la trona para Daniela. Por lo que recuerdo, había visto un modelo vintage de madera que le encantaba. Se lo agradecí, pero decliné el ofrecimiento porque ya le había comprado una trona a Daniela. Bromeamos con la posibilidad de que le comprara un coche, y la conversación acabó con algo similar a “es una pena porque ese regalo me encantaba, pero encontraré otra cosa”. A día de hoy, Daniela está a punto de cumplir trece meses. No sólo no he visto ese regalo alternativo, sino que mi amiga aún no ha recorrido la escasa hora en coche que separa su ciudad y la mía para conocer a mi hija. De hecho, acabo de comprobar que estas navidades le mandé un mensaje felicitando las fiestas, lo leyó al poco tiempo y no me contestó. Misterios de la vida…

Una vez que di a luz, vinieron las siguientes situaciones curiosas. Un familiar se creyó con la suficiente confianza como para ir de visita al hospital. Ahí estaba yo, con unos dolores de entuerto que me tenían molida y tendida en una cama recibiendo visitas. Me sorprende que quien se cree con derecho de incordiar a una mujer a la que han realizado una cesárea apenas 48 horas antes, no haya vuelto a dedicar cinco minutos de su tiempo en hacer una visita o una llamada telefónica para interesarse por mi hija. De regalo ya ni hablamos…

Y luego está el tercer caso, que realmente es el que menos me importa pero el que más me llama la atención por su reiteración. Un amigo, que más bien lo es de otros familiares y no mío, ha anunciado en dos ocasiones regalos que finalmente no ha hecho. En primer lugar, la silla de seguridad para el coche y, hace tan sólo unas semanas, un regalo con motivo del primer cumpleaños de Daniela. Y aquí es cuando me da por pensar ¿la gente me está tomando por tonta? Un desliz puedo obviarlo, que no olvidarlo, pero hacer dos veces lo mismo y esperar que no haya reacciones…

Estoy cansada de que la gente se aproveche de convencionalismos para echarle morro a la vida. He pensado mucho si me compensaba publicar este post, y reconozco que no me son indiferentes las consecuencias que pueda tener. ¿Pero por qué tengo que callar para no molestar a quien no mostró el más mínimo decoro? También estoy harta de escuchar “olvídalo, sus regalos no te han hecho falta para nada”. Parece que lo políticamente correcto es decir que los regalos no nos importan. El valor material de los regalos me da igual, pero lo que las personas expresan a través de ellos me importan. Y mucho.

Así que mi conclusión es la siguiente: no prometas nada que no vayas a cumplir. Tu imagen quedará a salvo y la otra parte no pensará que la estás tomando por idiota. Y si la parturienta o la recién nacida no te importan lo más mínimo, no metas tus narices en la habitación del hospital. ¡Cotilla!

Maternidad

La importancia de transmitir valores

Durante mi embarazo, mantuve una conversación con mi madre en la sala de espera de una ginecóloga que hoy ha venido a mi cabeza. Esa conversación versaba sobre la importancia de transmitir valores a nuestros hijos y, si fracasamos en ese menester, no ser permisivos con el daño que ellos puedan causar a terceros.

Para mí, que he sufrido acoso escolar durante toda mi educación primaria y secundaria, es una preocupación constante que mi hija pueda pasar por lo mismo. Pero aún temo más que pueda pertenecer al colectivo contrario. Si eso ocurriera, me resultaría muy difícil abstraerme de la idea de que algo he tenido que hacer mal para que mi hija se crea con derecho de lastimar a otros.

Por desgracia, mi percepción es que en abstracto a todos nos parece terrible el bullying. Pero en la vida real, los padres de los acosadores defienden a sus vástagos alegando que ‘son cosas de niños’ y el resto de la sociedad minimiza el dolor de la víctima al pensar ‘que no es para tanto’. ¿Sabéis por qué creo que lo hacemos? Porque somos incapaces de reconocer que esos niños son un fiel reflejo de nuestro comportamiento.

Hace unos días me sorprendí al escuchar que comentarios y comportamientos marcadamente machistas eran graciosos en niños de corta edad. Toda sorpresa desapareció al escuchar a alguien del mismo núcleo familiar hacer bromas, de escaso gusto, sobre las personas con necesidades especiales o cuestionar a las víctimas de abuso sexual por no denunciar antes.

Hoy mismo me he llevado otra sorpresa. Mi compañera de blogosfera Lidita Swan ha recibido un nuevo mensaje despreciativo en su blog. Era anónimo, por supuesto. La valentía no es algo que esté al alcance de todo el mundo, solo de aquellos kamikazes que defendemos nuestras ideas a cara descubierta.

Por la propia naturaleza de su blog, casi todos los visitantes de él son padres o planean serlo. Me pregunto cómo actuarían ante el ataque injustificado de su hijo a un tercero. ¿Le dirán que el otro se lo merecía? ¿Que no tiene tanta importancia? Puede que le enseñen que no ocurrirá nada mientras nadie descubra que los instigadores son ellos. Incluso contemplo la posibilidad de que la hipocresía de estos sujetos sea de tal calibre que reprendan a su pequeño con la boca pequeña mientras le dan una palmadita en la espalda… Lo que me cuesta imaginar es a esos padres transmitiéndole a sus hijos la gravedad de lo que han hecho.

¿Que tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Que clase de valores estamos transmitiendo? Os prometo que a diario me esfuerzo por encontrar una explicación lógica a este tipo de comportamientos, pero cada noche me duermo con la sensación de que estamos demasiado corrompidos.

No sufro por mí, que a base de golpes me he hecho inmune a comentarios o desprecios, y tampoco por mi colega Lidia. Como le he dicho muchas veces por privado, esos que la critican sólo sirven para aumentar el tráfico de su blog y demostrar que es digna de envidia. Pero sí me preocupan las nuevas generaciones. Al fin y al cabo, es su felicidad la que estamos hipotecando,

Permitidme que os diga una cosa. ¡No estáis a salvo! Quizás ahora os sintáis fuerte, ajenos al dolor que causáis, pero no sois inmunes. Puede que un día el cabecilla de la clase decida que machacar a tu hijo es divertido. O que en algún momento el novio de tu hija crea que su falda es demasiado corta y eso justifica su ataque de furia. Tampoco es descabellado pensar que puede cruzarse con un indeseable por la calle que sienta que su cuerpo le pertenece. Y también existe la posibilidad de que una desgracia llame a vuestra puerta y tengáis que descubrir lo que es vivir con una importante discapacidad.

Entonces, y sólo entonces, sabréis lo que jode.

Reproducción asistida

¿Merece la pena?

Esta semana, aunque el post trata de reproducción asistida, voy a hablar de una cuestión mucho más personal.

Habitualmente me levanto a las 6:45 desde que empecé a trabajar. Antes de salir de casa, entro en la habitación para “despedirme” de mi hija. Ella duerme más de 11 horas seguidas y no se inmuta por mucho ruido que haga, así que me limito a observarla unos segundos, comprobar que está bien (sí, después de un año sigue asustándome que no respire bien) y marcharme con una sonrisa. Sin embargo, ayer se despertó nada más salir yo de la cama. Quizás intuía que era un día especial y quería darme la oportunidad de verla despierta.

El 16 de enero de 2017 a las 11:25 de la mañana nacía Daniela en un quirófano del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla. Ayer se cumplió un año de aquel momento y no dejé de revivir ese día. El camino hasta el hospital, los últimos monitores, el ingreso en preparto… Y me parece irreal que hayan pasado doce meses.

Pero no sólo recordé esos momentos, sino todos los que me llevaron hasta ellos. Una buena amiga me felicitó y también recordé su camino. Mientras Daniela llegaba al mundo, ella se recuperaba de otro aborto. Pero ayer, además de intercambiar los comentarios típicos de lo rápido que pasa el tiempo, también hablamos de sus preciosos mellizos recién nacidos.

La reproducción asistida es muy dura. Sólo los que hemos pasado por ahí somos plenamente conscientes del desgaste que implica. Cada mala noticia es un mazazo, algunas situaciones dejan cicatrices emocionales muy difíciles de curar y los fracasos van haciendo mella en la confianza que tenemos en nuestro propio cuerpo. Además, si los tratamientos se están desarrollando en el ámbito de la medicina privada, se suma la preocupación por el tema económico. A veces resulta imposible no preguntarse si realmente merece la pena pasar por todo esto.

En mi caso, durante un año me despertaba pensando en reproducción asistida y también a ella le dedicaba los últimos pensamientos del día. Mi vida no giraba en torno a nada más. No me permitía un sólo gasto extraordinario porque mis ahorros eran limitados y estaban reservados para hacer tratamientos y pruebas. Y cuando por fin conseguí el embarazo, no lo disfruté en absoluto porque el miedo era tan grande que ensombrecía todo lo demás. ¿Pero sabéis qué? Volvería a pasar por todo aquello mil veces con tal de tener a mi hija. Cada consulta, los negativos, mi preocupación y todas las lágrimas derramadas han merecido la pena.

No diré que desde que mi pequeña está aquí todo ha sido felicidad. Cada día toca lidiar con situaciones y personas que ponen a prueba mi capacidad de confiar en la bondad humana. Por ello, aunque mi hija es un enorme faro que ilumina cada rincón, durante este año ha habido días malos en los que la tristeza o el desasosiego han sido más grandes que la alegría. Es natural, en incluso sano. Pensar que nuestros hijos pueden en cualquier caso llenarnos de dicha implica descargar en ellos una responsabilidad demasiado grande.

Pero es cierto que su presencia ha mitigado el pesar que algunas decepciones hubieran podido producirme. Cuando la miro, pienso en lo afortunada que he sido al tenerla y en lo absurdo que resultaría no disfrutar de ello. No sería justo para ella ni para mí que otros enturbiaran lo que la vida nos ha dado.

Lo que sí puedo deciros es que aún no ha habido un día en el que no me haya alegrado de tomar la decisión de ser madre soltera justo en el momento en que lo hice. A día de hoy puedo asegurar que fue la mejor elección que he hecho nunca, y la que más satisfacciones me ha dado.

Además, la reproducción asistida también tiene muchas cosas positivas. Dentro de unos años le contaré a Daniela que, mientras esperaba a que ella llegara, me encontré con personas maravillosas con las que comparto un vínculo muy especial. Ese periodo también sirvió para que me conociera mejor. Y aproveché para aprender todo lo que pude acerca de un tema apasionante.

Por lo tanto, basándome en mi experiencia personal, os digo que sí merece la pena. Por ello os animo a todos los que estéis en este tipo de procesos a seguir adelante mientras el cuerpo, la mente y el bolsillo aguante. ¡No os rindáis!

Personal

Mi carta de despedida para el 2017

Querido 2017:

Siento pena al tener que despedirme de ti. Aunque nuestra relación no ha sido perfecta, me has dado algunos de los momentos más importantes de mi vida. ¿Recuerdas nuestro primer día juntos? Yo me sentía tan rara que pensaba que iba a ponerme de parto de un momento a otro. Me equivocaba. Seguramente mi estado se debía a la cantidad de comida que había zampado el día anterior.

Tuve que esperar hasta el 16 de enero para conocer a Daniela. Había pasado meses imaginando como sería, pero ni en mis mejores sueños la vi tan perfecta. ¡Que distinto es todo desde que ella está aquí! Incluso los días malos se viven diferente porque hay una niña de ojos azules, mofletes gordos y sonrisa traviesa que me mira esperando recibir todo el cariño que merece. ¿Sabes que? Ayer por primera vez me llamó mamá. Hasta ahora solo había pronunciado esas sílabas de manera aleatoria. Imagino que fue tu regalo de despedida.

En mayo disfrutamos de unas vacaciones de verdad. Fue raro volver a estar en el mismo hotel que ocho años antes. La Ángela de aquellos días se habría reído si alguien le hubiera dicho que volvería con un bebé…

En septiembre decidí que era el momento de iniciar un nuevo proyecto. Así nació este humilde espacio desde el que te escribo. Este blog, pequeñito pero matón, me ha dado más satisfacciones de las que creía posibles. Escribir en él me aporta serenidad, me permite poner en orden algunos de mis pensamientos. También me ha hecho conocer a personas interesantes, simpáticas e inteligentes. A penas llevo unos meses interactuando con ellas, pero espero conocerlas más en 2018.

Desde octubre soy también madre trabajadora. Tener que separarme de mi hija durante ocho horas al día no era fácil. Temía perderme momentos importantes… Pero no puedo quejarme, soy una privilegiada por haber podido disfrutar de ella por completo durante nueve meses y por tener un trabajo que no me impide compartir con ella varias horas al día. Al fin y al cabo, es este tipo de sacrificio el que nos permitirá llevar adelante nuevos planes.

Como te decía al comienzo de esta carta, no todo han sido buenos ratos. Me he llevado nuevas decepciones, pero no voy a extenderme en este punto. No se merecen empañar nuestro recuerdo. Al fin y al cabo, son esos momentos los que me hacen más fuerte. Y es que los golpes siguen doliendo, pero las heridas curan cada vez más rápido.

Lo más importante es que todo esto ha venido acompañado de salud para mí y los míos. No sé lo que me deparará tu sucesor. Sería demasiado ambicioso desear que me traté tan bien como lo has hecho tú, así que solo pediré que me deje disfrutar de lo que tengo sin sobresaltos. Sin más me despido de ti.

Siempre te recordaré.

Maternidad

Los 5 regalos que me hubiera gustado recibir en el hospital

El tema de los regalos durante el embarazo o una vez nacida mi hija me daría para tres entradas (todo se andará). Nunca los he pedido y no me han hecho falta, pero eso no evita que haya personas cuyo comportamiento solo pueda calificarse como decepcionante.

Una de las espinitas que tengo clavadas de mi posparto fue el tema de los regalos durante la estancia hospitalaria. No recibí ninguno. Y fueron doce las personas que se acercaron hasta allí para conocer a mi hija. El único conato vino de parte de mi madre, que encargó a mi padre ir a una floristería cercana a comprar algo. Él volvió informando de que la habían cerrado. No dudo de su buena intención en la búsqueda, pero os puedo asegurar que la floristería sigue allí a día de hoy.

Algunas personas no eran lo bastante cercanas como para poder afearles nada. Otros no son detallistas por naturaleza así que no me sale tenérselo en cuenta. Un tercer grupo simplemente pasó del tema. La cuestión es que nadie pareció reparar en un detalle de ese tipo, algo que a mí difícilmente se me hubiera pasado. Y entristece pasear por maternidad y ver que seguramente eres la única que no ha recibido un pequeño obsequio. De todo se aprende.

Por eso os traigo esta lista de regalos que me hubiera encantado recibir. Si vas a visitar a una mujer que acaba de dar a luz (probablemente perturbando su descanso), lo menos es llevar un detalle que le anime o pueda resultarle útil al salir de allí.

1) Un desayuno

Pasaron 36 horas desde la última vez que había comido algo sólido en casa hasta que me permitieron ingerir unas tristes galletas en el hospital. Si alguien me hubiera traído entonces algo de comer, le hubiera jurado lealtad infinita.

Si quieres hacer este regalo, no es necesario que te levantes a las 8 de la mañana para preparar algo que llevar. Hay empresas que se encargan de entregar en la propia habitación del hospital un desayuno más que completo, con una presentación exquisita y algún detallito extra de regalo.

2) Un globo XL

Sí, soy algo infantil. Pero siempre me he quedado con las ganas de que me regalasen un globo de helio tamaño grande. Es cierto que quizás no sea un regalo muy original (las maternidades están llenas de ellos), pero dan un toque de color que no viene nada mal en una habitación de hospital.

3) Un bouquet de ropa

No me gusta que me regalen flores. No es algo que pueda conservar y, además, me invade algo de tristeza cuando las veo marchitar. Pero me encantan los bouquets. Es por mucho el tipo de ramo que más me agrada.

Una buena forma de combinar un regalo ‘típico’ como son las flores con una ocasión como está, es regalar un bouquet formado con ropa de bebé. En internet podéis encontrar miles de ideas y tutoriales, y si os da algo de pereza, también es fácil encontrarlos en tiendas de regalos.

4) Una tarta de pañales

A cualquier madre le vendrá bien que le regalen pañales, es el típico regalo que se agradece por su utilidad y porque permite ahorrar un pequeño gasto. Si se hace de una forma vistosa, el detalle gana aún más puntos.

Las tartas de pañales son susceptibles de una gran personalización, tanto en la forma como en el contenido. Puedes aprovechar el regalo para hacer un guiño a las aficiones o gusto de los padres e incluir detalles extras a los pañales.

Mis compañeras del máster me regalaron semanas después de nacer Daniela una tarta de pañales preciosa. Además de 60 pañales talla 3, traía un peluche y unos patucos. ¡Gracias chicas!

5) Un detalle más personal

Cuando no hay mucho dinero pero sobran las ganas, hay miles de cosas que se pueden regalar. Sólo hay que dedicar algo de tiempo a pensar y desarrollar una idea. A mí me encantan las cosas que invitan a la nostalgia. Se me ocurre, por ejemplo, lo mucho que habría disfrutado un collage con la primera foto de Daniela y los principales titulares del día de su nacimiento. Una composición de ese estilo, con un marco bonito, me hubiera hecho muchísima ilusión.

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Nuestro primer Halloween

Halloween ha sido una fiesta vinculada tradicionalmente al mundo anglosajón, pero desde hace ya algunos años su seguimiento en España es notorio sobre todo entre la población joven. Yo nunca le había dedicado la más mínima atención hasta ahora, y el motivo no tenía nada que ver con sentimientos patrióticos. Simplemente los disfraces y el terror no encajan bien con mis gustos. Pero ayer era el primer 31 de octubre en la vida de Daniela y me apetecía celebrarlo.

Una de mis prioridades es vivir con mi hija todas las experiencias que estén a mi alcance. Sé que es muy pequeña y no recordará nada de lo vivido ayer, pero quiero que cuando vea las fotos en unos años sepa que su madre eligió un disfraz para ella e intentó convertir el paseo diario en un momento especial. Por eso desde hace unas semanas venía planeando qué hacer.

Preparativos

Buscar un disfraz era primordial. Para ello no podía perder de vista que Daniela es un bebé de nueve meses. No quería un traje demasiado elaborado que pudiera restarle comodidad, ni algo muy oscuro que apagara su frescura. Y tampoco iba a invertir más de lo necesario en un look que no podríamos reutilizar otro año. Me quedé con dos opciones: el disfraz de calabaza y el de león loco. Acabé eligiendo el primero por su mayor vinculación con la fiesta y por ser más finito que el otro (en Sevilla seguimos con temperaturas primaverales y Daniela es calurosa, un traje muy abrigado no era opción). Diseño sin títuloOtro elemento indispensable era el recipiente para guardar los caramelos. En un principio, mi idea era comprar la típica calabaza llena de golosinas que venden estos días en todos los supermercados. Pero encontré un cubito de fieltro que finalmente me pareció mejor elección. Era un material menos duro y pesado que el plástico, por eso lo vi más manejable para Daniela. Mi madre le hizo un pequeño arreglo al asa para que fuera más manejable para la peque y añadió una bolsa de tela en la que meter los caramelos.

Fotos post halloween

Una vez tuvimos listos los imprescindibles, me dispuse a crear un pequeño recordatorio para los familiares más próximos. El sábado os contaba a través de Instagram que habíamos tenido sesión de fotos casera. Elegí dos fotografías que me gustaron especialmente, les añadí un pequeño motivo decorativo relacionado con Halloween e imprimí varias copias.

¿Cómo lo celebramos?

A las 5 de la tarde, tras la siesta diaria, vestimos a Daniela y nos fuimos a pasear con el carrito. Variamos un poco el recorrido habitual para visitar a algunos familiares. A todos les encantó como iba disfrazada. Repartimos caramelos y las fotos de recuerdo. En esto reconozco que me falló la previsión. Debería haber imaginado que no iban a elegir entre una u otra, así que tenía que haber impreso más copias.

Al final de la tarde, fuimos a tomar un refresco a una plaza donde se concentra mucha gente. Ayer estaba llena de niños y jóvenes disfrazados. Daniela mostraba mucho interés por todo lo que ocurría a su alrededor y no se asustó ni siquiera de los petardos que tiraban a cada rato. Pero finalmente el cansancio la fue venciendo y a las 10 de la noche volvimos a casa para que pudiera descansar.

Estoy muy satisfecha con nuestro día y me quedan muchísimas ganas de repetir la experiencia el año que viene. Seguro que entonces la edad de Daniela nos permitirá hacer más actividades. Por el momento, creo que el objetivo que me propuse está cumplido. Hemos vivido una nueva experiencia que en unos años podré contarle a mi hija. Ella no estuvo incomoda en ningún momento, ni por el atuendo ni por la situación. Me atrevería a decir que incluso disfrutó de los pequeños cambios en su rutina. Además, pudo ganarse unos ahorrillos extra. Y es que a algunos familiares ya les había advertido de nuestro truco o trato particular: o colaboras con su hucha o te lanzo a la niña al cuello, y tiene ocho dientes.

Y vosotros, ¿habéis celebrado Halloween con vuestros pequeños? ¿Me dais alguna idea para el año que viene?