Maternidad

La importancia de transmitir valores

Durante mi embarazo, mantuve una conversación con mi madre en la sala de espera de una ginecóloga que hoy ha venido a mi cabeza. Esa conversación versaba sobre la importancia de transmitir valores a nuestros hijos y, si fracasamos en ese menester, no ser permisivos con el daño que ellos puedan causar a terceros.

Para mí, que he sufrido acoso escolar durante toda mi educación primaria y secundaria, es una preocupación constante que mi hija pueda pasar por lo mismo. Pero aún temo más que pueda pertenecer al colectivo contrario. Si eso ocurriera, me resultaría muy difícil abstraerme de la idea de que algo he tenido que hacer mal para que mi hija se crea con derecho de lastimar a otros.

Por desgracia, mi percepción es que en abstracto a todos nos parece terrible el bullying. Pero en la vida real, los padres de los acosadores defienden a sus vástagos alegando que ‘son cosas de niños’ y el resto de la sociedad minimiza el dolor de la víctima al pensar ‘que no es para tanto’. ¿Sabéis por qué creo que lo hacemos? Porque somos incapaces de reconocer que esos niños son un fiel reflejo de nuestro comportamiento.

Hace unos días me sorprendí al escuchar que comentarios y comportamientos marcadamente machistas eran graciosos en niños de corta edad. Toda sorpresa desapareció al escuchar a alguien del mismo núcleo familiar hacer bromas, de escaso gusto, sobre las personas con necesidades especiales o cuestionar a las víctimas de abuso sexual por no denunciar antes.

Hoy mismo me he llevado otra sorpresa. Mi compañera de blogosfera Lidita Swan ha recibido un nuevo mensaje despreciativo en su blog. Era anónimo, por supuesto. La valentía no es algo que esté al alcance de todo el mundo, solo de aquellos kamikazes que defendemos nuestras ideas a cara descubierta.

Por la propia naturaleza de su blog, casi todos los visitantes de él son padres o planean serlo. Me pregunto cómo actuarían ante el ataque injustificado de su hijo a un tercero. ¿Le dirán que el otro se lo merecía? ¿Que no tiene tanta importancia? Puede que le enseñen que no ocurrirá nada mientras nadie descubra que los instigadores son ellos. Incluso contemplo la posibilidad de que la hipocresía de estos sujetos sea de tal calibre que reprendan a su pequeño con la boca pequeña mientras le dan una palmadita en la espalda… Lo que me cuesta imaginar es a esos padres transmitiéndole a sus hijos la gravedad de lo que han hecho.

¿Que tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Que clase de valores estamos transmitiendo? Os prometo que a diario me esfuerzo por encontrar una explicación lógica a este tipo de comportamientos, pero cada noche me duermo con la sensación de que estamos demasiado corrompidos.

No sufro por mí, que a base de golpes me he hecho inmune a comentarios o desprecios, y tampoco por mi colega Lidia. Como le he dicho muchas veces por privado, esos que la critican sólo sirven para aumentar el tráfico de su blog y demostrar que es digna de envidia. Pero sí me preocupan las nuevas generaciones. Al fin y al cabo, es su felicidad la que estamos hipotecando,

Permitidme que os diga una cosa. ¡No estáis a salvo! Quizás ahora os sintáis fuerte, ajenos al dolor que causáis, pero no sois inmunes. Puede que un día el cabecilla de la clase decida que machacar a tu hijo es divertido. O que en algún momento el novio de tu hija crea que su falda es demasiado corta y eso justifica su ataque de furia. Tampoco es descabellado pensar que puede cruzarse con un indeseable por la calle que sienta que su cuerpo le pertenece. Y también existe la posibilidad de que una desgracia llame a vuestra puerta y tengáis que descubrir lo que es vivir con una importante discapacidad.

Entonces, y sólo entonces, sabréis lo que jode.

Reproducción asistida

¿Merece la pena?

Esta semana, aunque el post trata de reproducción asistida, voy a hablar de una cuestión mucho más personal.

Habitualmente me levanto a las 6:45 desde que empecé a trabajar. Antes de salir de casa, entro en la habitación para “despedirme” de mi hija. Ella duerme más de 11 horas seguidas y no se inmuta por mucho ruido que haga, así que me limito a observarla unos segundos, comprobar que está bien (sí, después de un año sigue asustándome que no respire bien) y marcharme con una sonrisa. Sin embargo, ayer se despertó nada más salir yo de la cama. Quizás intuía que era un día especial y quería darme la oportunidad de verla despierta.

El 16 de enero de 2017 a las 11:25 de la mañana nacía Daniela en un quirófano del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla. Ayer se cumplió un año de aquel momento y no dejé de revivir ese día. El camino hasta el hospital, los últimos monitores, el ingreso en preparto… Y me parece irreal que hayan pasado doce meses.

Pero no sólo recordé esos momentos, sino todos los que me llevaron hasta ellos. Una buena amiga me felicitó y también recordé su camino. Mientras Daniela llegaba al mundo, ella se recuperaba de otro aborto. Pero ayer, además de intercambiar los comentarios típicos de lo rápido que pasa el tiempo, también hablamos de sus preciosos mellizos recién nacidos.

La reproducción asistida es muy dura. Sólo los que hemos pasado por ahí somos plenamente conscientes del desgaste que implica. Cada mala noticia es un mazazo, algunas situaciones dejan cicatrices emocionales muy difíciles de curar y los fracasos van haciendo mella en la confianza que tenemos en nuestro propio cuerpo. Además, si los tratamientos se están desarrollando en el ámbito de la medicina privada, se suma la preocupación por el tema económico. A veces resulta imposible no preguntarse si realmente merece la pena pasar por todo esto.

En mi caso, durante un año me despertaba pensando en reproducción asistida y también a ella le dedicaba los últimos pensamientos del día. Mi vida no giraba en torno a nada más. No me permitía un sólo gasto extraordinario porque mis ahorros eran limitados y estaban reservados para hacer tratamientos y pruebas. Y cuando por fin conseguí el embarazo, no lo disfruté en absoluto porque el miedo era tan grande que ensombrecía todo lo demás. ¿Pero sabéis qué? Volvería a pasar por todo aquello mil veces con tal de tener a mi hija. Cada consulta, los negativos, mi preocupación y todas las lágrimas derramadas han merecido la pena.

No diré que desde que mi pequeña está aquí todo ha sido felicidad. Cada día toca lidiar con situaciones y personas que ponen a prueba mi capacidad de confiar en la bondad humana. Por ello, aunque mi hija es un enorme faro que ilumina cada rincón, durante este año ha habido días malos en los que la tristeza o el desasosiego han sido más grandes que la alegría. Es natural, en incluso sano. Pensar que nuestros hijos pueden en cualquier caso llenarnos de dicha implica descargar en ellos una responsabilidad demasiado grande.

Pero es cierto que su presencia ha mitigado el pesar que algunas decepciones hubieran podido producirme. Cuando la miro, pienso en lo afortunada que he sido al tenerla y en lo absurdo que resultaría no disfrutar de ello. No sería justo para ella ni para mí que otros enturbiaran lo que la vida nos ha dado.

Lo que sí puedo deciros es que aún no ha habido un día en el que no me haya alegrado de tomar la decisión de ser madre soltera justo en el momento en que lo hice. A día de hoy puedo asegurar que fue la mejor elección que he hecho nunca, y la que más satisfacciones me ha dado.

Además, la reproducción asistida también tiene muchas cosas positivas. Dentro de unos años le contaré a Daniela que, mientras esperaba a que ella llegara, me encontré con personas maravillosas con las que comparto un vínculo muy especial. Ese periodo también sirvió para que me conociera mejor. Y aproveché para aprender todo lo que pude acerca de un tema apasionante.

Por lo tanto, basándome en mi experiencia personal, os digo que sí merece la pena. Por ello os animo a todos los que estéis en este tipo de procesos a seguir adelante mientras el cuerpo, la mente y el bolsillo aguante. ¡No os rindáis!

Reproducción asistida

Consejos para elegir clínica de fertilidad

Siguiendo con la agenda marcada, hoy traigo un post relacionado con la reproducción asistida. La semana pasada iniciaba esta sección hablando de los distintos aspectos que han de tenerse en cuenta a la hora de optar por la sanidad pública o privada para realizar estos tratamientos. Ya dijimos que en la Seguridad Social todo está muy protocolizado y el paciente tiene poca capacidad de elección. Pero si optamos por la vía de la medicina privada, la situación cambia radicalmente.

Habrá muchas decisiones que tomar y la primera, y casi más importante, es que clínica de fertilidad elegir. Puede que conozcáis alguna porque un conocido os haya hablado de su experiencia, o que tengáis la suerte de encontrar a un profesional que os asesore. Pero si sois tan ajenos a este mundo como lo era yo hace tres años, puede que estos consejos os sean de ayuda.

Internet es un buen aliado

Una sencilla búsqueda en San Google me dio toda la información que necesitaba cuando decidí iniciar mi proceso de reproducción asistida. Con la fórmula “clínica de fertilidad + ciudad”, obtendréis en escasos segundos un listado de todos los centros de vuestro entorno.

A partir de ahí podéis consultar la página web de cada clínica. En la mayoría de ellas podréis encontrar los servicios que ofrece el centro, el cuadro médico del mismo, una pequeña descripción de los principales tratamientos, la información relativa a la ubicación y los datos de contacto, etc. Algunas van más allá y publican sus resultados clínicos, información sobre los precios o medios de financiación… Y en todas ellas encontraréis un formulario de contacto a través del cual podréis solicitar más información. En este punto hay que tener en cuenta que, aunque solicitéis que la información os la den por teléfono o por correo electrónico, lo más probable es que el personal de la clínica os llame para concertar una cita y sólo acudiendo a ella obtengais lo que buscabais.

El formulario de contacto de la clínica en la que realicé mis tratamientos distingue entre “Quiero recibir más información” o “Quiero solicitar una cita”. A pesar de marcar la primera opción, me llamaron diciendo que sin cita no había información adicional. Lo mismo me ocurrió con otras dos clínicas. Y digo yo, ¿por qué no evitarnos la tonteria?

Es posible que con la información que hayais encontrado esteis en disposición de descartar alguna clínica. Esto no suele responder a ninguna causa racional, pero a veces el instinto nos dice que nuestro sitio no es ese. Lo que no recomiendo en ningún caso es tachar una clínica de fertilidad por las valoraciones de otros usuarios en foros de opinión.  En cuestiones de clínicas y médicos cada persona cuenta la historia que le ha tocado vivir. Que un paciente haya tenido una mala experiencia no significa que esa clínica sea menos válida. Incluso es posible que para lo que una persona es un aspecto negativo para otra sea un punto a favor. Recordad que no todos buscamos lo mismo ni tenemos las mismas necesidades.

La primera impresión in situ

Si ya tenéis una idea de que clínicas pueden interesaros, lo mejor es ir a conocerlas directamente. La mayoría de las clínicas ofertan la primera visita gratuita, y las que no lo hacen suelen lanzar promociones cada pocos meses. En estas visitas veréis las instalaciones de cada centro, tendréis el primer contacto con el personal médico que llevaría vuestro caso y os darán información detallada del coste económico de cada tratamiento.

Estas citas son sobre todo importantes para conocer la dinámica de la clínica, ya que el valor médico de las mismas dependerá de cual haya sido vuestro recorrido en reproducción asistida. La primera vez que yo fui a una clinica de fertilidad no tenía ni idea de que iban a pedirme. Salí de allí con un listado de pruebas y la orden de volver con los resultados. Pero es habitual que las parejas que acuden a este tipo de centros vayan con su carpeta bien cargada de papeles, ya sea porque vienen de otra clínica o porque han comenzado el estudio de fertilidad en la Seguridad Social. En este caso, ya podrán obtener una valoración médica e indicación de tratamiento en la primera visita.

Mi consejo es que visitéis tantas clínicas como queráis. Aunque la primera a la que acudís os convenza, no dejéis de visitar otras. Es importante sentir que estás tomando la decisión adecuada y, ponderando varias opciones, es más probable que tengamos esa percepción. Yo misma estaba convencida de que la primera clínica que había visitado era perfecta para mí, pero me obligué a ver otra más. Sólo así pude comprobar que las sensaciones que había tenido se debían a la clínica y no a las ganas de empezar los tratamientos cuanto antes.

Tomar una decisión con calma

Tras varias visitas, con toda la información sobre la mesa, llega el momento de decidir en que clinica confiaréis finalmente. No es una elección fácil. Habrá que ponderar todos los pros y contras de cada centro hasta encontrar aquel que mejor se adapta a vosotros.

Mi único consejo en este punto es que el peso de la decisión no recaiga únicamente en el aspecto económico. No pretendo restarle importancia a esa cuestión. Sé que para muchas mujeres y parejas el precio de los tratamientos es inasumible. Para mí, el dinero también era la mayor fuente de preocupación porque mis recursos eran limitados. Lo que intento transmitir es que si una clínica no ha cubierto vuestras expectativas, no deberíais decantaros por ella sólo porque el total del presupuesto sea menor.

La reproducción asistida no es un camino de rosas. Salvo que seáis de los afortunados que consiguen el embarazo tras su primer tratamiento, os tocará enfrentaros a situaciones que ponen a prueba la templanza de cualquiera. Si las cosas no son fáciles, es crucial que estéis satisfechos con vuestra clínica y confiéis en el equipo médico que os está tratando.

Espero que estos breves consejos os sirvan de ayuda si estáis pensando en acudir a un centro privado. Y si ya habéis pasado por este proceso y queréis añadir algo más, estaré encantada de leer vuestros comentarios. Lo que me comentasteis por Instagram relacionado con el anterior post me pareció muy interesante.

Personal

Mi carta de despedida para el 2017

Querido 2017:

Siento pena al tener que despedirme de ti. Aunque nuestra relación no ha sido perfecta, me has dado algunos de los momentos más importantes de mi vida. ¿Recuerdas nuestro primer día juntos? Yo me sentía tan rara que pensaba que iba a ponerme de parto de un momento a otro. Me equivocaba. Seguramente mi estado se debía a la cantidad de comida que había zampado el día anterior.

Tuve que esperar hasta el 16 de enero para conocer a Daniela. Había pasado meses imaginando como sería, pero ni en mis mejores sueños la vi tan perfecta. ¡Que distinto es todo desde que ella está aquí! Incluso los días malos se viven diferente porque hay una niña de ojos azules, mofletes gordos y sonrisa traviesa que me mira esperando recibir todo el cariño que merece. ¿Sabes que? Ayer por primera vez me llamó mamá. Hasta ahora solo había pronunciado esas sílabas de manera aleatoria. Imagino que fue tu regalo de despedida.

En mayo disfrutamos de unas vacaciones de verdad. Fue raro volver a estar en el mismo hotel que ocho años antes. La Ángela de aquellos días se habría reído si alguien le hubiera dicho que volvería con un bebé…

En septiembre decidí que era el momento de iniciar un nuevo proyecto. Así nació este humilde espacio desde el que te escribo. Este blog, pequeñito pero matón, me ha dado más satisfacciones de las que creía posibles. Escribir en él me aporta serenidad, me permite poner en orden algunos de mis pensamientos. También me ha hecho conocer a personas interesantes, simpáticas e inteligentes. A penas llevo unos meses interactuando con ellas, pero espero conocerlas más en 2018.

Desde octubre soy también madre trabajadora. Tener que separarme de mi hija durante ocho horas al día no era fácil. Temía perderme momentos importantes… Pero no puedo quejarme, soy una privilegiada por haber podido disfrutar de ella por completo durante nueve meses y por tener un trabajo que no me impide compartir con ella varias horas al día. Al fin y al cabo, es este tipo de sacrificio el que nos permitirá llevar adelante nuevos planes.

Como te decía al comienzo de esta carta, no todo han sido buenos ratos. Me he llevado nuevas decepciones, pero no voy a extenderme en este punto. No se merecen empañar nuestro recuerdo. Al fin y al cabo, son esos momentos los que me hacen más fuerte. Y es que los golpes siguen doliendo, pero las heridas curan cada vez más rápido.

Lo más importante es que todo esto ha venido acompañado de salud para mí y los míos. No sé lo que me deparará tu sucesor. Sería demasiado ambicioso desear que me traté tan bien como lo has hecho tú, así que solo pediré que me deje disfrutar de lo que tengo sin sobresaltos. Sin más me despido de ti.

Siempre te recordaré.

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Los primeros regalos de Navidad para Daniela

Estas navidades están siendo las primeras para Daniela y, aunque ella aún es pequeña y en el futuro no va a recordar nada, intento que todo tenga un significado especial. Para mí es importante conservar testimonio gráfico de las nuevas experiencias que está viviendo sobre todo en esta primera etapa de su vida que no podrá recordar por si misma. Por eso el 25 de diciembre empaqueté los juguetes que habíamos comprado semanas atrás y, a falta de árbol de Navidad, preparé con cojines un rinconcito donde ella pudiera disfrutar abriéndolos.

Si bien son regalos de Navidad por el momento en que se los he entregado, no los compré con estas fechas en mente. Tenía claro el tipo de juguete que quería y fui a por ellos sin más. Bien podía habérselos dado inmediatamente o haber esperado a su cumpleaños. Pero las circunstancias han hecho que estos sean los primeros obsequios de Papa Noel.

Diseño sin título

Tren de actividades, de Bruin

Este era el regalo cuyo concepto más claro tenía, pero que más me costó encontrar. Los juguetes pequeños, con diferentes texturas y que emiten luz y sonido me parecen ideales para bebés de la edad de Daniela. Ella aún no anda, ni tiene fuerza para sostener juguetes pesados. Además en invierno no siempre puede estar en el parque o en el puzzle de goma eva. Por eso algo manejable era una buena elección porque podría entretenerse con él aunque tuviera que estar sentada en su trona o hamaca.

El problema es que todos los juguetes que encontraba de este estilo me parecían muy básicos. Algunos mini moviles-tablets-ordenador que vi tenían a mi juicio un diseño muy apagado teniendo en cuenta la edad para la que estaban recomendados. En otros casos lo que me faltaba era variedad en los sonidos o las texturas. Reconozco que miraba los juguetes con los ojos de una adulta de 27 años y no con los de un bebé de 11 meses, y por eso todo me parecía poco atractivo. Pero hasta que Daniela escriba su carta a los Reyes Magos me toca a mí elegir y me niego a comprar algo que no me convenza.

Al final encontré lo que buscaba. Este tren de actividades tiene unos colores agradables, variedad de sonidos, melodías musicales, texturas, luces en la chimenea, acción de desplazamiento y un asa que lo hace muy manejable. A Daniela le encanta. Casi hubo que arrancárselo de las manos para sacarlo de la caja. Se entretiene muchísimo y lo aporrea que da gusto. Es curioso ver como los bebés muestran sus preferencias desde tan pequeños. Mi hija siente predilección por el mono y es ese sonido el que repite una y otra vez.

Correpasillos, de Globo

Aunque no parece que Daniela vaya a andar próximamente, yo tenía clarísimo que quería un correpasillos de este tipo para ella. Otros modelos tienen mejores actividades en su parte frontal y un diseño más atractivo, pero yo quería que fuera un correpasillos en el que pudiera sentarse. Creo que las habilidades que se desarrollan a través de esas actividades ya estaban cubiertas gracias a los otros juguetes. Lo que buscaba con el correpasillos era invitar a Daniela a ejercitar su motricidad gruesa de la manera más completa posible, y creo que este es el tipo de correpasillos adecuado para ello ya que el bebé puede desplazarse con el de múltiples formas.

Estaba mirando modelos cuando, gracias a Bopki, tuve la oportunidad de probar Showroomprive.es (página web donde se pueden encontrar productos de primeras marcas con unos descuentos importantes). Navegando por el portal encontré este correpasillos. Tenía todo lo que yo buscaba y, con el descuento que me habían ofrecido, sólo tenía que pagar tres euros más gastos de envío. La contrapartida era que no podía elegir el color, pero me parecía un detalle menor teniendo en cuenta que tampoco había encontrado otros diseños que me convencieran al 100%.

Tuve suerte y me llegó en el color que más me gustaba. Después de montarlo y pegarle las pegatinas, se lo acercamos a Daniela y probamos a montarla en él. En un primer momento, se mostró recelosa e hizo ademán de llorar. Comenzó a entusiasmarse una vez que le enseñamos que con él podía avanzar. Incluso intentó impulsarle ella sola hacia adelante, pero era muy pronto para que le hubiera pillado el truco. Como he dicho antes, no hay signos de que la peque vaya a andar pronto por lo que no sé cuando empezará a darle un uso intensivo al correpasillos, pero mi impresión es que va a convertirse en uno de sus juguetes favoritos.

Robita Robotita, de Fisher Price

Esto ha sido un capricho mío. El año pasado me enamoré de este robot cuando buscaba regalos para mi sobrino. Él tenía entonces un año y no me pareció un juguete adecuado a esa edad, aunque la recomendación del fabricante va desde los 9 hasta los 36 meses. Tampoco me parece por tanto el juguete más práctico para Daniela. Pero que se le va a hacer… no he podido resistirme.

Lo más característico del robot es su barriga cubierta por luces LED que cambian de color a la vez que suena la música. También se pone a ‘bailar’ e invita al bebé a seguirlo, y puedes decirle una frase para que la reproduzca. Me imagino que si a mí me parece un juguete bonito y gracioso, para ellos debe ser una experiencia sensorial tremenda.

Ahora mismo Dani tiene juguetes de sobra así que Robita Robotita se quedará decorando su estantería y más adelante, cuando haya disfrutado de otros regalos y tenga más desarrolladas sus capacidades, se la bajaré para que la disfrute. O quizás me la apropie definitivamente…

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Decidiendo el tipo de parto (Segunda parte)

Como os contaba al final del anterior post, tras una ecografía en la semana 37 de embarazo, me quedé esperando la cita para Alto Riesgo en la que se decidiría que tipo de parto tendría. Esperé y esperé… Empecé a vigilar los movimientos del cartero y a mirar compulsivamente mi teléfono. Pero mi cita no llegaba ni por correo ni por vía telefónica. Aguanté 10 días antes de ir al hospital a informarme, y allí me dijeron que la visita estaba prevista para el 13 de enero. ¡Un sólo día antes de mi fecha probable de parto! Me fui directa a Secretaría a preguntar cómo se me había citado tan tarde y la respuesta que recibí no me convenció nada.

Un médico ya había valorado mi caso y había decidido el tipo de parto, así que no era necesario verme antes. Me parecía increíble. Ellos habían decidido sin verme, sin escucharme, sin explicarme nada y sin responder a ninguna de mis dudas. Además, consideraban asumible que me pusiera de parto sin saber la decisión. Total, ya me enteraría cuando llegara con contracciones al hospital… Me indigné porque sentía que tenía derecho a estar informada de mi proceso.

Expliqué que este tema me estaba generando muchísima tensión y que, fuera cual fuera la decisión que se hubiera tomado, yo necesitaba saberla lo antes posible para estar tranquila. Por suerte, encontré a personas empáticas que me escucharon y se comprometieron a hacer todo lo posible. A los pocos días me llamaron para decirme que la primera cita disponible era sólo 4 días antes que la anterior, pero dadas las circunstancias lo agradecí enormemente. Esperé ese día intuyendo que los médicos se habían decantado por un parto vaginal instrumental, y el 9 de enero me planté en el hospital dispuesta a hacer todas las preguntas que me rondaban por la cabeza.

Siguiendo el protocolo habitual, me tomaron la tensión y me pasaron a monitores. Mientras estaba con las correas puestas, escuché una conversación entre la ginecóloga y otra paciente que también estaba allí para que se valorara el tipo de parto. En su caso, había una cesárea previa. La sometieron a un verdadero interrogatorio. Con un tono poco amigable le preguntaron los motivos de la cesárea, el médico que la había realizado, la fecha, etc. Cuando comentó que había sido en una clínica privada, empezaron otras preguntas que sonaron a reproches (si había pedido otra opinión, por qué no se había dirigido a un centro público…). Fui testigo de como esa mujer se hacía pequeñita y sentí pena por ello. A esa chica le habían dicho que su bebé no estaba creciendo en el útero y que lo mejor era sacarlo. ¿Que debería haber hecho? Si la cesárea no había sido necesaria, el único que tiene que dar explicaciones es el médico.

Con lo que ya intuía y lo que acababa de escuchar, volví a la sala de espera convencida de que mi parto sería vaginal. Para lo que no estaba preparada es para que me llamaran a consulta y lo primero que me dijeran fuera “bueno, ¿ya te hemos explicado por que es mucho mejor un parto vaginal no?”. Fue como si encendieran la mecha de un petardo. Les dije que a mi nadie me había explicado nada. Que todo lo que sabía respecto a partos naturales, instrumentales o por cesárea era porque me había preocupado en investigarlo, y que precisamente esa era la razón de que estuviera allí ese día. Estaba tan mosqueada que no recuerdo con exactitud toda la conversación, pero sé que en un momento dado me sentí atacada. Yo no me hice pequeñita, sino que planté mi carpeta llena de papeles sobre la mesa y dije “me da igual el tipo de parto, de hecho lo preferiría vaginal. No soy médico, sé que los profesionales sois vosotros y lo que decidais me parecerá bien. Pero quiero que la decisión la toméis valorando realmente mi caso y necesito que digais que hay garantías de que todo saldrá bien”.

Dudo que mi discurso les hiciera cambiar de opinión, pero al menos pararon los ataques. Pasé a la zona donde estaba el ecografo y vi por primera vez a la ginecologa que llevaba la voz cantante. Cuando me estaba preparando, me hizo preguntas sobre mi historial y el embarazo. Le conté que había pasado un año en reproducción asistida, que había tenido un aborto, las pruebas que me había hecho… Una vez que empezaron con la ecografía observé que las dos ginecólogas se miraban entre ellas. Empecé a preocuparme. Creo que todas las embarazadas nos ponemos en lo peor cuando vemos a medicos guardar silencio con cara de circunstancias. Me preguntaron que tal me había ido el test O’Sullivan y les dije que muy bien, pero aún así comprobaron el resultado.

Entonces sospeché lo que ocurría. En contra de lo que me habían dicho durante casi todo el embarazo, Daniela era una niña grande. Sus medidas aquel día (39+2) eran las siguientes: perímetro craneal de 352 mm, diámetro biparietal de 97 mm, longitud del fémur de 68,2 mm, circunferencia abdominal de 369 mm y estimación de peso de 3800 g.

Me pasaron al potro para hacer un tacto y, una vez acabaron, me dijeron que me esperaban fuera para hablar.

Mi parto iba a ser por cesárea. Un parto vaginal tan limitado como debía ser el mio no era muy compatible con un bebé de ese tamaño. Daniela no correría riesgos, pero mi vista sí. La ginecóloga hizo hincapié además en que era un embarazo conseguido tras varios tratamientos de reproducción asistida. Imagino que lo que intentaba decirme es que ya llevaba la mochila bastante cargada como para añadir un parto bajo tensión.

Y, por primera vez, reconocieron que iban tarde. Tenían que pedir pruebas de anestesia, así que no podrían programar nada esa semana. Me dieron una carta que llevar a urgencias en caso de que el parto se iniciara espontáneamente y me citaron para una semana más tarde. En esa ocasión debería acudir en ayunas por si me dejaban ingresada.

Salí de aquella consulta con una tranquilidad que me era desconocida en mi embarazo. Ya sólo había que esperar un poco…

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Decidiendo el tipo de parto (Primera parte)

El título del post no se refiere en ningún caso a que opción elegir. Siempre que no existan contraindicaciones, el parto vaginal es la única vía que médicos y embarazadas deberían plantearse. Los riesgos y beneficios son tan distintos en cada tipo de parto que me parece increíble que haya casos en que la decisión no responda a criterios estrictamente médicos. De lo que quiero hablar hoy es de como me marearon durante el embarazo, y de la ansiedad que este tema me generó.

A lo largo de mi vida he tenido diversos problemas médicos que me han llevado a pasar por una decena de operaciones. Los más relevantes de cara a un embarazo eran mis problemas de cervicales, de los que me intervinieron en 2014. Como paso previo a iniciar los tratamientos, la clínica de fertilidad me pidió un informe en el que mi neurocirujano certificara que un embarazo no comprometía mi salud. Aprovechando que tenía que hacer el trámite, solicité otro informe al oftalmólogo pues intuía que lo necesitaría cuando fuera necesario valorar el tipo de parto.

Con seis años tuve varios desprendimientos de retina que me llevaron a pasar en tres ocasiones por el quirófano. Ahora mismo conservo la visión, y bastante disminuida, en un solo ojo. Tengo miopía magna, astigmatismo, un glaucoma… Vamos, que el estado general de mis ojos es lamentable.

Mi neurocirujano, que es un profesional de la cabeza a los pies, hizo el informe en menos de lo que canta un gallo. Seguramente no le llevó más de cinco minutos, pero tenía toda la información que yo necesitaba: no había contraindicación para un embarazo ni para un parto vaginal. Mi oftalmólogo fue harina de otro costal. Es el típico médico que considera que su labor acaba en el quirófano y, si ya las consultas las pasa de mala gana, no os quiero ni contar lo que debe parecerle redactar un informe. No conseguí el documento hasta quince meses después, y cuando lo tuve en la mano era tan malo que no pude utilizarlo. Ni siquiera el número de operaciones a las que me había sometido era correcto.

Desde la primera visita a la matrona en la semana 8 de embarazo hasta la mitad del mismo, la cesárea se veía como la opción más clara. En la primera ecografía que realiza la Seguridad Social, en la semana 12, la ginecóloga que me atendió me explicó que no debía preocuparme. Llevaría un seguimiento del embarazo normal hasta que en la ecografía de la semana 32 me remitieran a Alto Riesgo, donde se encargarían de programarlo todo. Sin embargo, en la ecografía morfológica de las 20 semanas me encontré con un discurso distinto. El ginecólogo opinaba que no había ninguna contraindicación para el parto vaginal y, salvo que aportara un informe del oftalmólogo que indicara lo contrario, ni siquiera valorarían otra opción.

Ahí fue donde empecé a asustarme porque los oftalmólogos me habían dicho que era mejor una cesárea, porque mi matrona había dado por hecho que sería una cesárea y porque a varios ginecologos les había ocurrido lo mismo. La opinión no era unánime y yo segía sin el informe que había solicitado hacía ya mas de un año y que ahora me resultaba imprescindible.

Tras recibir el horrible informe que comentaba antes, empecé a plantearme acudir a un oftalmólogo privado que me valorara. Pero tampoco me parecía una buena solución. Tenía la sensación de que así conseguiría el papel que necesitaba, pero que la valoración no sería tan buena como la que podía hacer un médico que tuviera acceso a todo mi historial médico. Y yo quería una opinión objetiva porque prefería un parto vaginal, pero solo si un profesional me aseguraba que no había riesgos para mi salud. Por suerte, otra oftalmóloga me valoró en la semana 29 de embarazo y emitió un informe en el que se detallaban mis patologías y se recomendaba a los ginecólogos evitar maniobras de Valsalva por riesgo de hemorragia intraocular. Con ese papel mi matrona me dijo que la cesárea estaba más que cantada. Pero a estas alturas yo no daba nada por sentado.

En la eco de las 32 semanas volví con mi informe esperando, tal y como me habían dicho al principio del embarazo, que ese mismo día me remitieran a Alto Riesgo. De nuevo la versión oficial cambió, no me mandarían hasta la semana 37 y entonces tendría que esperar un par de semanas más a que la cita llegara. ¡Y las fiestas navideñas por medio! A estas alturas estaba atacada. Me daba autentico pavor ponerme de parto sin que me hubieran dicho como iba a parir.

Un par de semanas después visité las instalaciones del hospital en el que daría a luz. De nuevo matronas y anestesistas me dijeron que me fuera haciendo la idea de que mi parto sería por cesárea. Me tranquilizaron diciendome que Alto Riesgo podía programarlo todo de un día para otro y que, si me ponía de parto, fuera con mi informe a urgencias y ellos sabrían que hacer.

Así llegué a la ecografía de la semana 37. La ginecóloga que me atendió aquel día me dijo que un parto instrumental era compatible con las indicaciones de la oftalmóloga y preferible a una cesárea, pero que la decisión final era de Alto Riesgo. A mí aquello no me sonaba mal. Aunque un parto instrumental tiene sus riesgos, son menores que los de una cesárea. Además no implicaría separarme de mi hija una vez que naciera. Hubiera salido muy contenta de aquella consulta si no hubiera tenido que escuchar “tu hija está en percentil 89, ahora entiendo porque no quieres parir”. Aquello me dejo planchada, en primer lugar, porque durante todo el embarazo me habían dicho que Daniela era pequeñita y, en segundo lugar, porque se acababa de presuponer que yo quería una cesárea.

Me sentí juzgada. Claro que prefería un parto vaginal ¿quién no? Pero llevaba meses luchando para que alguien me dijera si eso suponía o no un riesgo para mi vista y, a menos de tres semanas de mi fecha probable de parto, no había conseguido una valoración. Yo no estaba pidiendo una cesárea, estaba pidiendo información.

También sentí miedo. Nunca había temido el momento del parto. Ya había manejado otras situaciones donde el dolor era el protagonista y, en lo que respecta a Daniela, confiaba en la actuación de los médicos y sabía que actuarían con rapidez si algo le ocurría. Pero ahora me aterrorizaba que la elección de un parto vaginal se hiciera sólo por la reticencia actual a realizar cesáreas y eso acabara teniendo repercusiones para mi. No dejaba de pensar en que pasaría si perdía la poca visión que me quedaba. ¿Después de luchar tanto ni siquiera iba a ver a mi hija?

Con todo eso en la cabeza, me quedé esperando la cita para Alto Riesgo, esperando que por fin se tomara una decisión en un sentido u otro…

 

Maternidad

Bexsero

No soy profesional de la salud, sólo una madre que cuenta su experiencia. Nunca intentaría influenciar a ningún padre, en un sentido u otro, en algo tan importante.

El título es corto y a mucha gente puede sonarle a chino, pero si has sido padre recientemente sabrás que vamos a hablar de la vacuna contra el meningococo B. La maternidad está plagada de temas sensibles, y éste es uno de ellos. Después de una cesárea y una lactancia artificial, de las que hablaré llegado el momento, ya había escuchado suficientes comentarios como para curarme de espanto. Pero una no es tonta y sabe muy bien cuando la están juzgando sin el menor reparo. A mí nunca me ha afectado lo que pudieran decirme terceras personas en relación a esta vacuna. Yo me informé, valoré detenidamente todos los pros y los contras y tomé posición: no vacunar a mi hija.

¿Por qué decidí no vacunar?

Los motivos eran variados. Los problemas de abastecimiento me generan una importante desconfianza. No conozco las causas por las que se han producido ni tengo conocimientos sobre temas farmacéuticos, así que no emitiré una opinión sobre esto. Solo puedo decir que lo que ha ocurrido con esta vacuna no favorece que los padres confiemos en ella o en el laboratorio. Si partimos de esa desconfianza inicial, escuchar hablar de los efectos secundarios de la vacuna no ayuda. Fiebre alta, dolor agudo, vómitos, diarrea, dolor de cabeza, etc. son reacciones muy frecuentes en esta vacuna. Y luego están las experiencias que algunas madres han compartido por internet…

Esto ya era suficiente para que tuviera miles de dudas, y por eso me dediqué a investigar. Eso me generó más incertidumbre porque, a pesar de que la Asociación Española de Pediatría recomienda la vacunación frente al meningococo B para todos los niños a partir de los 2 meses de edad, no encontré unanimidad entre los pediatras. Además la incidencia de la enfermedad es realmente baja y el coste de la vacuna muy elevado. Cada dosis cuesta 106,15€, por lo que la vacunación completa supone un gasto de 424,60€ si se inicia antes de los 6 meses de vida del bebé. Esto es inasumible para muchas familias. En mi caso, requería un esfuerzo económico tremendo pues no contaba con ningún ingreso.

Teniendo en cuenta lo anterior, decidí que el esfuerzo que tenía que hacer para costear un medicamente del que no me fiaba era muy superior al riesgo que asumía al no vacunar a mi hija. Como he dicho, la incidencia de la enfermedad es baja por lo que la sensación de peligro era mínima. Aun así lo consideraba un tema tan importante que, habiendo razonado mi decisión, no rechacé la posibilidad de cambiar de opinión si encontraba nueva información que me convenciera.

¿Por qué cambié de parecer?

La enfermedad, aunque es poco frecuente, tiene unas consecuencias devastadoras. La tasa de mortalidad se sitúa en torno al 10% y, entre los supervivientes, el riesgo de sufrir secuelas graves alcanza el 30%. Esto en medicina es mucho. Demasiado para que mi mente lo dejara pasar sin más.

Cada poco tiempo pensaba si estaría haciendo lo correcto. Leía que otros países que ya habían incluido la vacuna en su calendario de vacunación, como Reino Unido, habían experimentado una bajada en las tasas de incidencia de la enfermedad. Y sobre todo pensaba en las cosas me habían pasado, en cuantas veces había creído que todo no podía pasarme a mí…

En octubre comencé a trabajar y entonces decidí que tenía que replantearme qué hacer respecto a esta vacuna. Mi decisión ya no era tan firme como meses atrás, y no podía ignorarlo. Consulté con mi pediatra todas las dudas que tenía y me aconsejó vacunar. Así que esa misma tarde fui a la farmacia a reservar dos dosis de la vacuna. Tuve suerte y en esos momentos las tenían en el propio establecimiento así que no tuve que esperar más de lo necesario.

Nuestra experiencia con la primera dosis

El martes 7 de noviembre llevamos a Daniela al pediatra para que confirmara que estaba bien para ponerle la vacuna. Tras explorarla y confirmar que todo era correcto, nos dijo que esta vacuna necesitaba la firma de un consentimiento informado. Algunos me habéis dicho por privado y por redes sociales que no os dijeron nada de esto. Puede que sea algo interno de mi centro de salud, no tengo ni idea. Llevaba bastante prisa porque tenía que volver al trabajo y, como me había informado ampliamente sobre la vacuna, no pregunté el motivo de ese requisito. Solo ojee el documento y lo firmé. Con el ok del médico y la cita para la consulta de enfermería cogida, mi madre fue a la farmacia a recoger una de las dosis que teníamos reservadas.

Daniela solo lloró unos 30 segundos una vez puesta la inyección, aunque lo hizo a pleno pulmón y la pena le duró un rato. El resto de la tarde estuvo perfecta y, cuando pasaron ocho horas sin ningún cambio, tuve la esperanza de que la vacuna no le causara reacción. No tuvimos esa suerte y, en cuestión de media hora, su temperatura pasó de 36º a 38.8º. Con una dosis de Apiretal y paños fríos conseguimos que la fiebre bajara a 38.2º a los 45 minutos. A las 23:30, con la fiebre ya bajando, me atreví a dejarla en su cuna para que descansara. Al día siguiente, no tuvo fiebre hasta media mañana y fue más leve que la del día anterior (37.7º).

Aparte de la fiebre, que no duró más de 24 horas, la vacuna le provocó reacción en la zona del pinchazo. El mismo día le costaba mover la pierna, imagino que por dolor, y el roce la hacía llorar. Aplicando calor local parece que ha mejorado y ya no se queja, pero dos semanas y media después sigue con un bulto en la zona. Por lo demás, no he apreciado otros síntomas significativos. Es cierto que a los dos días de la administración de la vacuna Daniela comenzó a hacer unas cacas muy feas, y la diarrea es otro de los síntomas más frecuentes según la ficha técnica de la vacuna. Pero no podría decir que ambas cosas hayan estado relacionadas, ya que en mi entorno había otras personas igual por culpa de una gastroenteritis.

Maternidad

Mi primera navidad en Toys R Us

El sábado asistimos al evento Mi primera navidad que celebra cada año Toys R Us para los más pequeños. Lo que yo esperaba de este día era que Daniela disfrutara, viviera una nueva experiencia y me orientara acerca de los juguetes que más le gustaban. Respecto a esto último, no he sacado mucho en claro porque le entusiasmaban todos.

Llegamos a las 11:00 horas y ya había algo de cola para acceder a la zona de juegos. Lo primero que hicimos fue dar los datos de Daniela para que marcarán en la lista que había asistido. Tras ese trámite, esperamos el turno para plasmar su huella en un molde de arcilla. En esto ya tenemos práctica porque durante el embarazo me regalaron algo parecido. En aquél pusimos su pie, así que esta vez optamos por conservar la huella de la mano. En cuanto empezó a acumularse gente, ofrecieron la posibilidad de dar el kit completo y que cada familia lo hiciera en casa.

Pasamos por fin a la zona de juegos y ahí fue donde Daniela disfrutó a lo grande. Todo juguete que se cruzaba le hacía gracia: el xilófono, la mesa de aprendizaje, el correpasillos con actividades… Más tarde pasamos al photocall navideño que habían puesto para que los peques se hicieran fotos. Todos metían sus cabecitas en el hueco y esperaban sin más a que les echaran la foto, pero Daniela se marcó como objetivo principal tirar el cartón al suelo. Conseguí sacarle alguna foto decente mientras ella empujaba aquello una y otra vez.

A la hora de irnos nos entregaron una bolsa con algunos regalos: un gorrito, una cadena para chupete, un set de Mega Bloks, una pegatina de bebé a bordo, globos y una botella de agua. Además, nos dieron un vale descuento de 10€ válido hasta el 24 de diciembre para utilizarlo en compras superiores a 60€.

Diseño sin título

Hay algunos aspectos que se podrían mejorar por parte de la organización. Las plazas estaban limitadas a 30 bebés, pero el espacio habilitado no permitía ese aforo ni por asomo. Lo primero que hay que tener en cuenta al organizar un evento de estas características es que, además de los 30 bebés, tendrás como mínimo 30 acompañantes y un número similar de sillas de paseo. En este sentido, la organización fue pésima. Las calles de la tienda ya estaban cortadas con sólo 8 ó 9 carritos. Aquéllo era un caos para los asistentes al evento y para el resto de clientes del establecimiento.

La zona de juegos tampoco estaba preparada para esa afluencia, ni por tamaño ni por mobiliario. En fotografías de otros padres he visto que en algunos centros comerciales habían colocado puzzles de goma eva en el suelo. En el nuestro no fue así y los bebés estaban sobre un parqué de madera, bastante duro teniendo en cuenta que en muchos casos ni se mantenían sentados. Yo estuve todo el rato colocada detrás de Daniela porque temía que se tirara de golpe hacía atrás y diera con la cabeza en el suelo.

El número de juguetes no estaba mal, pero me sorprendió lo poco adaptados que estaban a la edad de los bebés. Cuando llame por teléfono para inscribir a Daniela, me preguntaron su edad e imagino que hicieron lo mismo con todos los padres. Pues a pesar de que había bastantes bebés menores de seis meses solo había un gimnasio / manta de actividades adaptado a esa edad. La primera madre que llegó y colocó allí a su bebé no lo quitó en bastante rato, y tampoco tenía otra opción porque no había ni un solo juguete que pudiera usar su hijo. Así que el resto de madres con bebés de edad similar se quedaron sin opciones y terminaron marchándose.

Por otra parte, si esperas a 30 asistentes a una hora determinada y pretendes hacerles la huella a todos, no puedes destinar un solo trabajador a esa labor. Entre coger los datos, amasar la arcilla, tomar la huella, recortar el molde, responder preguntas… la chica estaba desbordada. Normal que acabara dando los kits para que cada familia lo hiciera en casa.

Por último, hay otras cosas negativas que no pueden atribuirse mas que a la mala educación de algunas personas, pero que la organización ni siquiera intentó subsanar. Os puedo asegurar que en mi centro comercial había niños participantes que ya llevaban varias navidades a las espaldas… Aunque la edad límite eran los 18 meses, no me molesta que participen niños que superen esa edad. Pero no se debe dejar pasar al recinto a un niño de al menos cinco años que muestra un escaso respeto por cualquier bebé que haya allí. En más de una ocasión temí por la seguridad de algunos de los bebés más pequeños porque aquel niño saltaba y corría sin mirar que podía haber bajo sus pies.

Aunque parezca que las cosas negativas ocupan mucho, la valoración general es muy positiva. Es genial que se organicen eventos como estos para los bebés. Además, la inscripción es gratuita y nos vinimos con unos detallitos a casa. Así que sólo por eso recomiendo a cualquier padre la asistencia para futuras ediciones. Se pasa un buen rato a coste cero y los peques tienen una oportunidad para interactuar con otros bebés.

Maternidad

Los 5 regalos que me hubiera gustado recibir en el hospital

El tema de los regalos durante el embarazo o una vez nacida mi hija me daría para tres entradas (todo se andará). Nunca los he pedido y no me han hecho falta, pero eso no evita que haya personas cuyo comportamiento solo pueda calificarse como decepcionante.

Una de las espinitas que tengo clavadas de mi posparto fue el tema de los regalos durante la estancia hospitalaria. No recibí ninguno. Y fueron doce las personas que se acercaron hasta allí para conocer a mi hija. El único conato vino de parte de mi madre, que encargó a mi padre ir a una floristería cercana a comprar algo. Él volvió informando de que la habían cerrado. No dudo de su buena intención en la búsqueda, pero os puedo asegurar que la floristería sigue allí a día de hoy.

Algunas personas no eran lo bastante cercanas como para poder afearles nada. Otros no son detallistas por naturaleza así que no me sale tenérselo en cuenta. Un tercer grupo simplemente pasó del tema. La cuestión es que nadie pareció reparar en un detalle de ese tipo, algo que a mí difícilmente se me hubiera pasado. Y entristece pasear por maternidad y ver que seguramente eres la única que no ha recibido un pequeño obsequio. De todo se aprende.

Por eso os traigo esta lista de regalos que me hubiera encantado recibir. Si vas a visitar a una mujer que acaba de dar a luz (probablemente perturbando su descanso), lo menos es llevar un detalle que le anime o pueda resultarle útil al salir de allí.

1) Un desayuno

Pasaron 36 horas desde la última vez que había comido algo sólido en casa hasta que me permitieron ingerir unas tristes galletas en el hospital. Si alguien me hubiera traído entonces algo de comer, le hubiera jurado lealtad infinita.

Si quieres hacer este regalo, no es necesario que te levantes a las 8 de la mañana para preparar algo que llevar. Hay empresas que se encargan de entregar en la propia habitación del hospital un desayuno más que completo, con una presentación exquisita y algún detallito extra de regalo.

2) Un globo XL

Sí, soy algo infantil. Pero siempre me he quedado con las ganas de que me regalasen un globo de helio tamaño grande. Es cierto que quizás no sea un regalo muy original (las maternidades están llenas de ellos), pero dan un toque de color que no viene nada mal en una habitación de hospital.

3) Un bouquet de ropa

No me gusta que me regalen flores. No es algo que pueda conservar y, además, me invade algo de tristeza cuando las veo marchitar. Pero me encantan los bouquets. Es por mucho el tipo de ramo que más me agrada.

Una buena forma de combinar un regalo ‘típico’ como son las flores con una ocasión como está, es regalar un bouquet formado con ropa de bebé. En internet podéis encontrar miles de ideas y tutoriales, y si os da algo de pereza, también es fácil encontrarlos en tiendas de regalos.

4) Una tarta de pañales

A cualquier madre le vendrá bien que le regalen pañales, es el típico regalo que se agradece por su utilidad y porque permite ahorrar un pequeño gasto. Si se hace de una forma vistosa, el detalle gana aún más puntos.

Las tartas de pañales son susceptibles de una gran personalización, tanto en la forma como en el contenido. Puedes aprovechar el regalo para hacer un guiño a las aficiones o gusto de los padres e incluir detalles extras a los pañales.

Mis compañeras del máster me regalaron semanas después de nacer Daniela una tarta de pañales preciosa. Además de 60 pañales talla 3, traía un peluche y unos patucos. ¡Gracias chicas!

5) Un detalle más personal

Cuando no hay mucho dinero pero sobran las ganas, hay miles de cosas que se pueden regalar. Sólo hay que dedicar algo de tiempo a pensar y desarrollar una idea. A mí me encantan las cosas que invitan a la nostalgia. Se me ocurre, por ejemplo, lo mucho que habría disfrutado un collage con la primera foto de Daniela y los principales titulares del día de su nacimiento. Una composición de ese estilo, con un marco bonito, me hubiera hecho muchísima ilusión.