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Maternidad

Mi hija de 18 meses aún no camina

Ha pasado una semana desde que mi hija cumpliera dieciocho meses. Ese es el momento hasta el que, generalmente, se considera normal que un bebé no ande. Pues ya puedo decir que Daniela se ha saltado los plazos porque aún no camina de manera autónoma. ¿Me preocupa? Ni lo más mínimo. Enseguida os cuento porqué, no vayáis a pensar que tengo un exceso de pasotismo… ¿Le preocupa a los desconocidos? Diría que muchísimo a juzgar por la insistencia de sus preguntas.

¿Por qué mi hija no camina?

Ojalá lo supiera. Yo creo que tiene todas las habilidades necesarias para ello. Desde hace meses es capaz de andar agarrada a alguien de una sola mano. Y actualmente lo hace a una velocidad considerable con el simple contacto de un dedo, pero se tira al suelo en cuanto intentas retirarlo. Hace un par de semanas conseguimos «engañarla» y dio unos pasos sola, pero la situación rara vez ha vuelto a repetirse.

Ya dije antes que no es algo que me preocupe. En los últimos meses, a mi hija la ha visto su pediatra, la enfermera que le realizó la última revisión de niño sano y la doctora de rehabilitación infantil. Todas han visto a mi hija desde que era una recién nacida y, por tanto, conocen su desarrollo de primera mano. Y lo más importante, las tres coinciden en que la situación no es preocupante en absoluto. Parece que Daniela no quiere andar porque no se siente segura, prefiere desplazarse gateando o es floja… pero nada de eso es un problema desde el punto de vista médico.

Hay que darle la importancia que merece

Considero que lo más sensato es no preocuparse si los profesionales dicen que no hay razón para hacerlo. También creo que es inevitable seguir sintiendo algo de inquietud. Si mi hija no camina pasadas unas semanas, volveré a pedir la opinión de los expertos. Lo que en ningún caso me planteo hacer es forzar un avance para acallar las voces de los opinólogos. Y creedme cuando os digo que son voces tan molestas que estaría dispuesta a muchas cosas con tal de no escucharlas. Cualquiera que tenga un hijo al que le haya costado algo más de tiempo alcanzar una meta sabrá de lo que estoy hablando. A modo de ejemplo, voy a contaros lo que me pasó hace unos días.

Paseaba con Daniela y mi madre cuando nos cruzamos con dos conocidos que cuidaban a su nieta. Ella tiene algunos meses menos que mi hija. Casi se saltaron el saludo para preguntar directamente si Dani ya andaba. Al decirles que no, les faltó tiempo para decir que su nieta si lo hacía. Y por si no les creíamos, la pusieron en el suelo para que demostrara su habilidades. Ya estoy acostumbrada a este tipo de situaciones, se llevan repitiendo meses. Lo que me dejó planchada es que dijeran que, cuando la peque tenía doce meses, la preocupación de su madre era tal que llegaba a decir «¿la mierda niña esta cuándo va a andar?». Prometo no estar exagerando.

¿Por qué le importa a los demás?

Por suerte, esta anécdota es única en su especie. No sé si podría escuchar de nuevo la frase sin que me diera vueltas la cabeza. Pero tiene en común algo con las otras situaciones que he vivido, y es que percibo que se usa a los bebés para una competición absurda. En la cuestión que nos ocupa, parece que puedan usar que Daniela no camina para demostrar que sus hijos son más válidos o ellos mejores padres.

Ya he hablado en otras ocasiones de lo absurdo que es rivalizar entre adultos usando a los niños. Me parece tan deleznable que a menudo intento encontrar otras causas para estas conductas. Pero no se me ocurren motivos para que el desarrollo de mi hija despierte el interés de los desconocidos. A mí los hijos de los demás me son indiferentes. A menudo ni siquiera siento curiosidad por ver a un recién nacido aunque conozca a la madre. Y si el bebé me importa, nunca pregunto por sus progresos con una intención distinta a la de interesarme por su bienestar.

¿Qué sentido tiene comparar el peso de bebés de un año si ambos están sanos? ¿Por qué ponerlos juntitos para ver quien es más alto? Mi hija tiene dieciocho meses y aún no camina. Si hay alguien a quien eso le infla el ego, sólo puedo sentir pena por lo triste que debe ser su vida. Y a aquellos que comienzan la competición en cuanto me ven, solo les diré que dejen a los niños en paz. Si queréis hacer comparaciones, tened el valor de poned vuestras capacidades en el disparadero. Usar a un hijo como arma y escudo es ruín.

¿Qué opinais de todo este asunto? ¿Me lee alguien cuyo hijo haya tardado tanto en caminar? ¿Tuvisteis que escuchar tantos comentarios? ¿Habéis percibido lo que comento o soy muy mal pensada? Me encantaría leer vuestras experiencias.

 

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Vacaciones con un bebé: mis imprescindibles

A mediados del mes de mayo disfruté junto a mi familia de un merecido descanso. Solemos aprovechar la celebración de la feria de nuestra localidad para viajar cuando el tiempo ya es bueno y los precios no están en su punto más álgido. Estas han sido nuestras segundas vacaciones con un bebé.

¿De qué tipo de vacaciones estamos hablando?

Para mí existen dos tipos de vacaciones: las culturetas y las relajantes. Puedo pasarme todo un viaje pateando los lugares de interés de una ciudad, o tener como único objetivo disfrutar de la piscina y el buffet de un hotel. Y no concibo combinar estas actividades. Quizás por eso me muestro tan reticente a embarcarme en un crucero…

Desde que nació Daniela, mis vacaciones han sido del segundo tipo. Es importante tener en cuenta este dato al leer el post, puesto que las necesidades que me han podido surgir han estado condicionadas por el tipo de viaje.

  • Vacaciones en territorio español. No he tenido que preocuparme de la asistencia sanitaria.
  • El medio de transporte para llegar al destino ha sido nuestro vehículo particular.
  • Alojamiento en un hotel con régimen de todo incluido. Tenía acceso a comida y bebida a cualquier hora que mi hija la demandara.

Así han sido mis vacaciones con un bebé

Ahora sí, teniendo en cuenta lo anterior, voy a contaros qué necesité durante mis vacaciones con un bebé de pocos meses y cómo cambiaron esas necesidades un año después. Las primeras vacaciones con mi hija tuvieron lugar cuando acababa de cumplir los cuatro meses. La veía tan pequeña y vulnerable que los días previos al viaje los pasé acumulando miedos. ¿Era prudente marcharnos un día después de haberla vacunado? ¿Cómo le sentaría el sol a su piel tan blanca? ¿Se resfriaría con el aire acondicionado? ¿Habría demasiados mosquitos?

Una de las cuestiones que más me preocupaba era la asfixia postural durante el traslado. La posición que los bebés adoptan en las sillitas de coche es la más segura de cara a un accidente, pero dificulta su respiración. No es recomendable que estén en ellas más de hora y media (cuando veo a madres que sustituyen el capazo por el grupo 0 me entran los siete males). Por eso, durante el viaje, paramos cada 45 minutos. Este año hemos seguido respetando los descansos pero algo más relajados. Sólo hemos hecho una parada, entre otras cosas porque Daniela se pasó gran parte del trayecto dormida.

Mi hija durante las vacaciones con cuatro y dieciseis meses.
Mi hija durante las vacaciones con cuatro y dieciseis meses.

Alimentación del bebé

Durante sus primeros seis meses de vida, Daniela se alimentó exclusivamente con lactancia artificial. El año pasado tuvimos que llevarnos todo lo que nos hacía falta para preparar sus biberones. Y no eran pocas cosas. Además del biberón, la lata de leche en polvo y un termo, cargué con una placa de inducción y un cazo adecuado para hervir el agua. Ahora, con dieciséis meses, mi hija come de todo por lo que no he tenido que preocuparme en llevar nada para garantizar que su alimentación fuera adecuada. ¡Vaya diferencia!

Baño en playa y piscina

No hubo manera de que Daniela disfrutara del agua en sus primeras vacaciones. Mojarle los pies en la playa y en la piscina del hotel era suficiente para que se pusiera a llorar a pleno pulmón. Compré una piscina hinchable, pero era tan buena que no duró ni un uso. La playa sigue sin gustarle un año más tarde, pero en la piscina se hubiera pasado horas. Así que en esta ocasión el bañador ha servido para algo más que para que estuviera cómoda. Los bañadores desechables que compramos hace meses nos han dado buen resultado.

Paseo y descanso

La peque aún usaba el capazo con cuatro meses, pero no había espacio suficiente en el coche para tanto trasto. Estrenamos entonces la silla de paseo, intentando que Daniela fuera siempre en la posición más reclinada. ¿Pero cómo íbamos a tenerla en la zona de la piscina tumbada y en el carrito? Tuvimos que llevarnos su hamaca para esos ratos… También este asunto se ha hecho más fácil con el paso de los meses. Daniela ya se mantiene sentada en las tumbonas de la piscina. Y para traslados y descansar, hemos llevado la silla de paseo ligera que es mucho menos pesada y ocupa la mitad de espacio.

Hay cosas que no han cambiado

Las necesidades a los cuatro meses y a los dieciséis son muy distintas, pero hay detalles que no cambian si vas de vacaciones con un bebé. Ha permanecido igual, por ejemplo, todo lo relacionado con pañales y productos de aseo (gel de baño, champú y colonia de bebé, crema hidratante, peine, tijeras…).

La protección solar es otra necesidad que siempre hay que tener en cuenta durante las vacaciones, sobre todo si se viaja con un bebé. Los efectos de la radiación solar no son para tomarlos a la ligera. Así que este año, al igual que el anterior, íbamos bien preparados con gorritos, camisetas, gafas y crema solar para la peque.

Y con esto, pongo punto y final al post de hoy deseando a todos que paséis unas vacaciones increíbles. Las vacaciones con un bebé son muy especiales. Aunque no se descansa igual porque hay que tener mil ojos (¡cuidado con las piscinas!), es increíble verlos descubrir cosas y disfrutar de ellas.

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Las revisiones del niño sano me ponen enferma

Este post nace de la necesidad de desahogo. ¿Qué me ha pasado esta vez? Me he vuelto a topar con alguien que no ha hecho bien su trabajo por dejadez. Esta es probablemente una de las cosas que me saca de quicio con mayor facilidad. Ni os cuento como me ofusco cuando el error es recurrente. Por esto, cada vez que me toca cumplir con el Programa de Seguimiento de Salud Infantil (las conocidas revisiones del niño sano), me pongo en alerta. Y es que he tenido problemas en tres de las cinco visitas que debería haber pasado mi hija. Todos ellos achacables a errores del personal administrativo del Centro de Salud de Carmona.

Lo normal convertido en excepción

La revisión del recién nacido y la de los cuatro meses han sido las únicas que se han producido sin incidentes. Dicho así suena hasta ridículo. Las revisiones del niño sano no requieren un esfuerzo titánico. No sé cómo se hace en vuestro centro de salud. En el mío acudes al mostrador, pides que te den cita para la revisión que toque, ellos meten un código en el ordenador y te dan el papel donde pone día y hora. A mí me parece un proceso muy sencillo…

Cita para la finalidad equivocada

Me gusta ser previsora. Por eso pedí la cita para la revisión de los dos meses cuando mi hija apenas tenía quince días. Mi sorpresa fue cuando me planté en la consulta de la pediatra para que me dijera que mi cita no era de las reservadas para el seguimiento del bebé, sino de las comunes que sólo duran cuatro minutos. No voy a entrar en lo que me parece que un pediatra tenga que ver a un niño enfermo en ese tiempo, aunque es otra cuestión digna de post.

Mi hija pasó aquella revisión a la carrera. Ni siquiera recordé preguntar las dudas que llevaba apuntadas por la confusión. La pediatra me mandó a coger otra cita para que ella pudiera reflejar en el ordenador las medidas que había tomado. ¡Y volvieron a dármela mal! Al final tuvo que ir ella misma para que los administrativos atinaran a asignar una cita correcta. Salí de allí enfadada porque a mi hija no se le había dedicado el tiempo que, según mi criterio, merecía y porque a mí me tocaba acudir otro día para cumplir los trámites.

La no revisión de los seis meses

Mi hija nació el 16 de enero, así que esta revisión le tocaba en plena época estival. En mayo me habían asegurado que se abriría una agenda específica para esos meses, pero que tenía que ir cada poco a preguntar hasta que eso ocurriera. Fui todas las semanas. Cuando vi que junio se acababa, incluso aumenté la frecuencia de mis visitas. La respuesta siempre era la misma: “la agenda aún no se ha abierto, pero no te preocupes, ya debe estar al caer”.

Un día el discurso fue distinto. La agenda ni estaba abierta ni se la esperaba. Las revisiones del niño sano se suspendían hasta finales de septiembre. Me pillé un rebote tremendo. Pregunté qué ocurría con esa revisión y me dijeron tan pichis que se quedaba sin hacer. Pedí poner una reclamación y tardaron más de veinte minutos en darme el formulario. Durante ese tiempo, intentaron convencerme de no ponerla pero sin dar ni una explicación.

La única solución que se les ocurrió fue “adelantar” la revisión del año a los nueve meses. Y así lo hice. Pero me llevé otra sorpresa. La pediatra me dijo que el no haber pasado la revisión anterior podía traerme problemas. ¿Problemas de que si no me daban cita? Pues aún no lo sé, pero parece que para el sistema sanitario soy una madre que no cumple con sus obligaciones. La pediatra me ha recomendado grapar mi copia de la reclamación a la cartilla de mi hija “por si acaso”.

Cita con el profesional equivocado

Para la revisión de los dieciocho meses íbamos a tener el mismo problema. Como podía pasarla desde los quince, preferí no arriesgar y escoger una fecha no muy cercana al verano. Dios no quisiera que se quedara sin pasarla y tuvieran que venir a buscarme los servicios sociales… Tenía cita para hoy a las 9:00h. Media hora antes ya estaba esperando en la puerta de la consulta de la pediatra.

Pasamos y desnudé a Daniela mientras su doctora ponía en marcha el ordenador. Cuando vio cual era la revisión que tocaba, llegó una nueva sorpresa desagradable. La revisión de los dieciocho meses la pasaban en enfermería. Me tocaba vestir a Daniela e ir en busca de una cita correcta. Menos mal que a la pediatra de la peque le sobra calidad humana y al menos le escuchó el pecho. No es que sirviera para mucho, pero me hizo sentir que la visita no había sido inútil.

Llegué al mostrador, expliqué que me habían citado con el profesional equivocado…

– ¿Quieres la cita para hoy?
– Pues me vendría muy bien para no perder el día.
– Pues no hay hasta el martes.

¿Me están vacilando?

Reproducción asistida

¿Cuál es mi historia?

Algunos de los que seguís el blog me habéis comentado por privado que no encontráis mi historia. Lo cierto es que no he contado mi proceso en reproducción asistida de manera lineal. Soy una persona obsesiva y si intentara hablar de cada tratamiento me sería muy difícil no incluir número de revisiones, dosis de medicación, tamaño de folículos… En definitiva, una cantidad enorme de información que tengo archivada y que no considero interesante para el lector.

Otra razón por la que no he hecho un relato de esas características es porque hablar de un tratamiento implica en cierta forma revivirlo. Todos los que hayáis vivido este tipo de situaciones entenderéis que no siempre hay ánimos para hablar de ello. De hecho, aunque he intentado escribirla en varias ocasiones, la segunda parte del post sobre mi aborto bioquímico está pendiente desde el pasado mes de noviembre. No quería empezar a publicar, que me ocurriera algo así y la historia quedara en stand by.

Y por último, pero no menos importante, es que no me apetece nada que aquellos que me decepcionaron durante mis tratamientos husmeen ahora en mi intimidad. Ya sabéis que mi blog no es anónimo, todo el mundo conoce mi identidad. Mucha gente de mi entorno visita este sitio, pero no todos lo reconocen. Ellos sólo leerán lo que a mí me apetezca que lean en cada momento.

Lo que si he hecho desde que comencé con el blog es escribir una serie de post más generales, pero basados en mis experiencias. Así habéis podido saber el chasco que me llevé en mi segundo tratamiento, por qué decidí cambiar de rumbo tras el tercero, el triste final del cuarto…

He pensado que puede ser interesante crear un lugar donde podáis encontrar esos retazos de mi experiencia en orden cronológico. Por eso en esta publicación, además de explicaros mis razones, voy a recopilar todas las entradas publicadas hasta el momento en las que hablo de mi proceso. E iré actualizándola periódicamente para añadir las que pudieran venir en un futuro.

Si queréis más datos o que profundice en algún tema, no dudéis en decírmelo en los comentarios o a través de las redes sociales.

En esta recopilación no se incluyen todos los post sobre reproducción asistida que podéis leer en el blog.

Mi momento perfecto para ser madre

El blog no podía comenzar con un post que no fuera este. Siempre tuve claro que la maternidad en solitario era mi opción, aunque no esperaba llevarla a la práctica tan pronto. Pero hay momentos en la vida que dinamitan todos los planes.

Cómo afrontar la cancelación de un tratamiento

Uno de mis grandes chascos en reproducción asistida llegó en el segundo tratamiento. Tenía el convencimiento de que aquel sería mi mes, pero todo acabó con una cancelación que condicionó mis siguientes pasos.

Mi aborto bioquímico (Primera parte)

Mi primer positivo llegó en el cuarto tratamiento. Por desgracia, mi embarazo tan sólo duró catorce días. En la primera parte del post podéis leer lo que ocurrió durante esas dos semanas y como me sentí al respecto.

¿Por qué conté (y oculté) que estaba en tratamiento?

La reproducción asistida es un tema tabú para muchos pacientes. Yo siempre he creído que no ocultarse es la única manera de normalizar la situación. Por eso contaba en mi entorno todos los pasos daba. Pero cuando me hicieron daño, también me oculté para protegerme.

Consejos para afrontar la betaespera

La betaespera es un momento que pone a prueba el autocontrol de los que nos sometemos a un tratamiento de reproducción asistida. Yo fracasé estrepitosamente en lo que a mantenerme tranquila se trataba. Por eso escribí un post con los consejos que no seguí, pero que estoy segura contribuyen a que ese periodo no sea tan insoportable.

¿Merece la pena?

Con motivo del primer cumpleaños de mi hija, reflexioné acerca de si había merecido la pena todo lo vivido (un año de tratamientos, de preocupaciones, de lagrimas…). Y es que la reproducción asistida es muy dura, pero también tiene muchas cosas buenas que debemos valorar.

Maternidad

Como llegué a la lactancia artificial

En un post anterior os conté cuáles eran mis planes respecto a la alimentación de mi hija durante sus primeros meses de vida. También os adelanté que la realidad superó todas mis expectativas, lo que provocó que mis planes se fueran al traste. Hoy os cuento los detalles y cómo terminé asumiendo que la lactancia artificial era nuestra mejor opción.

El día de mi cesárea tardé una hora y media en volver a la habitación tras la intervención. Daniela estaba durmiendo en su nido y los médicos habían dejado unas instrucciones muy claras a mis familiares. En dos horas tenía que comer, se hubiera despertado o no, hubiera vuelto yo o no. Eso dejaba media hora de margen desde mi llegada a su primera toma, y lo cierto es que cuando pasó yo no estaba como para iniciar la lactancia materna. Los efectos de la anestesia eran ya mínimos y la herida dolía cada vez más, así que le pedí a mi madre que le diera la cantidad que nos habían dicho de leche de fórmula.

Y así seguimos casi todo el día. Como dije en el anterior post, me sé la teoría a la perfección. Sé que el éxito de la lactancia materna depende en gran medida del momento en que se inicia. Pero en aquellos momentos me sentía incapaz de poner a Dani al pecho. No podía moverme por la cesárea, ni siquiera podía ver a mi hija salvo que pusieran el nido en un ángulo adecuado porque, incluso teniéndola en brazos, no podía girar el cuello para mirarla. No me parecía que existiera postura adecuada que no implicará poner a la peque sobre mí, y me dolía todo demasiado como para colocarme casi 4 kilos encima.

Tras la primera noche, en la que apenas dormí 20 minutos, sí lo intenté aunque seguía sin poder moverme. Daniela se enganchó al pecho perfectamente y ahí pensé que podría llevar a cabo mis planes. Pero un rato después, el ginecólogo me dio luz verde para levantarme de la cama y a partir de entonces nada de mi posparto fue como había imaginado.

Tengo un historial médico amplio, con una veintena de operaciones a mis espaldas. Considero que mi umbral del dolor es bastante alto. Quizás por eso me pasé de lista al pensar que una cesárea era pan comido. Ni siquiera me había planteado otra posibilidad. Así que cuando me bajé de la cama y empecé a tener unos de los dolores más bestias de mi vida, creí que algo tenía que estar yendo mal.

Cuando llegó el ginecólogo y me pidió que le explicara que me pasaba, lo único que fui capaz de decirle es que sentía como si me estuvieran apuñalando (el dolor era tan grande, intermitente y concentrado en un único punto que no se me ocurría otra manera de describirlo). Él me contestó que había mujeres que decían eso, otras que hablando de cristales en la herida y otras que directamente les decían que parecía que aún no hubieran parido. Lo que estaba teniendo eran dolores de entuerto que se habían intensificado al comenzar la lactancia.

Ya sabía lo que eran dolores de entuerto, pero había leído que eran más frecuentes tras un segundo parto y nunca había imaginado que podían llegar a ser tan fuertes. Tras mi experiencia he hablado con muchas mujeres y ninguna me los ha descrito con esa intensidad. Era una sensación muy frustrante porque a mí la herida de la cesárea no me dolió ni un solo momento, así que me encontraba perfectamente hasta que el dolor llegaba de golpe y no podía moverme.

No estaba físicamente bien, pero tampoco psicológicamente. Los primeros días de vida de mi hija no fueron como yo los imaginaba. No me podía creer que precisamente la vez que antes necesitaba recuperarme se me estuviera haciendo tan cuesta arriba. No pude vestir a Daniela, ni salir con ella en brazos del hospital o darle su primer baño. Todos los momentos que con tanta ilusión había esperado estaban enturbiados por el dolor y eso me entristecía. Cuando llegué a casa dolorida, cansada y desanimada, ni siquiera me planteé no comprar una caja de leche.

Intentaba poner a Daniela en el pecho, pero cada vez era más difícil porque ella ya se había acostumbrado al biberón. Mi intención entonces fue favorecer la estimulación con el sacaleches, pero entonces entraron en juego las visitas. Por suerte, todas las que recibía eran de personas que me importaban y nunca me molestaron. Pero lo cierto es que cada vez que me sentía con ánimos de usar el sacaleches alguien llamaba a la puerta. La mayoría de los días no era hasta por la noche cuando podía usarlo, y en más de una ocasión acabé quedándome dormida en el intento.

Todas las señales de la subida de leche que había tenido los primeros días fueron desapareciendo. Lo máximo que conseguí extraer con el sacaleches fueron 10 ml. En paralelo, Daniela comenzó con cólicos y me preocupaba más encontrar una leche o biberón que le sentara bien que la lactancia materna. Así que el decimotercer día después de mi parto, sin que se hubiera producido la subida de leche, desistí de mi plan inicial y asumí que mi hija se alimentaría con lactancia artificial. Y me sentí bien.

Personal

La historia de un máster (y no es el de Cifuentes)

Dedicado a todos los que sin contactos y sin hipotecar vuestra dignidad habéis conseguido una carrera investigadora exitosa en la Universidad. Sois la caña.

Había una vez un máster oficial de una universidad pública española en el que las matriculas de honor iban, venían, pero a la persona con las notas más altas nunca le caían. Esa persona obtuvo en una asignatura una calificación de 9,9. Ella pensó “¡ya está! Esta vez no hay forma de que la matrícula de honor no sea mía”, pero esta calificación no terminaba de aparecer en el expediente académico.

Llegó el momento de comenzar el Trabajo Fin de Máster y, cuando la universidad publicó la lista de posibles tutores, la alumna se sintió decepcionada porque ninguno de sus favoritos estaba en ella. Desde la dirección del máster se habian dado instrucciones de no contactar de forma privada con otros profesores, así que no quedaba otra que elegir entre lo que había. “Al menos seré la primera en escoger”, pensó, y es que en teoría los alumnos de mejores notas tenían preferencia en la elección.

Cuando se hizo pública la asignación de tutores, no sólo había algún profesor nuevo (lo que indicaba que sí se había contactado con ellos), sino que a la alumna de la que hablamos no se le había asignado el tutor elegido. El rebote de ésta fue épico, en plena clase del máster. Porque si algo caracteriza a esta chica es que nunca se esconde. En ese mismo momento renunció a la realización del TFM por considerar que las oportunidades que se estaban ofreciendo a los alumnos no eran iguales para todos. Pero tras una reunión con una de las responsables del máster y algún correo electrónico en el que se le pedía reconsiderar la situación pensó “¿por qué tengo yo que quedarme sin máster por lo que hagan otros?” y se puso a ello.

Un día la tutora de su TFM le dijo algo así como “te has llevado la matricula de honor de esa asignatura, ¿no?”. Cuando la alumna le comentó que no lo tenía demasiado claro, se extrañó tanto que se comprometió a consultarlo ella misma. En la siguiente reunión, la tutora estaba aún más extrañada porque no le habían confirmado que efectivamente se fuera a otorgar esa  distinción (la alumna tuvo la sensación de que lo que le habían confirmado era justo lo contrario). Imagino que con toda la buena fe del mundo, esta profesora le recomendó a su tutorizada escribir a la coordinación del máster para interesarse por la cuestión.

La alumna, poco acostumbrada a pedir cosas, escribió un correo electrónico de lo más formal. A pesar del buen tono del texto, el contenido del mismo no debió agradar en exceso pues fue objeto de critica por parte de una responsable del máster. El problema es que su opinión la expresó en una tutoría con otro alumno que, casualmente, era amigo de la emisora del mensaje. Obviamente, a esa alumna no le agradó conocer que una autoridad universitaria opinaba de ella con otros alumnos, y así se lo hizo saber en un nuevo correo electrónico. No obtuvo respuesta.

Los días fueron pasando y cada vez más alumnos se fueron indignando por otras cuestiones. Pero como ocurre casi siempre, hay pocos dispuestos a mostrar esa indignación en el lugar adecuado. Otra alumna, llamemosle R, que curiosamente tenía las segundas mejores notas del máster, se atrevió a luchar por lo que creía justo.

Y llegó el día de la defensa del TFM ante el tribunal. La tutora de nuestra protagonista no había hecho una sola corrección al suyo, sólo le había sugerido ampliar las referencias en uno de los apartados. El trabajo pintaba bien. Cuando acabó la defensa pública, los allí presentes como público la felicitaron. Pero el tribunal, tras deliberar, le otorgó una calificación de 6. Todo el mundo se quedó mudo de la sorprensa, así que el presidente del tribunal añadió con una media sonrisa “¿no vais a aplaudir?”.

Desconozco si esto fue un intento de humillarla, pero no lo consiguió. Ella ya sabe lo que suele ocurrir cuando alzas la voz más de lo necesario. Estaba preparada. Así que lejos de entristecerse o amilanarse, decidió quedarse a escuchar a sus compañeros y disfrutar de la tarde. La última en exponer su trabajo era R, y lo hizo genial. A mi humilde juicio, mucho mejor que otros que habían obtenido notas altas y a los que el propio tribunal les había corregido errores de bulto. Su calificación fue de 6.5.  Las dos notas más altas de aquel máster hasta el momento se iban con notas bajas en unos trabajos que habían arrancado elogios de algún miembro de aquella mesa.

Así que la intrepida alumna volvió a alzar la voz, volvió a expresar lo que creía que estaba pasando. No porque fuera a servir para algo, sino por el simple deseo de sentir que su dignidad valía más que la nota de un máster. Se quedó con las palabras de su tutora, que pensaba que su trabajo merecía más y le reconocía que en la vida hay situaciones en las que el resultado no depende de nuestro esfuerzo. Estaba decidida a comenzar un doctorado que finalmente decidió aparcar. Esta y otras situaciones que había presenciado durante sus siete años como universitaria habían acabado con la imagen que tenía de la Universidad.

¿Creéis que a esa chica le sorprende el caso Cifuentes?

Embarazo

Mi parto por cesárea

En este post voy a contar como fue mi parto por cesárea electiva o programada, que tuvo lugar en el Hospital público universitario Virgen Macarena de Sevilla el día 16 de enero de 2017 (semana 40+2 de embarazo). Si queréis recordar como llegué a ese momento, podéis leer la primera y segunda parte del post Decidiendo el tipo de parto.

Aquel día a las 8:00h ya estaba en el hospital. Tras entregar el documento que me habían dado una semana antes en la consulta de Alto Riesgo, me dirigí a la sala de espera. Pasaban unos minutos de las 8:30h cuando me llamaron a consulta. Lo primero que hice allí fue responder unas preguntas rutinarias (si había tenido contracciones, si había perdido líquido, si había ingerido algo pasadas las doce de la noche, etc). Después, pasé a monitores.

No sé exactamente cuanto estuve con las correas puestas, pero calculo que fue al menos una hora. Durante ese tiempo, tuve contracciones “fuertes” que no hubiera sabido identificar si no me lo hubieran dicho. La misma doctora que me había visto siete días antes me informó de que la cesárea tendría lugar a lo largo de la mañana, pero no podía precisar hora porque eso dependería de la disponibilidad de quirófanos y ginecólogos.

Aún en consulta, me cogieron la primera vía y firmé el consentimiento para la punción de la placenta con fines de identificación. Me dieron unos folletos de apoyo a la lactancia materna que me parecieron extemporáneos y carentes de información esclarecedora. Me entregaron también cuatro comprimidos de un complejo vitamínico específico para el periodo de lactancia y me explicaron que debía tomar cada uno de ellos en el desayuno de los siguientes días.

Tras esto, fui trasladada a la zona de preparto donde se me asignó una habitación en la que podría esperar junto a mi acompañante a que llegara el momento de la cesárea. Allí estaría algo más de una hora. En ese tiempo fueron a verme las ginecólogas y anestesistas que participarían en la operación. Estos últimos fueron los que me trajeron las malas noticias. Dado mi historial médico, temían no poder usar anestesa intradural. Además, por mi operación de cervicales, intubarme no era fácil… Si surgía alguna complicación, la cosa podía ponerse fea. Así que habían reservado una cama en la UCI.

Casi me da algo. Ya he estado en la UCI y fue una tortura. No quiero ni imaginar lo que es estar allí sabiendo que tu bebé está en planta y que no puedes verlo. Empecé a ponerme muy nerviosa y, cuando unos minutos más tarde llegué a quirófano, me temblaban las piernas. Por suerte, pudieron ponerme la anestesia en el primer intento. He oído muchas versiones sobre si el pinchazo duele o no. A mí no me molestó especialmente.

Fue cuestión de segundos que no pudiera mover las piernas. Y tampoco tardaron mucho en llegar los mareos y las nauseas. Gracias a todo lo que me había informado, sabía que esto era algo que ocurría con frecuencia así que inmediatamente informé a la anestesista. Me puso una primera dosis de algún medicamento, pero las nauseas seguían y fue necesario administrarme más medicación a través del suero. En un par de minutos, me encontraba mucho mejor y a partir de ahí estuve muy tranquila.

Supe que la cesárea había comenzado cuando noté el olor tan caracteristico que provoca el bisturí eléctrico. No habrían pasado más de cinco minutos cuando escuché el llanto (o griterio para ser más exactos) de Daniela. No la vi entonces ya que se la llevaron inmediatamente. Imaginé que estaría siendo atendida por el pediatra y lo cierto es que no me importó. Sé que para muchas mujeres es importante ver al recien nacido en los primeros momentos, y a mi también me hubiera gustado, pero en un quirófano nunca me he planteado interrumpir el trabajo de los sanitarios.

Lo único en que podía pensar era que por fin había acabado el embarazo. Supongo que fue mi falta de reacción lo que llevó a la anestesista a decirme que esa era mi hija, algo obvio teniendo en cuenta que era la única embarazada en quirófano. Aproveché su intervención para preguntarle como estaba la niña y me confirmó que estaba siendo valorada por el pediatra, pero añadió a modo de broma que estaba mosqueada. Y es que puede sonar a tópico, pero os aseguro que nunca he escuchado a un bebé llorar así. Era un grito tras otro.

Desde ese momento, fue como si mi cabeza desconectara de la operación que aun me estaban realizando para centrarse en lo que estaba ocurriendo en la habitación contigua. Sé que tuve una hemorragía y necesité una transfusión. A veces también notaba una sensación extraña, como si un peso enorme me empujara contra la camilla. Pero lo cierto es que yo sólo prestaba atención a las palabras sueltas que conseguía captar entre los gritos de Daniela. Una de las cosas que escuché fue el peso de la peque: 3720 gramos.

Más tarde, la pediatra se acercó a donde estaba yo para darme la enhorabuena e informarme de que Daniela estaba sana y en perfecto estado. Me dijo que estaban preparandola y enseguida podría verla. Mientras esperaba, la ginecóloga pidió que se llamase a la UCI para comunicar que no iría allí. Fue otro peso quitado de encima. En un momento dado, noté que el llanto cada vez se escuchaba más cerca, lo que significaba que estaba a punto de conocer a mi hija.

Lo primero que pensé al verla fue que era igual a como la habia visto en la ecografía 4D de la semana 27 de embarazo. Tenía la cara redondita y se adivinaban unos rasgos grandes. Dejó de llorar y aproveché para darle varios besos y decirle que en un rato estaríamos juntas. Algunas madres que habían parido por cesárea en ese mismo hospital me habían dicho que ese momento era un visto y no visto, pero lo cierto es que a mí me dejaron ver a Dani durante bastante rato. Y cuando la sacaron de quirófano, me dijeron que aun podría verla un poco más antes de pasar a sala de despertar. Me preguntaron de hecho por qué no había pasado con las gafas y, cuando comenté que no sabía que estaba permitido, me dijeron que en estos casos se hacía una excepción. Inmediatamente salieron a asegurarse de que las gafas estaban localizadas para que pudiera ver a Daniela de nuevo con ellas puestas.

Salí de quirófano y, tal y como me habían dicho, pude estar otro rato más con la peque. Tras esto, ella pasó a la habitación de planta con mi familia y a mí me llevaron a la sala de despertar. Apenas estuve allí una hora y media. En cuanto conseguí mover las piernas y me hicieron unas analíticas, me llevaron a mí tambien a la habitación.

Aunque aún hay mucho que avanzar en lo que se refiere a los protocolos durante las cesáreas, lo cierto es que yo tengo un magnífico recuerdo de la mía. Si algún día vuelvo a ser madre, firmaría una experiencia como esta con los ojos cerrados. Sentí que los profesionales que me atendieron hicieron todo lo posible para convertir ese momento en algo especial. Durante todo el proceso me sentí respetada y cuidada. Por eso no quiero acabar el post sin darles las gracias por lo bien que me atendieron.

Maternidad

Bautizada por los pelos

Jesús dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos.» (Nuevo Testamento, Mateo 19:14)

El pasado domingo se cumplió un año del bautizo de Daniela. Aquel 25 de febrero no fue un día agradable, aunque con el tiempo he conseguido reírme al recordarlo. Hubo momentos que no voy a compartir por respeto a quienes participaron de ellos, pero me permitiré señalar que en un evento de este tipo nadie debería ser más protagonista que el bebé. Dicho esto, voy a contaros una de las situaciones más surrealistas a las que me he enfrentado nunca.

Siempre había tenido claro que quería bautizar a Daniela lo más pronto posible, por eso empecé a prepararlo todo antes incluso de que naciera. Hice los cursillos preparatorios embarazada de ocho meses, preparé toda la documentación necesaria y la entregué tan solo unos minutos después de acabar los trámites en el Registro Civil. El único motivo por el que mi hija no se bautizo antes fue por cuestiones de agenda.

Aquel sábado a las 11:45 casi todos los invitados estábamos ya en la iglesia elegida, la misma en la que me había bautizado yo 26 años antes. Quince minutos era tiempo más que suficiente para firmar los últimos papeles y prepararnos para la ceremonia. Pero llegaron las 12:00 y el que no aparecía era el sacerdote. Veinte minutos más tarde, cuando ya todos pensábamos que aquello era un pasote, el que apareció fue el diácono de la parroquia para decirnos que ese bautizo había sido suspendido a petición de la familia.

¡¡¡¿¿CÓOOOOOOOMO??!!!

Eso fue lo único que pude pensar. El diácono comenzó a explicarme qué una mujer había acudido a la iglesia para comunicar que la madre (yo) había decidido anular el acto porque la niña «no podía bautizarse». No sabía si estaba más asombrada porque alguien hubiera hecho algo así o porque el sacerdote hubiera seguido las instrucciones sin plantearse siquiera llamarme por teléfono. La respuesta a esto último la tuve pronto: la susodicha era muy religiosa, su presencia en la iglesia era habitual y, por tanto, el sacerdote confiaba en ella lo suficiente como para no cuestionar lo que había dicho. Esa información y una descripción física bastaron para que yo supiera de quién estábamos hablando.

Finalmente el sacramento pudo celebrarse. El diácono atrasó un entierro que tenía pendiente para bautizar a mi hija. Y debo agradecerle  la bonita ceremonia que ofició, aunque yo no pude disfrutarla. Tras el enfado inicial, empezó a invadirme la inquietud. Anteriormente había compartido con esa mujer unas conversaciones que me habían hecho sentir incómoda y que, con el último acontecimiento, me preocuparon realmente. Y es que si una persona está tan jodidamente loca como para hacer algo así, ¿que pasaría por su cabeza cuando dijo «un día te voy a quitar a tu hija»?

Al día siguiente puse en marcha los mecanismos que estimé oportunos para evitar que esa señora siguiera molestándonos. Pero unas semanas más tarde, tuvimos un encuentro por la calle. Le pedí que no se acercara a mí, pero no parecía dispuesta a hacerme caso. Me marché del lugar, pero tampoco sirvió para que me dejara tranquila… Se atrevió a decirme en un tono que a mí me pareció retador que si tenía miedo a que me quitara a la pequeña. Y justo antes de conseguir librarme de ella, se atrevió a insinuar que mi hija había nacido sana gracias a sus rezos. Por suerte, desde ese día no he vuelto a coincidir con ella.

Desconozco si lo que le molestó fue mi condición de madre soltera, o que mi hija hubiera nacido gracias a un tratamiento de reproducción asistida. Dudo que tuviera algo personal contra mí porque apenas la conozco. Algunos opinan que la movía la envidia y otros que se dejó llevar por el aburrimiento…  Como digo al principio, con el paso de los meses he aprendido a recordar el bautizo de mi hija entre risas y pensar que será una anécdota que pueda contar toda su vida. Pero lo cierto es que siempre llevaré conmigo el no haber disfrutado de un día importante que había estado esperando durante tanto tiempo. Quizás lo correcto sea perdonar, como el propio diácono me recordó aquel día, pero lo cierto es que a mí no me sale hacerlo. El perdón lo reservo para aquellos actos que puedo comprender.

Reproducción asistida

Cómo afrontar la cancelación de un tratamiento

Siempre suelen nombrarse los malos diagnósticos, los negativos, los abortos, los nervios de la betaespera… cuando se habla de los momentos más difíciles en reproducción asistida. Pero la cancelación de un tratamiento es, según mi experiencia, igual de duro que todo lo anterior y siempre tengo la percepción de que no se habla tanto de ello.

Me imagino que los motivos por los que la cancelación de un tratamiento puede afectarnos tanto anímicamente son tan variados como pacientes existen. Pero a partir de mi experiencia y de lo que me han transmitido otras mujeres que han pasado por lo mismo, creo que los más comunes son los siguientes:

  • Pensamos que es una oportunidad perdida. ¿Y si este era el tratamiento definitivo? ¿Y si era mi mes? Éstas son preguntas que nos repetimos una y otra vez. Es algo que carece de toda lógica. Es obvio que un tratamiento que se cancela no va bien, pero cuando estás metido en el ajo no todo se ve tan claro.
  • Un tratamiento cancelado es una fuente de incertidumbre. Significa que ha fallado el plan inicial trazado por un profesional que tiene más que claro lo que debe hacer con cada paciente. Por eso nos inquieta mucho no saber qué ha ocurrido, si volverá a pasar y cómo actuar si la historia se repite.
  • Iniciar un tratamiento implica invertir recursos, tanto económicos como físicos, sea cual sea el final del mismo. Una mujer a la que cancelan un tratamiento de Fecundación in Vitro antes de la punción puede haber gastado ya en torno a 1000€ en medicación. Pensar que esa inversión no ha servido para nada puede acabar menguando la ilusión con la que se enfrente a un próximo tratamiento.
  • Y si todo lo anterior no fueran ya suficiente malo, tras una cancelación hay que afrontar un periodo de inactividad en el que nuestra cabeza no para un segundo.

Mi experiencia

No me libré de la cancelación de un tratamiento durante mi etapa en reproducción asistida. La fase de estimulación en mi primera IAD había durado 13 días y sólo se había conseguido un folículo de tamaño adecuado (según me dijeron, lo ideal para este tipo de tratamiento eran dos). Por ello, se aumentó levemente la dosis de medicación para el segundo intento.

Estaba segurísima de que en esa ocasión conseguiría el positivo. Las posibilidades de embarazo no eran mayores a las de la inseminación que había hecho en el ciclo anterior ni a la que haría posteriormente, pero estaba con la positividad a tope. Quizás por eso me lleve un palo tan grande… Y es que en el segundo control ecográfico se vió que esta vez el cuerpo había trabajado demasiado. Había muchos folículos de tamaño similar y mi médico decidió cancelar por riesgo de embarazo múltiple.

Me pillé un berrinche tremendo y pasé horas encerrada en mi habitación llorando. Aún hoy sigo pensando que, a excepción del aborto, este fue el momento más duro que viví en reproducción asisitda. Mucho más que las betas negativas. El siguiente tratamiento lo empecé ya bastante apática, imagino que por miedo a que ocurriera lo mismo. No lo disfruté en ningún momento y, cuando supe que era otro negativo, decidí que las inseminaciones habían acabado para mí.

¿Que aprendí de aquello?

Antes de iniciar los tratamientos reconozco que siempre pensaba que los pacientes dramatizaban demasiado, que esos contratiempos no eran para tanto y que yo no lo pasaría tan mal. Pero bien pronto descubrí que no era distinta a los demás. También sentía la terrible necesidad de buscar culpables, de encontrar respuestas que no existían… En aquellos momentos la irracionalidad me nubló el juicio.

Ahora, desde la distancia, tengo claro que ningún médico quiere cancelar un tratamiento. Lo primero para ellos es el bienestar del paciente y, si toman la decisión de cancelar, es porque es lo mejor para nosotros. Recordad que la confianza con nuestro médico es un pilar fundamental en reproducción asistida, así que es importantísimo que sigamos sus indicaciones. Por ejemplo, si os dicen que no mantengáis relaciones sexuales sin protección, es porque existen riesgos para un embarazo en ese ciclo. No tentéis a la suerte.

También me he dado cuenta de que un tratamiento cancelado no es tiempo perdido. De todo se aprende y ese tratamiento habrá aportado una información muy valiosa para vuestro médico. Seguramente en un próximo intento pueda ajustar todo lo necesario para buscar un resultado distinto. Esto es mucho mejor que ir a ciegas.

Y, por último, lo más difícil. Hay que tener paciencia. Estar distraídos hasta comenzar un nuevo ciclo será probablemente lo que más os ayude. Cargaos de pensamientos positivos y mantenedlos en cada tratamiento. En caso contrario, cuando llegue el definitivo, podréis sentir cierta pena por no haberlo vivido con más ilusión.

Si estás leyéndome después de haber pasado por alguna situación parecida, probablemente pienses que es muy fácil decirlo cuando ya has conseguido el objetivo. Y probablemente llevéis razón. Pero eso no lo convierte en menos cierto.

Maternidad

Regalos que no existieron… y decepciones que no lo fueron tanto

Soy muy afortunada. Tengo la inmensa suerte de haber podido permitirme todo aquello que deseaba para mi hija a pesar de no tener una economía holgada. Siempre tuve claro que tendría que ser así. Con mi decisión de ser madre soltera, eliminé de un plumazo la posibilidad de compartir cargas con otra persona. Y mi familia no es tan grande ni cuenta con una capacidad económica extraordinaria para asumir grandes gastos.

Por eso cuando me quedé embarazada no conté con nada que no pudiera conseguir por mis propios medios. Aún no había cumplido la semana 12 de embarazo cuando encargué el cochecito para Daniela. Y para la mitad de la gestación, prácticamente ya no tenía nada que comprar. Por supuesto los regalos por parte de familiares y amigos también fueron llegando. Algunos muy generosos, otros cargados de cariño… A todos los que os acordasteis de mí y de la peque, os mando desde aquí un beso enorme.

Y es que esa es la grandeza de los regalos. Que existan o no son suficientes para hablar de cómo te ven las personas. Yo nos los pedía, no los necesitaba, pero me ilusionaba muchísimo recibirlos. Que una persona trajera un detalle significaba que mi hija o yo le importábamos lo suficiente como para ser educado. Quien no se dignó a comprar unos tristes patucos, me dejo claro hasta que punto le era indiferente y me enseñó como debía actuar cuando las tornas cambiaran.

Hasta ahí todo bien. Me gusta que las cartas estén bocarriba. A quien no se esconde poco puedo reprocharle. Pero hubo un tercer grupo, el de los que se anunciaron para luego no aparecer. Ellos jugaron con la ambigüedad de las palabras, con las normas sociales que impiden pedir el regalo prometido, con el tiempo y la distancia… Ellos no fueron claros, pero yo sí voy a serlo.

El primer caso que voy a contar ocurrió cuando aún estaba embarazada. Una amiga me preguntó si ya tenía la trona para Daniela. Por lo que recuerdo, había visto un modelo vintage de madera que le encantaba. Se lo agradecí, pero decliné el ofrecimiento porque ya le había comprado una trona a Daniela. Bromeamos con la posibilidad de que le comprara un coche, y la conversación acabó con algo similar a “es una pena porque ese regalo me encantaba, pero encontraré otra cosa”. A día de hoy, Daniela está a punto de cumplir trece meses. No sólo no he visto ese regalo alternativo, sino que mi amiga aún no ha recorrido la escasa hora en coche que separa su ciudad y la mía para conocer a mi hija. De hecho, acabo de comprobar que estas navidades le mandé un mensaje felicitando las fiestas, lo leyó al poco tiempo y no me contestó. Misterios de la vida…

Una vez que di a luz, vinieron las siguientes situaciones curiosas. Un familiar se creyó con la suficiente confianza como para ir de visita al hospital. Ahí estaba yo, con unos dolores de entuerto que me tenían molida y tendida en una cama recibiendo visitas. Me sorprende que quien se cree con derecho de incordiar a una mujer a la que han realizado una cesárea apenas 48 horas antes, no haya vuelto a dedicar cinco minutos de su tiempo en hacer una visita o una llamada telefónica para interesarse por mi hija. De regalo ya ni hablamos…

Y luego está el tercer caso, que realmente es el que menos me importa pero el que más me llama la atención por su reiteración. Un amigo, que más bien lo es de otros familiares y no mío, ha anunciado en dos ocasiones regalos que finalmente no ha hecho. En primer lugar, la silla de seguridad para el coche y, hace tan sólo unas semanas, un regalo con motivo del primer cumpleaños de Daniela. Y aquí es cuando me da por pensar ¿la gente me está tomando por tonta? Un desliz puedo obviarlo, que no olvidarlo, pero hacer dos veces lo mismo y esperar que no haya reacciones…

Estoy cansada de que la gente se aproveche de convencionalismos para echarle morro a la vida. He pensado mucho si me compensaba publicar este post, y reconozco que no me son indiferentes las consecuencias que pueda tener. ¿Pero por qué tengo que callar para no molestar a quien no mostró el más mínimo decoro? También estoy harta de escuchar “olvídalo, sus regalos no te han hecho falta para nada”. Parece que lo políticamente correcto es decir que los regalos no nos importan. El valor material de los regalos me da igual, pero lo que las personas expresan a través de ellos me importan. Y mucho.

Así que mi conclusión es la siguiente: no prometas nada que no vayas a cumplir. Tu imagen quedará a salvo y la otra parte no pensará que la estás tomando por idiota. Y si la parturienta o la recién nacida no te importan lo más mínimo, no metas tus narices en la habitación del hospital. ¡Cotilla!