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Colaboraciones

¿Dónde buscar información durante el embarazo?

Es habitual buscar información durante el embarazo para despejar las dudas más frecuentes. Es además deseable porque unos padres informados estarán más preparados para la llegada del bebé. Hace un par de años recibí un correo electrónico de otra embarazada con la que había coincidido durante las clases de preparación al parto. En él me pedía que la orientara en la compra de una minicuna de colecho. No soy una voz autorizada (menos aún en colecho), pero imagino que ella confiaba en que la aconsejara bien. ¡También me animaba a crear un blog de maternidad! Ese consejo lo seguí y hoy voy a hablaros de las fuentes donde se puede buscar información como esta.

Buscar información durante el embarazo

Hoy en día quien no se informa es porque no quiere. Hay multitud de canales a través de los cuales se puede conocer casi cualquier cosa sin demasiado esfuerzo. A continuación, se describen algunas formas de obtener información durante el embarazo. No son excluyentes porque no hay un medio mejor que otro. Lo importante es tener claro que queremos saber y acudir a la fuente que más se ajuste a nuestras necesidades.

Información escrita

La información es ahora más accesible que nunca gracias a Internet. En apenas unos segundos, los principales buscadores ponen a nuestra disposición miles de páginas que abordan la cuestión sobre la que estamos interesados. Pero no es oro todo lo que reluce. Que cualquier persona pueda volcar contenido en la red implica que puede haber mucha información errónea o de poca calidad. Por eso es importante acudir a fuentes que a priori tengan credibilidad. En mi caso, me gustaba consultar los artículos de webs como www.serpadres.es porque sentía que estaban respaldados por la trayectoria de la revista. No quiero decir con ello que foros o blogs personales como éste no sean un buen lugar para informarse. Hay mucho contenido interesante en esos espacios.

Los libros son otra herramienta estupenda para recabar información durante el embarazo. Tratar los temas con mayor profundidad es la principal ventaja de ellos respecto a la información de webs y blogs. La parte ‘negativa’ es que rara vez este es un recurso gratuito. Además, necesitaremos más tiempo para adquirir el conocimiento deseado. Ambas inversiones merecen la pena. Durante la búsqueda de mi embarazo, leí el famosísimo Que se puede esperar cuando se está esperando. No encontré en internet información tan detallada sobre el embarazo. Y cuando tienes algún síntoma no frecuente, es muy tranquilizador contar con ella.

Información a través de otras personas

La opinión de un experto en la materia siempre es la mejor información de la que se puede disponer. Y en los temas realmente serios, como los problemas médicos, debería ser la única a tener en cuenta. Es muy beneficioso compartir experiencias con otras personas, pero una vivencia concreta nunca puede ser un diagnóstico. La gran ventaja de acudir a un profesional es que podrá ayudarnos de manera personalizada. Cuando surgen problemas en la lactancia materna, por ejemplo, no habrá libro que pueda competir con los consejos de una asesora adecuadamente formada.

Pero no sólo los expertos tienen algo que decir. A nuestro alrededor hay muchísima gente que puede aportarnos cosas positivas. No dudéis en compartir vuestra experiencia con otras embarazadas, vuestras dudas con otros padres, vuestros miedos con las personas de confianza… La chica de la que os hablaba al principio del post usó un recurso valiosísimo para informarse. Y es que confiar en nuestro entorno para que nos guien puede aportar un plus de tranquilidad.

Información in situ

En algunas ocasiones, como puede ser la compra de un artículo de puericultura, no basta con conocer las cuestiones técnicas. A veces la información que necesitamos solo podemos obtenerla viendo o probando algo personalmente. En esos casos, no hay que dudar en acercarse al establecimiento que toque y asegurarnos de estar tomando la decisión correcta.

¿Se os ocurren otras formas de obtener información? ¿Creéis que es importante la información durante el embarazo?

 

 

Reproducción asistida

Consejos para afrontar la betaespera

Muchos de los que estáis leyendo esta entrada quizás no sepáis qué es la betaespera. Pero los que hemos pasado por un tratamiento de reproducción asistida no sólo lo sabemos, sino que sentimos escalofríos cada vez que leemos esa palabra. Y es que la betaespera es probablemente el momento de mayor tensión que se puede vivir en estos tratamientos.

¿Qué es la betaespera?

Se denomina betaespera al tiempo que transcurre desde la inseminación artificial o transferencia de embriones hasta la realización del test de embarazo. Recibe este nombre por la hormona β-hCG, cuya presencia y cuantificación determinará si existe o no gestación. La duración de este periodo dependerá de distintos factores (tipo de tratamiento, días de vida del embrión transferido, protocolo de la propia clínica, causas externas tales como festivos o fines de semana, etc), pero la espera difícilmente será inferior a diez días.

¿Por qué genera tanta tensión?

Imagino que habrá tantos motivos como pacientes, pero lo cierto es que todos coincidimos en lo difícil que es pasar por esta etapa de los tratamientos. En mi caso, la betaespera era un momento complicado porque, además de tener que manejar los nervios por el resultado del tratamiento, me enfrentaba a un periodo de absoluta inactividad tras semanas frenéticas.

Además, en estas semanas experimentaba una total falta de control sobre el resultado que no manejaba nada bien. Una de mis teorías es precisamente que todo lo que hacemos (reposo, beber Aquarius, mantener los pies calientes…) no responde más que a nuestra necesidad de sentir que podemos inclinar la balanza hacia el positivo.

¿Cómo afrontar la betaespera?

A este post le vendría genial ese refrán que dice Consejos vendo y para mí no tengo. Lo cierto es que yo no seguí prácticamente ninguna de las recomendaciones que voy a dar a partir de ahora. Y no estoy segura de si sería capaz de hacerlo si tuviera que enfrentarme de nuevo a un tratamiento de reproducción asistida. ¿Entonces por qué voy a darlas? Porque soy consciente del daño que hace no seguirlas, y si este post le evita eso a alguien me sentiré muy satisfecha.

Para sobrellevar la betaespera no hay recetas mágicas. Mi consejo principal es que cada mujer actúe según lo que le haga sentir bien. Algunas optan por quedarse en casa haciendo reposo, otras prefieren estar de trabajo hasta arriba para no pensar… No hay opción mala. Dicho esto, según mi experiencia, será más fácil mantener la tranquilidad si se siguen estas recomendaciones.

Mantén la mente ocupada

El tiempo parece que pasa más rápido cuanto menos pensamos en él, así que mantenerse entretenida es una gran opción. Dedícate a trabajar en otros proyectos, lee un libro que te guste, pásate horas viendo series, sal de compras… Los días se harán más llevaderos.

Rodéate de personas que te apoyen

Por muy bien que sigas el consejo anterior, el final de la betaespera continuará siendo el tema que ocupe la mayor parte de tus pensamientos. Habrá momentos en los que quieras desahogarte, compartir tu inquietud, expresar tus dudas… Es importante que cuentes con personas que te apoyen completamente, te escuchen y te aporten serenidad.

Yo tenía a mi madre, que esuchaba paciente todas mis cábalas, y a mis apoyos del 2.0. Este grupo estaba formado mayoritariamente por chicas que también se encontraban en tratamiento. Hablar con personas que están pasando por lo mismo que tú puede venirte muy bien. En internet hay foros, grupos de apoyo… Seguro que puedes encontrar un lugar en el que te sientas cómoda.

No abuses de Google y evita comparaciones

¿Quién no ha buscado en Google “síntomas beta positiva” o algo similar? No está mal hacerlo. Soy la primera que se ha pasado horas leyendo todo lo que el buscador me mostraba. Pero muchas veces para lo único que me servía era para desanimarme más.

Internet es muy grande y encontrarás historias de todo tipo. Si notas algún cambio en tu cuerpo y usas esas búsquedas para intentar predecir el resultado del tratamiento, lo más probable es que te acabes encontrando en alguna de estas situaciones:

  • Quizás no encuentres nada. En betaespera nos hiperobservamos y a cualquier cambio (que en realidad puede no serlo y simplemente haber pasado desapercibido en otro momento) le damos una importancia que no tiene. Si te pasas un tiempo buscando información y no acabas obteniendo ningún resultado, es probable que acabes sintiendo que has perdido el tiempo.
  • Corres el riesgo de hacerte demasiadas ilusiones o de llevarte un chasco innecesario. Y es que, a pesar de lo que acabamos de decir, lo más probable es que sí encuentres a alguien que haya escrito sobre lo que estás buscando. Si esa persona acabó teniendo un positivo, reforzará tu teoría de que estás ante un síntoma de embarazo. Y si por el contrario su tratamiento no fue bien, te verás teniendo el mismo final.

Lo cierto es que no hay forma de predecir el resultado de un tratamiento. Los síntomas de embarazo y del síndrome premenstrual son los mismos sobre el papel. Y tampoco todas los sentimos de la misma forma. A lo largo de mis tratamientos tuve dos negativos y dos positivos, y lo que caracterizó todas mis betaesperas fue la absoluta falta de síntomas. En una ocasión tuve más sueño, en otra más sed… pero no creo que nada de eso fuera relevante de cara al resultado.

Llena tu cabeza de pensamientos positivos.

Muchas chicas con las que hablo me dicen “soy pesimista porque así luego no me llevo un palo”. Yo misma he pensado eso alguna vez. Pero si los malos presagios se cumplen, lo que acabo comprobando es que un negativo no duele menos porque nos hayamos pasado quince días pensando que lo ibamos a tener. Para lo único que el pesimismo nos ha servido es para añadir dos semanas de sufrimiento inútil.

Intenta ser optimista y pensar en que tienes posibilidades reales de lograrlo. Por supuesto, hay que mantener los pies en la tierra y saber que ningún tratamiento tiene el positivo asegurado, pero no te niegues la posibilidad de vivir el proceso con ilusión.

Si estás en betaespera, espero que este post te sirva de ayuda. ¡Y que por fin tengas tu positivo! Si ya habéis pasado por alguna, me encantaría leer vuestra experiencia. ¿Estuvisteis tranquilas? ¿Se os ocurren otros consejos?

Maternidad

Aquí se habla de lactancia artificial

Ni en este ni en otros textos que puedan venir pretendo promover la lactancia artificial frente a la lactancia materna, que sin duda es el mejor método de alimentación para cualquier bebé.

Dicho lo anterior, quiero dejar claro que en este blog se va a hablar mucho de lactancia artificial y nunca se hará de modo peyorativo o con complejos. ¿Por qué? En primer lugar porque aquí vengo a hablar de mi experiencia. Y en segundo, porque así compensaré de alguna manera los 0 minutos que se dedicaron a ella durante mis clases de preparación al parto y las tan escasas respuestas que obtuve durante el primer mes de vida de mi hija.

Este tema nunca me ha hecho daño. No sólo estoy satisfecha con la alimentación de mi hija, sino que cada día me convenzo más de que la lactancia artificial era nuestra mejor opción. Pero que a mí no hayan llegado a herirme no me ha impedido ser consciente la cantidad de veces que he sido juzgada. Por eso aprovecho para decir desde ya que las personas que se sientan tentadas a ser irrespetuosas pueden evitar el esfuerzo, pues sus comentarios no tendrán ningún efecto sobre mí.

Decidiendo el tipo de lactancia

Si soy sincera conmigo misma, tengo que admitir que en ningún momento durante la búsqueda y desarrollo del embarazo me ilusionó dar el pecho. Lo intenté porque sentía una presión autoimpuesta. No soy ajena a los beneficios de la lactancia materna y sentía que privar de ellos a mi hija voluntariamente era un acto egoísta. No culparé de ello a la sociedad. Muchas otras mujeres sí podrían hacerlo, pero personalmente creo que no tuve ese condicionante externo.

Tras mucho reflexionar, decidí que quería intentar la lactancia mixta desde el primer día. Sabía que con una cesárea era difícil que yo estuviera en la habitación para la primera toma de Daniela y tampoco estaba dispuesta a ver llorar a mi bebé por hambre (me da igual lo que digan, hay bebés que no quedan satisfechos con el calostro). Por eso no era reacia a dar una “ayuda” los primeros días siempre que fuera necesario.

A partir de ahí, esperaba poder instaurar la lactancia materna durante el día y usar un biberón de leche artificial para la última toma. Siempre he estado muy obsesionada con las rutinas y para mí era una prioridad establecer horarios. Quería que la última toma fuera a una hora concreta y saber qué cantidad de leche había tomado mi hija. Esperaba así favorecer el sueño del bebé. Para mí no es factible dormir en intervalos pequeños. Imagino que lo hubiera soportado si hubiera sido necesario, pero mi salud hubiera quedado resentida.

Tras esa última toma, usaría el sacaleches e intentaría crear un pequeño banco de leche. Y es que tampoco quería alargar la lactancia materna más allá de los 6 meses. A partir de ese momento,  la alimentación con leche materna llegaría hasta donde las reservas y el sacaleches nos permitieran.

¿Cómo me preparé?

Me informé muchísimo. Leí artículos de revistas especializadas, algunos de los libros tan famosos sobre el tema, asistí a charlas con matronas, seguía la experiencia de otras madres a través de internet… Me sé la teoría a la perfección. Tomar una decisión estando informada me parece esencial, sea cual sea la elección final. Solo así pueden valorarse todos los beneficios e inconvenientes.

Me hice con todos los artículos que creía que podía necesitar. Los sujetadores y pijamas que había comprado durante el embarazo estaban preparados para el periodo de lactancia. Tenía, discos de lactancia, bolsas para la congelación de leche materna… E intuyendo que mi parto sería por cesárea, me planteé cómo podría estimular la producción en caso de que no pudiera poner al bebé al pecho por alguna circunstancia. La mejor opción me pareció comprar un sacaleches eléctrico para llevar al hospital.

Antes de dar a luz me sentía completamente preparada para llevar adelante el plan que me había marcado. Tenía todos los recursos que creía necesitar y estaba segura de poder contar con ayuda si la necesitaba. Además, no sentía ninguna presión. Como he dicho antes, la lactancia materna no me ilusionaba especialmente por lo que creía que, en caso de tener que renunciar a ella, ni siquiera me lo plantearía. Pero la realidad siempre supera las expectativas, y las cosas acabaron siendo muy distintas a como yo las había imaginado… Aunque eso os lo contaré en otro post para no extenderme demasiado y no mezclar mis expectativas con la experiencia real.

¿Vosotros teníais claro que lactancia queríais instaurar desde el principio? ¿Os costó tomar la decisión? ¿Os habéis sentido juzgadas? Estaré encantada de leer vuestros comentarios.

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No es lo mismo parto vaginal que natural

Desde que empecé a tener relación con el mundo de la maternidad, observé que este era un tema sensible en el que los nervios están a flor de piel y sólo hace falta una palabra para que una mujer se sienta juzgada. Pero esto no hace que las personas sean cuidadosas, sino que los ataques a los distintos modos de proceder se recrudecen. Y lo más peligroso es que a veces se transmite la idea de que tu valor como madre es inversamente proporcional al sufrimiento o sacrificio que la maternidad te haya exigido. Es lo que yo llamo ser madre o ser MADRE.

Estos serían algunos ejemplos:

  • Si tuviste un embarazo asintomático, eres madre. Si te pasaste más de tres meses vomitando, tuviste ardores, a penas podías dormir y tus piernas no tenían nada que envidiarles a las de un elefante, eres MADRE.
  • Si tu hijo duerme toda la noche, eres madre. Si por el contrario se despierta cada hora y media, eres MADRE.
  • Si tu hijo abre la boca al ver una cuchara, eres madre. Si te pasas la tarde retirando restos de brócoli de tu cabeza, eres MADRE.
  • Si no te costó un gran esfuerzo instaurar la lactancia materna, eres madre. Si tus pechos sangraban por las grietas y has aguantado varías mastitis, eres MADRE. Si has dado biberón, eres una descendiente de Satán pero ese es otro tema.

Como os podéis imaginar, con el tipo de parto la cuestión se agudiza. El parto natural cotiza al alza. No solo te eleva a la categoría de MADRE, sino también a la de MUJER. Porque no solo tenemos que pasar dolor, sino disfrutar de él ya que forma parte de nuestra naturaleza. Sinceramente, esto último me parece absurdo. No voy a entrar a hacer un alegato a favor o en contra del uso de los fármacos porque, en primer lugar, considero que es una cuestión que atañe únicamente a la parturienta y, además, porque no es el objeto del post.

A donde quiero llegar es al fenómeno que lleva a muchas mujeres a equiparar erróneamente el parto vaginal y el parto natural, y que aprecio últimamente con mayor frecuencia.  A veces tiendo a pensar que no existe tal equivocación sino que la elección de la nomenclatura responde al afán de subirse al carro del parto natural. Pero soy consciente de mi naturaleza desconfiada, así que lo más probable es que realmente exista un verdadero desconocimiento acerca de los tipos de parto que pueden existir.

Un parto puede recibir muchas denominaciones en función del momento de la gestación en que se produzca, la forma en que se inicie, el lugar donde se lleve a cabo, etc. Pero la distinción más habitual es la que se establece en función de la vía de nacimiento. Un parto por cesárea es aquel en el que el bebé nace gracias a una intervención quirirgica abdominal. Esto no suele generar confusión. Antes solía escucharse más el término cesárea vaginal para referirse a la episiotomía, pero en la actualidad no son muchas las mujeres de mi entorno que usan esas palabras.

Lo que parece no estar tan claro es que el antónimo de cesárea no es parto natural. Un parto que no se produce por vía abdominal lo hará necesariamente por vía vaginal. ¿Pero es parto vaginal lo mismo que parto natural? No, no lo es. Un parto natural es aquel en el que la intervención médica queda limitada a la supervisión del bienestar de la madre y del bebé. El parto se desarrolla, como el propio nombre indica, de manera natural respetando los ritmos y necesidades de la mujer que va a dar a luz.

En un parto natural, por tanto, no se administrará nunca oxitocina para desencadenar o acelerar las contracciones. Tampoco se usarán medicamentos para controlar el dolor que éstas pudieran causar. Ni se realizará una episiotomía o se utilizará instrumental para favorecer la salida del bebé. En el momento en que éstas u otras intervenciones tienen lugar, el parto dejará de considerarse natural y adoptará otro nombre según las circunstancias. Será algo distinto, ni mejor ni peor.

¿Pediste la epidural a gritos porque no estabas dispuesta a aguantar un solo dolor? Bien por ti. No tuviste un parto natural, pero eso no significa nada. Aquella mujer que soportó cada contracción no es mejor que tú. Tampoco peor. Vuestro proceso fue distinto y eso no significa nada. Pero no desprecies a otra por haber tenido una cesárea, no digas que no ha parido, no frivolices acerca de su proceso… Porque tú no eres mejor que ella. Tampoco peor. Vuestros procesos fueron distintos y eso no significa nada ¿Verdad?

Reproducción asistida

¿Merece la pena?

Esta semana, aunque el post trata de reproducción asistida, voy a hablar de una cuestión mucho más personal.

Habitualmente me levanto a las 6:45 desde que empecé a trabajar. Antes de salir de casa, entro en la habitación para “despedirme” de mi hija. Ella duerme más de 11 horas seguidas y no se inmuta por mucho ruido que haga, así que me limito a observarla unos segundos, comprobar que está bien (sí, después de un año sigue asustándome que no respire bien) y marcharme con una sonrisa. Sin embargo, ayer se despertó nada más salir yo de la cama. Quizás intuía que era un día especial y quería darme la oportunidad de verla despierta.

El 16 de enero de 2017 a las 11:25 de la mañana nacía Daniela en un quirófano del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla. Ayer se cumplió un año de aquel momento y no dejé de revivir ese día. El camino hasta el hospital, los últimos monitores, el ingreso en preparto… Y me parece irreal que hayan pasado doce meses.

Pero no sólo recordé esos momentos, sino todos los que me llevaron hasta ellos. Una buena amiga me felicitó y también recordé su camino. Mientras Daniela llegaba al mundo, ella se recuperaba de otro aborto. Pero ayer, además de intercambiar los comentarios típicos de lo rápido que pasa el tiempo, también hablamos de sus preciosos mellizos recién nacidos.

La reproducción asistida es muy dura. Sólo los que hemos pasado por ahí somos plenamente conscientes del desgaste que implica. Cada mala noticia es un mazazo, algunas situaciones dejan cicatrices emocionales muy difíciles de curar y los fracasos van haciendo mella en la confianza que tenemos en nuestro propio cuerpo. Además, si los tratamientos se están desarrollando en el ámbito de la medicina privada, se suma la preocupación por el tema económico. A veces resulta imposible no preguntarse si realmente merece la pena pasar por todo esto.

En mi caso, durante un año me despertaba pensando en reproducción asistida y también a ella le dedicaba los últimos pensamientos del día. Mi vida no giraba en torno a nada más. No me permitía un sólo gasto extraordinario porque mis ahorros eran limitados y estaban reservados para hacer tratamientos y pruebas. Y cuando por fin conseguí el embarazo, no lo disfruté en absoluto porque el miedo era tan grande que ensombrecía todo lo demás. ¿Pero sabéis qué? Volvería a pasar por todo aquello mil veces con tal de tener a mi hija. Cada consulta, los negativos, mi preocupación y todas las lágrimas derramadas han merecido la pena.

No diré que desde que mi pequeña está aquí todo ha sido felicidad. Cada día toca lidiar con situaciones y personas que ponen a prueba mi capacidad de confiar en la bondad humana. Por ello, aunque mi hija es un enorme faro que ilumina cada rincón, durante este año ha habido días malos en los que la tristeza o el desasosiego han sido más grandes que la alegría. Es natural, en incluso sano. Pensar que nuestros hijos pueden en cualquier caso llenarnos de dicha implica descargar en ellos una responsabilidad demasiado grande.

Pero es cierto que su presencia ha mitigado el pesar que algunas decepciones hubieran podido producirme. Cuando la miro, pienso en lo afortunada que he sido al tenerla y en lo absurdo que resultaría no disfrutar de ello. No sería justo para ella ni para mí que otros enturbiaran lo que la vida nos ha dado.

Lo que sí puedo deciros es que aún no ha habido un día en el que no me haya alegrado de tomar la decisión de ser madre soltera justo en el momento en que lo hice. A día de hoy puedo asegurar que fue la mejor elección que he hecho nunca, y la que más satisfacciones me ha dado.

Además, la reproducción asistida también tiene muchas cosas positivas. Dentro de unos años le contaré a Daniela que, mientras esperaba a que ella llegara, me encontré con personas maravillosas con las que comparto un vínculo muy especial. Ese periodo también sirvió para que me conociera mejor. Y aproveché para aprender todo lo que pude acerca de un tema apasionante.

Por lo tanto, basándome en mi experiencia personal, os digo que sí merece la pena. Por ello os animo a todos los que estéis en este tipo de procesos a seguir adelante mientras el cuerpo, la mente y el bolsillo aguante. ¡No os rindáis!

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Decidiendo el tipo de parto (Segunda parte)

Como os contaba al final del anterior post, tras una ecografía en la semana 37 de embarazo, me quedé esperando la cita para Alto Riesgo en la que se decidiría que tipo de parto tendría. Esperé y esperé… Empecé a vigilar los movimientos del cartero y a mirar compulsivamente mi teléfono. Pero mi cita no llegaba ni por correo ni por vía telefónica. Aguanté 10 días antes de ir al hospital a informarme, y allí me dijeron que la visita estaba prevista para el 13 de enero. ¡Un sólo día antes de mi fecha probable de parto! Me fui directa a Secretaría a preguntar cómo se me había citado tan tarde y la respuesta que recibí no me convenció nada.

Un médico ya había valorado mi caso y había decidido el tipo de parto, así que no era necesario verme antes. Me parecía increíble. Ellos habían decidido sin verme, sin escucharme, sin explicarme nada y sin responder a ninguna de mis dudas. Además, consideraban asumible que me pusiera de parto sin saber la decisión. Total, ya me enteraría cuando llegara con contracciones al hospital… Me indigné porque sentía que tenía derecho a estar informada de mi proceso.

Expliqué que este tema me estaba generando muchísima tensión y que, fuera cual fuera la decisión que se hubiera tomado, yo necesitaba saberla lo antes posible para estar tranquila. Por suerte, encontré a personas empáticas que me escucharon y se comprometieron a hacer todo lo posible. A los pocos días me llamaron para decirme que la primera cita disponible era sólo 4 días antes que la anterior, pero dadas las circunstancias lo agradecí enormemente. Esperé ese día intuyendo que los médicos se habían decantado por un parto vaginal instrumental, y el 9 de enero me planté en el hospital dispuesta a hacer todas las preguntas que me rondaban por la cabeza.

Siguiendo el protocolo habitual, me tomaron la tensión y me pasaron a monitores. Mientras estaba con las correas puestas, escuché una conversación entre la ginecóloga y otra paciente que también estaba allí para que se valorara el tipo de parto. En su caso, había una cesárea previa. La sometieron a un verdadero interrogatorio. Con un tono poco amigable le preguntaron los motivos de la cesárea, el médico que la había realizado, la fecha, etc. Cuando comentó que había sido en una clínica privada, empezaron otras preguntas que sonaron a reproches (si había pedido otra opinión, por qué no se había dirigido a un centro público…). Fui testigo de como esa mujer se hacía pequeñita y sentí pena por ello. A esa chica le habían dicho que su bebé no estaba creciendo en el útero y que lo mejor era sacarlo. ¿Que debería haber hecho? Si la cesárea no había sido necesaria, el único que tiene que dar explicaciones es el médico.

Con lo que ya intuía y lo que acababa de escuchar, volví a la sala de espera convencida de que mi parto sería vaginal. Para lo que no estaba preparada es para que me llamaran a consulta y lo primero que me dijeran fuera “bueno, ¿ya te hemos explicado por que es mucho mejor un parto vaginal no?”. Fue como si encendieran la mecha de un petardo. Les dije que a mi nadie me había explicado nada. Que todo lo que sabía respecto a partos naturales, instrumentales o por cesárea era porque me había preocupado en investigarlo, y que precisamente esa era la razón de que estuviera allí ese día. Estaba tan mosqueada que no recuerdo con exactitud toda la conversación, pero sé que en un momento dado me sentí atacada. Yo no me hice pequeñita, sino que planté mi carpeta llena de papeles sobre la mesa y dije “me da igual el tipo de parto, de hecho lo preferiría vaginal. No soy médico, sé que los profesionales sois vosotros y lo que decidais me parecerá bien. Pero quiero que la decisión la toméis valorando realmente mi caso y necesito que digais que hay garantías de que todo saldrá bien”.

Dudo que mi discurso les hiciera cambiar de opinión, pero al menos pararon los ataques. Pasé a la zona donde estaba el ecografo y vi por primera vez a la ginecologa que llevaba la voz cantante. Cuando me estaba preparando, me hizo preguntas sobre mi historial y el embarazo. Le conté que había pasado un año en reproducción asistida, que había tenido un aborto, las pruebas que me había hecho… Una vez que empezaron con la ecografía observé que las dos ginecólogas se miraban entre ellas. Empecé a preocuparme. Creo que todas las embarazadas nos ponemos en lo peor cuando vemos a medicos guardar silencio con cara de circunstancias. Me preguntaron que tal me había ido el test O’Sullivan y les dije que muy bien, pero aún así comprobaron el resultado.

Entonces sospeché lo que ocurría. En contra de lo que me habían dicho durante casi todo el embarazo, Daniela era una niña grande. Sus medidas aquel día (39+2) eran las siguientes: perímetro craneal de 352 mm, diámetro biparietal de 97 mm, longitud del fémur de 68,2 mm, circunferencia abdominal de 369 mm y estimación de peso de 3800 g.

Me pasaron al potro para hacer un tacto y, una vez acabaron, me dijeron que me esperaban fuera para hablar.

Mi parto iba a ser por cesárea. Un parto vaginal tan limitado como debía ser el mio no era muy compatible con un bebé de ese tamaño. Daniela no correría riesgos, pero mi vista sí. La ginecóloga hizo hincapié además en que era un embarazo conseguido tras varios tratamientos de reproducción asistida. Imagino que lo que intentaba decirme es que ya llevaba la mochila bastante cargada como para añadir un parto bajo tensión.

Y, por primera vez, reconocieron que iban tarde. Tenían que pedir pruebas de anestesia, así que no podrían programar nada esa semana. Me dieron una carta que llevar a urgencias en caso de que el parto se iniciara espontáneamente y me citaron para una semana más tarde. En esa ocasión debería acudir en ayunas por si me dejaban ingresada.

Salí de aquella consulta con una tranquilidad que me era desconocida en mi embarazo. Ya sólo había que esperar un poco…

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Decidiendo el tipo de parto (Primera parte)

El título del post no se refiere en ningún caso a que opción elegir. Siempre que no existan contraindicaciones, el parto vaginal es la única vía que médicos y embarazadas deberían plantearse. Los riesgos y beneficios son tan distintos en cada tipo de parto que me parece increíble que haya casos en que la decisión no responda a criterios estrictamente médicos. De lo que quiero hablar hoy es de como me marearon durante el embarazo, y de la ansiedad que este tema me generó.

A lo largo de mi vida he tenido diversos problemas médicos que me han llevado a pasar por una decena de operaciones. Los más relevantes de cara a un embarazo eran mis problemas de cervicales, de los que me intervinieron en 2014. Como paso previo a iniciar los tratamientos, la clínica de fertilidad me pidió un informe en el que mi neurocirujano certificara que un embarazo no comprometía mi salud. Aprovechando que tenía que hacer el trámite, solicité otro informe al oftalmólogo pues intuía que lo necesitaría cuando fuera necesario valorar el tipo de parto.

Con seis años tuve varios desprendimientos de retina que me llevaron a pasar en tres ocasiones por el quirófano. Ahora mismo conservo la visión, y bastante disminuida, en un solo ojo. Tengo miopía magna, astigmatismo, un glaucoma… Vamos, que el estado general de mis ojos es lamentable.

Mi neurocirujano, que es un profesional de la cabeza a los pies, hizo el informe en menos de lo que canta un gallo. Seguramente no le llevó más de cinco minutos, pero tenía toda la información que yo necesitaba: no había contraindicación para un embarazo ni para un parto vaginal. Mi oftalmólogo fue harina de otro costal. Es el típico médico que considera que su labor acaba en el quirófano y, si ya las consultas las pasa de mala gana, no os quiero ni contar lo que debe parecerle redactar un informe. No conseguí el documento hasta quince meses después, y cuando lo tuve en la mano era tan malo que no pude utilizarlo. Ni siquiera el número de operaciones a las que me había sometido era correcto.

Desde la primera visita a la matrona en la semana 8 de embarazo hasta la mitad del mismo, la cesárea se veía como la opción más clara. En la primera ecografía que realiza la Seguridad Social, en la semana 12, la ginecóloga que me atendió me explicó que no debía preocuparme. Llevaría un seguimiento del embarazo normal hasta que en la ecografía de la semana 32 me remitieran a Alto Riesgo, donde se encargarían de programarlo todo. Sin embargo, en la ecografía morfológica de las 20 semanas me encontré con un discurso distinto. El ginecólogo opinaba que no había ninguna contraindicación para el parto vaginal y, salvo que aportara un informe del oftalmólogo que indicara lo contrario, ni siquiera valorarían otra opción.

Ahí fue donde empecé a asustarme porque los oftalmólogos me habían dicho que era mejor una cesárea, porque mi matrona había dado por hecho que sería una cesárea y porque a varios ginecologos les había ocurrido lo mismo. La opinión no era unánime y yo segía sin el informe que había solicitado hacía ya mas de un año y que ahora me resultaba imprescindible.

Tras recibir el horrible informe que comentaba antes, empecé a plantearme acudir a un oftalmólogo privado que me valorara. Pero tampoco me parecía una buena solución. Tenía la sensación de que así conseguiría el papel que necesitaba, pero que la valoración no sería tan buena como la que podía hacer un médico que tuviera acceso a todo mi historial médico. Y yo quería una opinión objetiva porque prefería un parto vaginal, pero solo si un profesional me aseguraba que no había riesgos para mi salud. Por suerte, otra oftalmóloga me valoró en la semana 29 de embarazo y emitió un informe en el que se detallaban mis patologías y se recomendaba a los ginecólogos evitar maniobras de Valsalva por riesgo de hemorragia intraocular. Con ese papel mi matrona me dijo que la cesárea estaba más que cantada. Pero a estas alturas yo no daba nada por sentado.

En la eco de las 32 semanas volví con mi informe esperando, tal y como me habían dicho al principio del embarazo, que ese mismo día me remitieran a Alto Riesgo. De nuevo la versión oficial cambió, no me mandarían hasta la semana 37 y entonces tendría que esperar un par de semanas más a que la cita llegara. ¡Y las fiestas navideñas por medio! A estas alturas estaba atacada. Me daba autentico pavor ponerme de parto sin que me hubieran dicho como iba a parir.

Un par de semanas después visité las instalaciones del hospital en el que daría a luz. De nuevo matronas y anestesistas me dijeron que me fuera haciendo la idea de que mi parto sería por cesárea. Me tranquilizaron diciendome que Alto Riesgo podía programarlo todo de un día para otro y que, si me ponía de parto, fuera con mi informe a urgencias y ellos sabrían que hacer.

Así llegué a la ecografía de la semana 37. La ginecóloga que me atendió aquel día me dijo que un parto instrumental era compatible con las indicaciones de la oftalmóloga y preferible a una cesárea, pero que la decisión final era de Alto Riesgo. A mí aquello no me sonaba mal. Aunque un parto instrumental tiene sus riesgos, son menores que los de una cesárea. Además no implicaría separarme de mi hija una vez que naciera. Hubiera salido muy contenta de aquella consulta si no hubiera tenido que escuchar “tu hija está en percentil 89, ahora entiendo porque no quieres parir”. Aquello me dejo planchada, en primer lugar, porque durante todo el embarazo me habían dicho que Daniela era pequeñita y, en segundo lugar, porque se acababa de presuponer que yo quería una cesárea.

Me sentí juzgada. Claro que prefería un parto vaginal ¿quién no? Pero llevaba meses luchando para que alguien me dijera si eso suponía o no un riesgo para mi vista y, a menos de tres semanas de mi fecha probable de parto, no había conseguido una valoración. Yo no estaba pidiendo una cesárea, estaba pidiendo información.

También sentí miedo. Nunca había temido el momento del parto. Ya había manejado otras situaciones donde el dolor era el protagonista y, en lo que respecta a Daniela, confiaba en la actuación de los médicos y sabía que actuarían con rapidez si algo le ocurría. Pero ahora me aterrorizaba que la elección de un parto vaginal se hiciera sólo por la reticencia actual a realizar cesáreas y eso acabara teniendo repercusiones para mi. No dejaba de pensar en que pasaría si perdía la poca visión que me quedaba. ¿Después de luchar tanto ni siquiera iba a ver a mi hija?

Con todo eso en la cabeza, me quedé esperando la cita para Alto Riesgo, esperando que por fin se tomara una decisión en un sentido u otro…

 

Reproducción asistida

Mi aborto bioquímico (Primera parte)

Hoy no es un día cualquiera para mí. Pequeño invasor, nombre con el que bauticé a mi primer embrión transferido, podría estar celebrando su primer cumpleaños ya que el 6 de noviembre de 2016 era la fecha probable de parto en mi primer embarazo. Hablar en los términos en los que voy a hacerlo no es fácil.

Es frecuente oírme decir que sufrí un aborto, pero raramente entro en detalles y podría decirse que nunca expreso como me siento respecto a ello. ¿Por qué voy a hacerlo hoy aquí? Porque es la única manera que tengo de responder a todos aquellos que en algún momento sugirieron que debía ocultar esta parte de mi vida. Y voy a hacerlo de tal manera que no tengo suficiente con una entrada.

¿Qué es un aborto bioquímico?

Hablamos de aborto bioquímico cuando hay implantación en el útero pero el desarrollo embrionario se para en una fase tan temprana que el embarazo no llega a ser detectable por ecografía. Esto ocurre con mucha más frecuencia de la que creemos, pero en ocasiones las mujeres que lo sufren no llegan a enterarse.

Es un aborto que no deja señales físicas, a lo sumo una regla más abundante y dolorosa de lo normal. Si no se realiza un test de embarazo en el momento en que la hormona β-hCG es detectable, se pensará que es un simple retraso. El escaso conocimiento de este tipo de aborto lleva incluso a algunas mujeres a pensar que el test que les dio positivo estaba defectuoso.

En reproducción asistida estos abortos no pasan desapercibidos porque las pruebas de embarazo se realizan de manera temprana y a través de análisis de sangre (mucho más precisos que los de orina). Normalmente estos embarazos comienzan con betas bajas que suben irregularmente y que en un momento dado comienzan a decrecer. No fue mi caso, pero ya hablaremos de eso más adelante.

¿Cuál fue mi experiencia?

Pequeño invasor era un buen embrión, para mí era perfecto. He vivido cuatro betaesperas y sólo la de este tratamiento la recuerdo con buen sabor de boca. Estaba segura de que por fin tendría mi positivo. Sólo aguanté una semana para realizar el primer test de embarazo. Esperaba un negativo porque era muy pronto para ver otra cosa, pero apareció una línea tenue que confirmaba que estaba embarazada. Después de ese test vinieron muchos más (de tiras, de cassette, digitales), pero sabía que el definitivo era el análisis de sangre en la fecha programada por la clínica.

El resultado fue muy bueno. Mis niveles de β-hCG eran de 349 mUI/ml en día 16 de vida embrionaria, más del triple de lo que mi clínica consideraba suficiente para dar por confirmado el embarazo. Por eso no era necesario volver a repetir el análisis y me citaron directamente para el seguimiento ecográfico. Aunque estaba nerviosa y sentía miedo, porque cualquier persona en este tipo de proceso lo siente, confiaba en que todo iría bien. A mí me habían pasado ya demasiadas cosas, no iba a sumar un aborto a mi historial.

Me equivocaba. Seis días después me desperté de la siesta temblando de frío. El malestar duró una media hora, pero fue suficiente para que intuyera que algo no iba bien. Todo el mundo decía que no me preocupara, que todo iba bien. Yo misma pensaba que mi mente me estaba jugando una mala pasada y por eso, aunque decidí repetir la prueba de embarazo, no me desplacé a Sevilla para tener los resultados el mismo día. Esperé al lunes y me quedé en un laboratorio de mi ciudad en el que los resultados tardaban 48 horas. Pasé aquellos días entre el miedo por lo que intuía y la culpabilidad por no estar disfrutando cada momento de mi embarazo.

El miércoles, 9 de marzo, podía ir a recoger el resultado. Para entonces ya me había convencido de que me estaba sugestionando por el miedo y en realidad no ocurría nada. En el laboratorio no había comentado que ya tenía un análisis anterior que confirmaba el embarazo, no tenía ganas de volver a escuchar que me preocupaba innecesariamente. Las palabras que escuché al entrar allí me perseguirán siempre: “¡Enhorabuena! Estás embarazada. Tu beta es de 189”. No hay nada más desgarrador que fingir una sonrisa y dar las gracias justo en el instante en que descubres que estás abortando.

Salí de aquel laboratorio con el sobre en la mano, y solo cuando había caminado unos metros me atreví a abrirlo. Allí estaba el número que confirmaba que algo no había ido bien. Al levantar la vista de aquel folio, me encontré con el primer familiar al que tuve que decirle que todo había acabado. En honor a la verdad, quien lo dijo fue mi madre porque yo no encontraba las palabras. Caminé varios metros más hasta que encontré un portal desde el que poder llamar a mi clínica. Expliqué como pude lo que había ocurrido y pedí que le pasaran una nota a mi médico. Me comportaba como una autómata, nunca he invertido tantos esfuerzos en bloquear mis sentimientos. Pero sentía que tenía que zanjar todo aquello antes de dejarme caer.

Me devolvieron la llamada un par de horas más tarde. La información no se había transmitido bien y tuve que volver a escuchar una enhorabuena que esta vez corté de manera radical (tuve que disculparme unos días más tarde). Una vez quedó claro lo que estaba ocurriendo, me pidieron que fuera a la clínica para una nueva analítica que confirmara el pronóstico. Allí los resultados tardarían apenas 2 horas. El camino hasta la clínica me pareció interminable. Ni siquiera recuerdo quien realizó la extracción ni que me dijeron.

Volví a casa esperando recibir una nueva llamada. A estas alturas el nudo que tenía en la garganta casi me ahogaba. Solo podía pensar “aguanta un poco más, podrás hundirte cuando cuelgues”. En torno a las 20:00 horas sonó el teléfono y recibí las noticias que esperaba. La beta seguía bajando, ya estaba en 109, tenía que dejar la medicación y volver en unos días para repetir la analítica y comprobar que los valores seguían decreciendo. Colgué, fui al salón a contarle a mis padres lo que me habían dicho y por fin rompí a llorar. Mi embarazo había acabado. Sumaba un aborto a mi larga lista de infortunios.