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No es lo mismo parto vaginal que natural

Desde que empecé a tener relación con el mundo de la maternidad, observé que este era un tema sensible en el que los nervios están a flor de piel y sólo hace falta una palabra para que una mujer se sienta juzgada. Pero esto no hace que las personas sean cuidadosas, sino que los ataques a los distintos modos de proceder se recrudecen. Y lo más peligroso es que a veces se transmite la idea de que tu valor como madre es inversamente proporcional al sufrimiento o sacrificio que la maternidad te haya exigido. Es lo que yo llamo ser madre o ser MADRE.

Estos serían algunos ejemplos:

  • Si tuviste un embarazo asintomático, eres madre. Si te pasaste más de tres meses vomitando, tuviste ardores, a penas podías dormir y tus piernas no tenían nada que envidiarles a las de un elefante, eres MADRE.
  • Si tu hijo duerme toda la noche, eres madre. Si por el contrario se despierta cada hora y media, eres MADRE.
  • Si tu hijo abre la boca al ver una cuchara, eres madre. Si te pasas la tarde retirando restos de brócoli de tu cabeza, eres MADRE.
  • Si no te costó un gran esfuerzo instaurar la lactancia materna, eres madre. Si tus pechos sangraban por las grietas y has aguantado varías mastitis, eres MADRE. Si has dado biberón, eres una descendiente de Satán pero ese es otro tema.

Como os podéis imaginar, con el tipo de parto la cuestión se agudiza. El parto natural cotiza al alza. No solo te eleva a la categoría de MADRE, sino también a la de MUJER. Porque no solo tenemos que pasar dolor, sino disfrutar de él ya que forma parte de nuestra naturaleza. Sinceramente, esto último me parece absurdo. No voy a entrar a hacer un alegato a favor o en contra del uso de los fármacos porque, en primer lugar, considero que es una cuestión que atañe únicamente a la parturienta y, además, porque no es el objeto del post.

A donde quiero llegar es al fenómeno que lleva a muchas mujeres a equiparar erróneamente el parto vaginal y el parto natural, y que aprecio últimamente con mayor frecuencia.  A veces tiendo a pensar que no existe tal equivocación sino que la elección de la nomenclatura responde al afán de subirse al carro del parto natural. Pero soy consciente de mi naturaleza desconfiada, así que lo más probable es que realmente exista un verdadero desconocimiento acerca de los tipos de parto que pueden existir.

Un parto puede recibir muchas denominaciones en función del momento de la gestación en que se produzca, la forma en que se inicie, el lugar donde se lleve a cabo, etc. Pero la distinción más habitual es la que se establece en función de la vía de nacimiento. Un parto por cesárea es aquel en el que el bebé nace gracias a una intervención quirirgica abdominal. Esto no suele generar confusión. Antes solía escucharse más el término cesárea vaginal para referirse a la episiotomía, pero en la actualidad no son muchas las mujeres de mi entorno que usan esas palabras.

Lo que parece no estar tan claro es que el antónimo de cesárea no es parto natural. Un parto que no se produce por vía abdominal lo hará necesariamente por vía vaginal. ¿Pero es parto vaginal lo mismo que parto natural? No, no lo es. Un parto natural es aquel en el que la intervención médica queda limitada a la supervisión del bienestar de la madre y del bebé. El parto se desarrolla, como el propio nombre indica, de manera natural respetando los ritmos y necesidades de la mujer que va a dar a luz.

En un parto natural, por tanto, no se administrará nunca oxitocina para desencadenar o acelerar las contracciones. Tampoco se usarán medicamentos para controlar el dolor que éstas pudieran causar. Ni se realizará una episiotomía o se utilizará instrumental para favorecer la salida del bebé. En el momento en que éstas u otras intervenciones tienen lugar, el parto dejará de considerarse natural y adoptará otro nombre según las circunstancias. Será algo distinto, ni mejor ni peor.

¿Pediste la epidural a gritos porque no estabas dispuesta a aguantar un solo dolor? Bien por ti. No tuviste un parto natural, pero eso no significa nada. Aquella mujer que soportó cada contracción no es mejor que tú. Tampoco peor. Vuestro proceso fue distinto y eso no significa nada. Pero no desprecies a otra por haber tenido una cesárea, no digas que no ha parido, no frivolices acerca de su proceso… Porque tú no eres mejor que ella. Tampoco peor. Vuestros procesos fueron distintos y eso no significa nada ¿Verdad?

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Los libros no se escriben solos

Hoy voy a hablaros de Los libros no se escriben solos: crónica de una depresión preparto y un posparto inesperado. Este es el título con el que Eva Álvarez publicaba su segundo libro. No es una carta de presentación típica para un volumen sobre maternidad ¿verdad? Pues bien, el contenido tampoco lo es.

Sinopsis: A veces, esperamos algo con tanta ilusión que lo último que imaginamos es cómo un sueño tan deseado se puede torcer drásticamente. La depresión preparto, esa gran desconocida. Un posparto accidentado. El cóctel entre la decepción y la resiliencia.

«Todo el que, deliberadamente, le provoca una situación angustiosa a una mujer embarazada no merece la categoría de ser humano ni tiene derecho al aire que respira».

¡Y tanto que la depresión preparto es una gran desconocida! Puede que con suerte hayamos oído el término (no es un tema recurrente en las clases de preparación al parto ni en las revistas sobre maternidad), pero dudo mucho que hayáis escuchado a muchas mujeres hablar abiertamente de ella. Y es que, al igual que ocurre con la depresión posparto o el duelo gestacional, hay una importante invisibilización que no ayuda a nadie.

Por eso es tan importante lo que Eva Álvarez nos cuenta. En el libro nos habla de su propia experiencia, de como un embarazo deseado no siempre colma de alegría a la gestante. Lo hace, como ella misma dice, vaciando de bilis las entrañas. En un tema como este, donde el mensaje ha de ser contundente, los artificios no conducen a ninguna parte. Por eso la extensión del libro, de 53 páginas resulta ideal.

«¿Y si hago lo propio? ¿Si me pongo yo a humillar a quien, por
envidia o la razón que sea, me utiliza como blanco de sus burlas?»

El libro me ha encantado. Seguramente se deba a que en más de un momento me he sentido identificada con Eva, y no sólo porque ella se planteara ser madre soltera a través de la reproducción asistida. Mi embarazo tampoco fue fácil. Me acostumbré a vivir con el miedo y la sensación de angustia permanente. No disfruté como me hubiera gustado hacerlo, y a veces me sentí juzgada por ello.

Y es que en estos casos el entorno juega un papel muy importante. Eva tuvo la mala suerte de tener al enemigo demasiado cerca. Algunas situaciones que describe son demasiado extremas, nadie en su sano juicio intentaría la defensa de la parte contraria. Pero otras tantas son mucho más corrientes, tanto que la sociedad mira de reojo al que no las tolera.

Bromear con el nombre elegido por unos padres, cuestionar el tipo de parto elegido, pasar por encima del deseo de la recién parida a no recibir visitas en el hospital, aguantar la infantilización por parte del personal sanitario… ¿Qué mujer que haya sido madre puede decir que se ha librado de todo esto?

«La sensación de paz, cuando se da un paso así tras tanto tiempo
aguantando mierdas, en el momento en que tu vulnerabilidad
comienza a remitir y vuelves a ser tú, es completamente impagable».

Pero en este relato no sólo encontramos malos momentos, sino también una historia de superación. Y es que a veces la luz se abre paso y somos capaces de recomponer esa parte de nosotros que se había roto. El proceso no siempre es fácil. A veces implica dejar a algunas personas por el camino, pero se llega más lejos viajando sin lastre.

Antes de acabar quiero resaltar que es esencial que el contenido de un libro sea interesante, pero también lo es que venga respaldado por un buen título y una portada atractiva. En este caso tenemos todos los ingredientes. Como he dicho al comienzo, este no es un libro típico de maternidad y me gusta mucho que su imagen externa no caiga en los tópicos de aquella.

¿Os apetece leer Los libros no se escriben solos? Ahora es buen momento. Hasta el próximo 14 de febrero podréis encontrarlo en Amazon por tan solo 2,99€ en formato Kindle y 4,94€ en papel (gastos de envío incluidos).

portada los libros no se escriben solos

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Los primeros regalos de Navidad para Daniela

Estas navidades están siendo las primeras para Daniela y, aunque ella aún es pequeña y en el futuro no va a recordar nada, intento que todo tenga un significado especial. Para mí es importante conservar testimonio gráfico de las nuevas experiencias que está viviendo sobre todo en esta primera etapa de su vida que no podrá recordar por si misma. Por eso el 25 de diciembre empaqueté los juguetes que habíamos comprado semanas atrás y, a falta de árbol de Navidad, preparé con cojines un rinconcito donde ella pudiera disfrutar abriéndolos.

Si bien son regalos de Navidad por el momento en que se los he entregado, no los compré con estas fechas en mente. Tenía claro el tipo de juguete que quería y fui a por ellos sin más. Bien podía habérselos dado inmediatamente o haber esperado a su cumpleaños. Pero las circunstancias han hecho que estos sean los primeros obsequios de Papa Noel.

Diseño sin título

Tren de actividades, de Bruin

Este era el regalo cuyo concepto más claro tenía, pero que más me costó encontrar. Los juguetes pequeños, con diferentes texturas y que emiten luz y sonido me parecen ideales para bebés de la edad de Daniela. Ella aún no anda, ni tiene fuerza para sostener juguetes pesados. Además en invierno no siempre puede estar en el parque o en el puzzle de goma eva. Por eso algo manejable era una buena elección porque podría entretenerse con él aunque tuviera que estar sentada en su trona o hamaca.

El problema es que todos los juguetes que encontraba de este estilo me parecían muy básicos. Algunos mini moviles-tablets-ordenador que vi tenían a mi juicio un diseño muy apagado teniendo en cuenta la edad para la que estaban recomendados. En otros casos lo que me faltaba era variedad en los sonidos o las texturas. Reconozco que miraba los juguetes con los ojos de una adulta de 27 años y no con los de un bebé de 11 meses, y por eso todo me parecía poco atractivo. Pero hasta que Daniela escriba su carta a los Reyes Magos me toca a mí elegir y me niego a comprar algo que no me convenza.

Al final encontré lo que buscaba. Este tren de actividades tiene unos colores agradables, variedad de sonidos, melodías musicales, texturas, luces en la chimenea, acción de desplazamiento y un asa que lo hace muy manejable. A Daniela le encanta. Casi hubo que arrancárselo de las manos para sacarlo de la caja. Se entretiene muchísimo y lo aporrea que da gusto. Es curioso ver como los bebés muestran sus preferencias desde tan pequeños. Mi hija siente predilección por el mono y es ese sonido el que repite una y otra vez.

Correpasillos, de Globo

Aunque no parece que Daniela vaya a andar próximamente, yo tenía clarísimo que quería un correpasillos de este tipo para ella. Otros modelos tienen mejores actividades en su parte frontal y un diseño más atractivo, pero yo quería que fuera un correpasillos en el que pudiera sentarse. Creo que las habilidades que se desarrollan a través de esas actividades ya estaban cubiertas gracias a los otros juguetes. Lo que buscaba con el correpasillos era invitar a Daniela a ejercitar su motricidad gruesa de la manera más completa posible, y creo que este es el tipo de correpasillos adecuado para ello ya que el bebé puede desplazarse con el de múltiples formas.

Estaba mirando modelos cuando, gracias a Bopki, tuve la oportunidad de probar Showroomprive.es (página web donde se pueden encontrar productos de primeras marcas con unos descuentos importantes). Navegando por el portal encontré este correpasillos. Tenía todo lo que yo buscaba y, con el descuento que me habían ofrecido, sólo tenía que pagar tres euros más gastos de envío. La contrapartida era que no podía elegir el color, pero me parecía un detalle menor teniendo en cuenta que tampoco había encontrado otros diseños que me convencieran al 100%.

Tuve suerte y me llegó en el color que más me gustaba. Después de montarlo y pegarle las pegatinas, se lo acercamos a Daniela y probamos a montarla en él. En un primer momento, se mostró recelosa e hizo ademán de llorar. Comenzó a entusiasmarse una vez que le enseñamos que con él podía avanzar. Incluso intentó impulsarle ella sola hacia adelante, pero era muy pronto para que le hubiera pillado el truco. Como he dicho antes, no hay signos de que la peque vaya a andar pronto por lo que no sé cuando empezará a darle un uso intensivo al correpasillos, pero mi impresión es que va a convertirse en uno de sus juguetes favoritos.

Robita Robotita, de Fisher Price

Esto ha sido un capricho mío. El año pasado me enamoré de este robot cuando buscaba regalos para mi sobrino. Él tenía entonces un año y no me pareció un juguete adecuado a esa edad, aunque la recomendación del fabricante va desde los 9 hasta los 36 meses. Tampoco me parece por tanto el juguete más práctico para Daniela. Pero que se le va a hacer… no he podido resistirme.

Lo más característico del robot es su barriga cubierta por luces LED que cambian de color a la vez que suena la música. También se pone a ‘bailar’ e invita al bebé a seguirlo, y puedes decirle una frase para que la reproduzca. Me imagino que si a mí me parece un juguete bonito y gracioso, para ellos debe ser una experiencia sensorial tremenda.

Ahora mismo Dani tiene juguetes de sobra así que Robita Robotita se quedará decorando su estantería y más adelante, cuando haya disfrutado de otros regalos y tenga más desarrolladas sus capacidades, se la bajaré para que la disfrute. O quizás me la apropie definitivamente…

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Decidiendo el tipo de parto (Segunda parte)

Como os contaba al final del anterior post, tras una ecografía en la semana 37 de embarazo, me quedé esperando la cita para Alto Riesgo en la que se decidiría que tipo de parto tendría. Esperé y esperé… Empecé a vigilar los movimientos del cartero y a mirar compulsivamente mi teléfono. Pero mi cita no llegaba ni por correo ni por vía telefónica. Aguanté 10 días antes de ir al hospital a informarme, y allí me dijeron que la visita estaba prevista para el 13 de enero. ¡Un sólo día antes de mi fecha probable de parto! Me fui directa a Secretaría a preguntar cómo se me había citado tan tarde y la respuesta que recibí no me convenció nada.

Un médico ya había valorado mi caso y había decidido el tipo de parto, así que no era necesario verme antes. Me parecía increíble. Ellos habían decidido sin verme, sin escucharme, sin explicarme nada y sin responder a ninguna de mis dudas. Además, consideraban asumible que me pusiera de parto sin saber la decisión. Total, ya me enteraría cuando llegara con contracciones al hospital… Me indigné porque sentía que tenía derecho a estar informada de mi proceso.

Expliqué que este tema me estaba generando muchísima tensión y que, fuera cual fuera la decisión que se hubiera tomado, yo necesitaba saberla lo antes posible para estar tranquila. Por suerte, encontré a personas empáticas que me escucharon y se comprometieron a hacer todo lo posible. A los pocos días me llamaron para decirme que la primera cita disponible era sólo 4 días antes que la anterior, pero dadas las circunstancias lo agradecí enormemente. Esperé ese día intuyendo que los médicos se habían decantado por un parto vaginal instrumental, y el 9 de enero me planté en el hospital dispuesta a hacer todas las preguntas que me rondaban por la cabeza.

Siguiendo el protocolo habitual, me tomaron la tensión y me pasaron a monitores. Mientras estaba con las correas puestas, escuché una conversación entre la ginecóloga y otra paciente que también estaba allí para que se valorara el tipo de parto. En su caso, había una cesárea previa. La sometieron a un verdadero interrogatorio. Con un tono poco amigable le preguntaron los motivos de la cesárea, el médico que la había realizado, la fecha, etc. Cuando comentó que había sido en una clínica privada, empezaron otras preguntas que sonaron a reproches (si había pedido otra opinión, por qué no se había dirigido a un centro público…). Fui testigo de como esa mujer se hacía pequeñita y sentí pena por ello. A esa chica le habían dicho que su bebé no estaba creciendo en el útero y que lo mejor era sacarlo. ¿Que debería haber hecho? Si la cesárea no había sido necesaria, el único que tiene que dar explicaciones es el médico.

Con lo que ya intuía y lo que acababa de escuchar, volví a la sala de espera convencida de que mi parto sería vaginal. Para lo que no estaba preparada es para que me llamaran a consulta y lo primero que me dijeran fuera “bueno, ¿ya te hemos explicado por que es mucho mejor un parto vaginal no?”. Fue como si encendieran la mecha de un petardo. Les dije que a mi nadie me había explicado nada. Que todo lo que sabía respecto a partos naturales, instrumentales o por cesárea era porque me había preocupado en investigarlo, y que precisamente esa era la razón de que estuviera allí ese día. Estaba tan mosqueada que no recuerdo con exactitud toda la conversación, pero sé que en un momento dado me sentí atacada. Yo no me hice pequeñita, sino que planté mi carpeta llena de papeles sobre la mesa y dije “me da igual el tipo de parto, de hecho lo preferiría vaginal. No soy médico, sé que los profesionales sois vosotros y lo que decidais me parecerá bien. Pero quiero que la decisión la toméis valorando realmente mi caso y necesito que digais que hay garantías de que todo saldrá bien”.

Dudo que mi discurso les hiciera cambiar de opinión, pero al menos pararon los ataques. Pasé a la zona donde estaba el ecografo y vi por primera vez a la ginecologa que llevaba la voz cantante. Cuando me estaba preparando, me hizo preguntas sobre mi historial y el embarazo. Le conté que había pasado un año en reproducción asistida, que había tenido un aborto, las pruebas que me había hecho… Una vez que empezaron con la ecografía observé que las dos ginecólogas se miraban entre ellas. Empecé a preocuparme. Creo que todas las embarazadas nos ponemos en lo peor cuando vemos a medicos guardar silencio con cara de circunstancias. Me preguntaron que tal me había ido el test O’Sullivan y les dije que muy bien, pero aún así comprobaron el resultado.

Entonces sospeché lo que ocurría. En contra de lo que me habían dicho durante casi todo el embarazo, Daniela era una niña grande. Sus medidas aquel día (39+2) eran las siguientes: perímetro craneal de 352 mm, diámetro biparietal de 97 mm, longitud del fémur de 68,2 mm, circunferencia abdominal de 369 mm y estimación de peso de 3800 g.

Me pasaron al potro para hacer un tacto y, una vez acabaron, me dijeron que me esperaban fuera para hablar.

Mi parto iba a ser por cesárea. Un parto vaginal tan limitado como debía ser el mio no era muy compatible con un bebé de ese tamaño. Daniela no correría riesgos, pero mi vista sí. La ginecóloga hizo hincapié además en que era un embarazo conseguido tras varios tratamientos de reproducción asistida. Imagino que lo que intentaba decirme es que ya llevaba la mochila bastante cargada como para añadir un parto bajo tensión.

Y, por primera vez, reconocieron que iban tarde. Tenían que pedir pruebas de anestesia, así que no podrían programar nada esa semana. Me dieron una carta que llevar a urgencias en caso de que el parto se iniciara espontáneamente y me citaron para una semana más tarde. En esa ocasión debería acudir en ayunas por si me dejaban ingresada.

Salí de aquella consulta con una tranquilidad que me era desconocida en mi embarazo. Ya sólo había que esperar un poco…

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Decidiendo el tipo de parto (Primera parte)

El título del post no se refiere en ningún caso a que opción elegir. Siempre que no existan contraindicaciones, el parto vaginal es la única vía que médicos y embarazadas deberían plantearse. Los riesgos y beneficios son tan distintos en cada tipo de parto que me parece increíble que haya casos en que la decisión no responda a criterios estrictamente médicos. De lo que quiero hablar hoy es de como me marearon durante el embarazo, y de la ansiedad que este tema me generó.

A lo largo de mi vida he tenido diversos problemas médicos que me han llevado a pasar por una decena de operaciones. Los más relevantes de cara a un embarazo eran mis problemas de cervicales, de los que me intervinieron en 2014. Como paso previo a iniciar los tratamientos, la clínica de fertilidad me pidió un informe en el que mi neurocirujano certificara que un embarazo no comprometía mi salud. Aprovechando que tenía que hacer el trámite, solicité otro informe al oftalmólogo pues intuía que lo necesitaría cuando fuera necesario valorar el tipo de parto.

Con seis años tuve varios desprendimientos de retina que me llevaron a pasar en tres ocasiones por el quirófano. Ahora mismo conservo la visión, y bastante disminuida, en un solo ojo. Tengo miopía magna, astigmatismo, un glaucoma… Vamos, que el estado general de mis ojos es lamentable.

Mi neurocirujano, que es un profesional de la cabeza a los pies, hizo el informe en menos de lo que canta un gallo. Seguramente no le llevó más de cinco minutos, pero tenía toda la información que yo necesitaba: no había contraindicación para un embarazo ni para un parto vaginal. Mi oftalmólogo fue harina de otro costal. Es el típico médico que considera que su labor acaba en el quirófano y, si ya las consultas las pasa de mala gana, no os quiero ni contar lo que debe parecerle redactar un informe. No conseguí el documento hasta quince meses después, y cuando lo tuve en la mano era tan malo que no pude utilizarlo. Ni siquiera el número de operaciones a las que me había sometido era correcto.

Desde la primera visita a la matrona en la semana 8 de embarazo hasta la mitad del mismo, la cesárea se veía como la opción más clara. En la primera ecografía que realiza la Seguridad Social, en la semana 12, la ginecóloga que me atendió me explicó que no debía preocuparme. Llevaría un seguimiento del embarazo normal hasta que en la ecografía de la semana 32 me remitieran a Alto Riesgo, donde se encargarían de programarlo todo. Sin embargo, en la ecografía morfológica de las 20 semanas me encontré con un discurso distinto. El ginecólogo opinaba que no había ninguna contraindicación para el parto vaginal y, salvo que aportara un informe del oftalmólogo que indicara lo contrario, ni siquiera valorarían otra opción.

Ahí fue donde empecé a asustarme porque los oftalmólogos me habían dicho que era mejor una cesárea, porque mi matrona había dado por hecho que sería una cesárea y porque a varios ginecologos les había ocurrido lo mismo. La opinión no era unánime y yo segía sin el informe que había solicitado hacía ya mas de un año y que ahora me resultaba imprescindible.

Tras recibir el horrible informe que comentaba antes, empecé a plantearme acudir a un oftalmólogo privado que me valorara. Pero tampoco me parecía una buena solución. Tenía la sensación de que así conseguiría el papel que necesitaba, pero que la valoración no sería tan buena como la que podía hacer un médico que tuviera acceso a todo mi historial médico. Y yo quería una opinión objetiva porque prefería un parto vaginal, pero solo si un profesional me aseguraba que no había riesgos para mi salud. Por suerte, otra oftalmóloga me valoró en la semana 29 de embarazo y emitió un informe en el que se detallaban mis patologías y se recomendaba a los ginecólogos evitar maniobras de Valsalva por riesgo de hemorragia intraocular. Con ese papel mi matrona me dijo que la cesárea estaba más que cantada. Pero a estas alturas yo no daba nada por sentado.

En la eco de las 32 semanas volví con mi informe esperando, tal y como me habían dicho al principio del embarazo, que ese mismo día me remitieran a Alto Riesgo. De nuevo la versión oficial cambió, no me mandarían hasta la semana 37 y entonces tendría que esperar un par de semanas más a que la cita llegara. ¡Y las fiestas navideñas por medio! A estas alturas estaba atacada. Me daba autentico pavor ponerme de parto sin que me hubieran dicho como iba a parir.

Un par de semanas después visité las instalaciones del hospital en el que daría a luz. De nuevo matronas y anestesistas me dijeron que me fuera haciendo la idea de que mi parto sería por cesárea. Me tranquilizaron diciendome que Alto Riesgo podía programarlo todo de un día para otro y que, si me ponía de parto, fuera con mi informe a urgencias y ellos sabrían que hacer.

Así llegué a la ecografía de la semana 37. La ginecóloga que me atendió aquel día me dijo que un parto instrumental era compatible con las indicaciones de la oftalmóloga y preferible a una cesárea, pero que la decisión final era de Alto Riesgo. A mí aquello no me sonaba mal. Aunque un parto instrumental tiene sus riesgos, son menores que los de una cesárea. Además no implicaría separarme de mi hija una vez que naciera. Hubiera salido muy contenta de aquella consulta si no hubiera tenido que escuchar “tu hija está en percentil 89, ahora entiendo porque no quieres parir”. Aquello me dejo planchada, en primer lugar, porque durante todo el embarazo me habían dicho que Daniela era pequeñita y, en segundo lugar, porque se acababa de presuponer que yo quería una cesárea.

Me sentí juzgada. Claro que prefería un parto vaginal ¿quién no? Pero llevaba meses luchando para que alguien me dijera si eso suponía o no un riesgo para mi vista y, a menos de tres semanas de mi fecha probable de parto, no había conseguido una valoración. Yo no estaba pidiendo una cesárea, estaba pidiendo información.

También sentí miedo. Nunca había temido el momento del parto. Ya había manejado otras situaciones donde el dolor era el protagonista y, en lo que respecta a Daniela, confiaba en la actuación de los médicos y sabía que actuarían con rapidez si algo le ocurría. Pero ahora me aterrorizaba que la elección de un parto vaginal se hiciera sólo por la reticencia actual a realizar cesáreas y eso acabara teniendo repercusiones para mi. No dejaba de pensar en que pasaría si perdía la poca visión que me quedaba. ¿Después de luchar tanto ni siquiera iba a ver a mi hija?

Con todo eso en la cabeza, me quedé esperando la cita para Alto Riesgo, esperando que por fin se tomara una decisión en un sentido u otro…

 

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Nuestro primer Halloween

Halloween ha sido una fiesta vinculada tradicionalmente al mundo anglosajón, pero desde hace ya algunos años su seguimiento en España es notorio sobre todo entre la población joven. Yo nunca le había dedicado la más mínima atención hasta ahora, y el motivo no tenía nada que ver con sentimientos patrióticos. Simplemente los disfraces y el terror no encajan bien con mis gustos. Pero ayer era el primer 31 de octubre en la vida de Daniela y me apetecía celebrarlo.

Una de mis prioridades es vivir con mi hija todas las experiencias que estén a mi alcance. Sé que es muy pequeña y no recordará nada de lo vivido ayer, pero quiero que cuando vea las fotos en unos años sepa que su madre eligió un disfraz para ella e intentó convertir el paseo diario en un momento especial. Por eso desde hace unas semanas venía planeando qué hacer.

Preparativos

Buscar un disfraz era primordial. Para ello no podía perder de vista que Daniela es un bebé de nueve meses. No quería un traje demasiado elaborado que pudiera restarle comodidad, ni algo muy oscuro que apagara su frescura. Y tampoco iba a invertir más de lo necesario en un look que no podríamos reutilizar otro año. Me quedé con dos opciones: el disfraz de calabaza y el de león loco. Acabé eligiendo el primero por su mayor vinculación con la fiesta y por ser más finito que el otro (en Sevilla seguimos con temperaturas primaverales y Daniela es calurosa, un traje muy abrigado no era opción). Diseño sin títuloOtro elemento indispensable era el recipiente para guardar los caramelos. En un principio, mi idea era comprar la típica calabaza llena de golosinas que venden estos días en todos los supermercados. Pero encontré un cubito de fieltro que finalmente me pareció mejor elección. Era un material menos duro y pesado que el plástico, por eso lo vi más manejable para Daniela. Mi madre le hizo un pequeño arreglo al asa para que fuera más manejable para la peque y añadió una bolsa de tela en la que meter los caramelos.

Fotos post halloween

Una vez tuvimos listos los imprescindibles, me dispuse a crear un pequeño recordatorio para los familiares más próximos. El sábado os contaba a través de Instagram que habíamos tenido sesión de fotos casera. Elegí dos fotografías que me gustaron especialmente, les añadí un pequeño motivo decorativo relacionado con Halloween e imprimí varias copias.

¿Cómo lo celebramos?

A las 5 de la tarde, tras la siesta diaria, vestimos a Daniela y nos fuimos a pasear con el carrito. Variamos un poco el recorrido habitual para visitar a algunos familiares. A todos les encantó como iba disfrazada. Repartimos caramelos y las fotos de recuerdo. En esto reconozco que me falló la previsión. Debería haber imaginado que no iban a elegir entre una u otra, así que tenía que haber impreso más copias.

Al final de la tarde, fuimos a tomar un refresco a una plaza donde se concentra mucha gente. Ayer estaba llena de niños y jóvenes disfrazados. Daniela mostraba mucho interés por todo lo que ocurría a su alrededor y no se asustó ni siquiera de los petardos que tiraban a cada rato. Pero finalmente el cansancio la fue venciendo y a las 10 de la noche volvimos a casa para que pudiera descansar.

Estoy muy satisfecha con nuestro día y me quedan muchísimas ganas de repetir la experiencia el año que viene. Seguro que entonces la edad de Daniela nos permitirá hacer más actividades. Por el momento, creo que el objetivo que me propuse está cumplido. Hemos vivido una nueva experiencia que en unos años podré contarle a mi hija. Ella no estuvo incomoda en ningún momento, ni por el atuendo ni por la situación. Me atrevería a decir que incluso disfrutó de los pequeños cambios en su rutina. Además, pudo ganarse unos ahorrillos extra. Y es que a algunos familiares ya les había advertido de nuestro truco o trato particular: o colaboras con su hucha o te lanzo a la niña al cuello, y tiene ocho dientes.

Y vosotros, ¿habéis celebrado Halloween con vuestros pequeños? ¿Me dais alguna idea para el año que viene?

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Consejos para ser una madre low cost

En la primera entrada del blog os contaba que hice muchas cuentas cuando decidí ser madre intentando averiguar si podía permitírmelo. Tres años más tarde estoy segura de que, dejando de lado los tratamientos de reproducción asistida, mis previsiones superaban la cantidad real de dinero que he tenido que invertir.

Y es que todos hemos escuchado alguna vez la típica frase «tener un niño cuesta mucho dinero». No diré que es falsa. Efectivamente un hijo acarrea una serie de gastos imposibles de eludir. Pero sí me parece que la cuestión económica está sobredimensionada, al menos en lo que respecta al embarazo y primer año de vida de un bebé sano.

Yo no podía contar con que los gastos más importantes fueran cubiertos por otras personas. Mi modelo familiar reducía de partida a la mitad el número de posibles regalos. Además, mi familia no es especialmente grande y la situación económica no permitía que los más allegados pudieran hacer regalos de gran envergadura. Eso me obligó a agudizar el ingenio y buscar maneras de ahorrar sin que a Daniela le faltara nada de lo que yo quisiera darle.

He de reconocer que en esto he tenido una estupenda maestra. Mi madre siempre me ha inculcado la cultura del ahorro. Y, aunque mi alma es caprichosa y consumista, he aprendido a contener esa parte de mí. Os cuento algunas técnicas que llevé a cabo para conseguirlo.

Establecer prioridades

Es importante distinguir entre los artículos que son imprescindibles para ti y los que no. En los primeros no recomiendo sacrificar la calidad por el precio, aunque eso no implica que intentemos conseguirlo al menor coste posible.

Para mí un carrito al que pudiera darle mucho uso, que fuera ligero y fácil de plegar era elemental. El que reunía las características que pedía era de gama alta, aunque ahorré casi 200€ gracias a una promoción. Pero de no haber existido esa oferta, tampoco hubiera contemplado opciones más baratas de menor calidad.

Comprar la ropa la temporada anterior

Los bebés crecen una barbaridad de un día para otro y, en consecuencia, la ropa le dura muchas veces un suspiro (sobre todo en los primeros meses de vida). Y para colmo, es ropa carísima. Incluso en tiendas donde a priori los precios son razonables, los costes son disparatados teniendo en cuenta la calidad.

A mí me sienta fatal tener que guardar un vestido completamente nuevo y que, por culpa de esos cambios tan poco progresivos e impredecibles, me ha durado 15 días. Pero sí me hubiera gastado más de 30€ en él, me volvería directamente loca. La forma que he encontrado de comprar ropa realmente bonita a precios muy asequibles es aprovechar las rebajas de la temporada anterior.

En septiembre de 2016, embarazada de 6 meses, compré ropa de verano con un tallaje de entre 6 a 12 meses. En aquellos momentos encontraba percheros enteros con prendas de calidad y diseños espectaculares desde 1,50 a 10€. Era imposible no aprovechar esas oportunidades cuando veías que el precio de la misma prenda en temporada podía incluso cuadriplicarse.

En enero de 2017, con mi hija recién nacida y la lección bien aprendida, me recorrí de nuevo las principales tiendas de ropa infantil y de nuevo encontré gangas increíbles. En esa ocasión, compré ropa de 12 a 18 meses. Al acabar este verano volví a hacer lo mismo, y ya me estoy preparando para las rebajas de invierno.

Obviamente, se corre cierto riesgo con el tema del tallaje. Pero mi experiencia es muy positiva. Daniela es una niña grande y nunca ha quedado ropa por usar. Al principio de la temporada, usaba las prendas más pequeñas y, a medida que crecía, iba estrenando el resto.

Artículos de segunda mano

Nunca he sido una entusiasta de los artículos de segunda mano. Siempre he preferido pagar un poco más y disfrutar del producto completamente nuevo. Sin embargo, en ciertos artículos de puericultura la diferencia de precio es grande y el estado del artículo prácticamente igual. E incluso en algunas ocasiones pueden encontrarse productos nuevos que por alguna razón no han sido usados ni devueltos. En esos casos no hay que pensárselo. Cualquier oportunidad de ahorrar debe aprovecharse.

Entre otras cosas, yo compré el sacaleches eléctrico Swing de Medela y la hamaca Crece conmigo de Fisher Price a través de aplicaciones de compra-venta. El sacaleches estaba completamente nuevo y lo adquirí con un ahorro de más del 50% del precio habitual. La hamaca había tenido poco uso y, a simple vista, podría haber pasado por un artículo nuevo de lo cuidada que estaba. Pagué por ella 15€.

En ambos casos, creo que hice una buena compra. El sacaleches lo compré durante el embarazo por si lo necesitaba para estimular la producción en el hospital. Lo usé 13 días por lo que habría lamentado hacer una inversión mayor. La hamaca, por contra, ha tenido mucho más uso del que esperaba y es el producto al que más rendimiento le he sacado a cambio de un precio tan reducido.

Comparar precios

No compres un artículo en el primer sitio donde lo veas. En todo lo relacionado con la puericultura suele haber una variación de precios brutal. Por eso es bueno comparar el coste del producto en distintas tiendas.

Búsqueda de ofertas por internet

La comparativa de precios no sólo debe limitarse al comercio físico. En internet hay multitud de establecimientos que ofrecen precios realmente competitivos. En el embarazo descubrí los múltiples usos de las muselinas y decidí que quería un par de ellas de tamaño grande de la marca Aden + Anais. Tras navegar un rato por internet, mi madre encontró una tienda online con grandes ofertas. Ahorré más de 10€ en la compra.

Y vosotros, ¿creéis que tener hijos es tan caro como se dice? ¿Se os ocurren más consejos para ahorrar?