Reproducción asistida

¿Sanidad pública o privada? Una cuestión importante en Reproducción Asistida

Uno de mis propósitos de año nuevo es ser constante con el blog. En mi mente hay un calendario donde están organizadas todas las entradas que quiero escribir y las posibles fechas para que vean la luz. Pero la realidad es que los días van pasando, el cansancio se va acumulando y cuando me quiero dar cuenta ha pasado una semana desde la última publicación y tengo más de 20 borradores pero ningún artículo que sacar del horno.

No dispongo del tiempo que me gustaría dedicar a escribir, así que no voy a ser tan ambiciosa como para establecer desde el primer momento un calendario de publicación súper estricto. Sería un proyecto condenado al fracaso. De momento me conformo con dedicar un día de la semana a una temática concreta. Por eso los miércoles son a partir de hoy el día dedicado a la Reproducción Asistida.

Cuando una mujer o pareja es consciente de que necesita ayuda médica para concebir, una de las primeras cuestiones que surgen es donde acudir para recibirla. La primera decisión será la de recurrir a la Seguridad Social u optar directamente por la medicina privada. No es una elección fácil. Ambas opciones tienen pros y contras y lo único que podemos hacer es valorarlos todos y elegir la opción que más se ajuste a nuestras necesidades. ¿Qué cuestiones hay que tener en cuenta?

El coste económico

El desembolso que habrá de realizar el usuario es sin duda la mayor diferencia entre ambos sistemas. El coste de un tratamiento de reproducción asistida en la Seguridad Social es prácticamente inexistente. El paciente tiene que adquirir la medicación, pero el gasto es mínimo al tratarse de medicamentos de aportación reducida. Excepcionalmente, el paciente puede tener que hacer frente a otros gastos. Por ejemplo, en algunas Comunidades Autónomas, las mujeres deben asumir el coste de la muestra de semen.

En el ámbito privado, los costes los asume el paciente salvo que éste tenga contratado un seguro médico que ofrezca este tipo de cobertura. Y la reproducción asistida es tremendamente cara. Al precio del tratamiento, habrá que sumar la medicación y el coste de todas las técnicas usadas que no se incluyan en el presupuesto inicial.

A modo de ejemplo, el coste real que tuvo mi primer tratamiento de reproducción asistida fue de 1308,18€ incluyendo la Inseminación Artificial, la muestra de semen del donante y la medicación (695, 309 y 304,18 euros respectivamente). Sin embargo, el gasto hubiera sido de poco más de 9€ en caso de haberlo realizado por la Seguridad Social. Además, la Inseminación Artificial es uno de los tratamientos más sencillos, y por tanto más baratos, que se pueden realizar en reproducción asistida. Los costes serían aún más dispares si para esta comparación hubieramos tomado como referencia un tratamiento de Fecundación in Vitro o de Ovodonación. Siendo la diferencia tan grande, ¿por qué plantearse siquiera no acudir a la Seguridad Social?

El tiempo

La paciencia tiene que ser una de tus virtudes si decides realizar los tratamientos en la Seguridad Social. Normalmente será tu médico de cabecera quien te remita al ginecólogo, y éste a su vez quien te derive a la Unidad de Reproducción Asistida. Allí te harán las pruebas oportunas y, una vez sean valoradas por el especialista, serás incluido en la lista de espera para el tratamiento que corresponda. Es probable que este proceso ya se haya alargado más de lo que te gustaría, pero no te parecerá nada comparado con los dos años que puedes llevarte en lista de espera si el tratamiento que necesitas es una Fecundación in Vitro.

En el ámbito privado los tratamientos se inician generalmente en cuanto el paciente lo decide. Los tiempos de espera se reducen prácticamente a los tratamientos de donación de óvulos, en los que la demanda es mayor que la oferta de donantes. También es posible que un tratamiento deba retrasarse por un cierre puntual de la clínica o laboratorio, o por cuestiones médicas como, por ejemplo, la necesidad de realizar nuevas pruebas. En cualquier caso, será poco frecuente que la espera se alargue más allá de un par de meses.

El tiempo de espera para iniciar un tratamiento es seguramente el factor principal por el que no conviene descartar la medicina privada a las primeras de cambio, pues no es una cuestión que se reduzca únicamente a cuanto estés dispuesto a esperar. No es raro que el tiempo sea un factor decisivo para el éxito del tratamiento. Una mujer que entre en lista de espera con 37 años se arriesga a que, llegada la hora de realizar el tratamiento, las posibilidades de conseguir el embarazo hayan disminuido notablemente.

Tener voz y voto

En la sanidad pública todo está tan protocolizado que es habitual que el paciente se sienta más como un espectador que como parte activa en el proceso. Al optar por una clínica privada, puedes elegir el momento de los tratamientos, el centro en que realizarlos, el médico que llevará tu caso, etc. En definitiva, tendrás capacidad de decisión.

Hay mujeres que quieren intentar un ciclo natural para evitar una hormonación excesiva, parejas que necesitan intentar una última FIV antes de pasar a la donación de gametos… Las situaciones son tan diversas como las personas. A priori esto puede parecer un asunto menor, pero para nada es así. Llegará el momento en que tengas algo que decir y querrás ser escuchado.

¿Y si no se puede elegir?

La sanidad pública limita su cobertura en base a una serie de criterios que pueden ser distintos en cada comunidad autónoma. Conviene, por tanto, informarse previamente de si contamos con esa opción o no. Yo intenté hacerlo a través de mi médico de atención primaria, pero ni conocía la información ni le hacían gracia mis planes, así que acabé buscando en las páginas web oficiales.

El sistema sanitario andaluz establece una serie de requisitos para el acceso a las técnicas de Reproducción Humana Asistida. El que suele resultar más excluyente es el que se refiere a la edad de la mujer, que deberá ser inferior a 38 en el momento del tratamiento (IAC) o inferior a 40 años en el momento de indicación del tratamiento (IAD, FIV/ICSI y donación de ovocitos o preembiones).

Si estás leyendo esto justo cuando tienes que tomar una decisión, espero que el post te haya resultado útil. Y recuerda, no hay elección buena o mala. En ambos sitios se consiguen embarazos.

Reproducción asistida

Mi aborto bioquímico (Primera parte)

Hoy no es un día cualquiera para mí. Pequeño invasor, nombre con el que bauticé a mi primer embrión transferido, podría estar celebrando su primer cumpleaños ya que el 6 de noviembre de 2016 era la fecha probable de parto en mi primer embarazo. Hablar en los términos en los que voy a hacerlo no es fácil.

Es frecuente oírme decir que sufrí un aborto, pero raramente entro en detalles y podría decirse que nunca expreso como me siento respecto a ello. ¿Por qué voy a hacerlo hoy aquí? Porque es la única manera que tengo de responder a todos aquellos que en algún momento sugirieron que debía ocultar esta parte de mi vida. Y voy a hacerlo de tal manera que no tengo suficiente con una entrada.

¿Qué es un aborto bioquímico?

Hablamos de aborto bioquímico cuando hay implantación en el útero pero el desarrollo embrionario se para en una fase tan temprana que el embarazo no llega a ser detectable por ecografía. Esto ocurre con mucha más frecuencia de la que creemos, pero en ocasiones las mujeres que lo sufren no llegan a enterarse.

Es un aborto que no deja señales físicas, a lo sumo una regla más abundante y dolorosa de lo normal. Si no se realiza un test de embarazo en el momento en que la hormona β-hCG es detectable, se pensará que es un simple retraso. El escaso conocimiento de este tipo de aborto lleva incluso a algunas mujeres a pensar que el test que les dio positivo estaba defectuoso.

En reproducción asistida estos abortos no pasan desapercibidos porque las pruebas de embarazo se realizan de manera temprana y a través de análisis de sangre (mucho más precisos que los de orina). Normalmente estos embarazos comienzan con betas bajas que suben irregularmente y que en un momento dado comienzan a decrecer. No fue mi caso, pero ya hablaremos de eso más adelante.

¿Cuál fue mi experiencia?

Pequeño invasor era un buen embrión, para mí era perfecto. He vivido cuatro betaesperas y sólo la de este tratamiento la recuerdo con buen sabor de boca. Estaba segura de que por fin tendría mi positivo. Sólo aguanté una semana para realizar el primer test de embarazo. Esperaba un negativo porque era muy pronto para ver otra cosa, pero apareció una línea tenue que confirmaba que estaba embarazada. Después de ese test vinieron muchos más (de tiras, de cassette, digitales), pero sabía que el definitivo era el análisis de sangre en la fecha programada por la clínica.

El resultado fue muy bueno. Mis niveles de β-hCG eran de 349 mUI/ml en día 16 de vida embrionaria, más del triple de lo que mi clínica consideraba suficiente para dar por confirmado el embarazo. Por eso no era necesario volver a repetir el análisis y me citaron directamente para el seguimiento ecográfico. Aunque estaba nerviosa y sentía miedo, porque cualquier persona en este tipo de proceso lo siente, confiaba en que todo iría bien. A mí me habían pasado ya demasiadas cosas, no iba a sumar un aborto a mi historial.

Me equivocaba. Seis días después me desperté de la siesta temblando de frío. El malestar duró una media hora, pero fue suficiente para que intuyera que algo no iba bien. Todo el mundo decía que no me preocupara, que todo iba bien. Yo misma pensaba que mi mente me estaba jugando una mala pasada y por eso, aunque decidí repetir la prueba de embarazo, no me desplacé a Sevilla para tener los resultados el mismo día. Esperé al lunes y me quedé en un laboratorio de mi ciudad en el que los resultados tardaban 48 horas. Pasé aquellos días entre el miedo por lo que intuía y la culpabilidad por no estar disfrutando cada momento de mi embarazo.

El miércoles, 9 de marzo, podía ir a recoger el resultado. Para entonces ya me había convencido de que me estaba sugestionando por el miedo y en realidad no ocurría nada. En el laboratorio no había comentado que ya tenía un análisis anterior que confirmaba el embarazo, no tenía ganas de volver a escuchar que me preocupaba innecesariamente. Las palabras que escuché al entrar allí me perseguirán siempre: “¡Enhorabuena! Estás embarazada. Tu beta es de 189”. No hay nada más desgarrador que fingir una sonrisa y dar las gracias justo en el instante en que descubres que estás abortando.

Salí de aquel laboratorio con el sobre en la mano, y solo cuando había caminado unos metros me atreví a abrirlo. Allí estaba el número que confirmaba que algo no había ido bien. Al levantar la vista de aquel folio, me encontré con el primer familiar al que tuve que decirle que todo había acabado. En honor a la verdad, quien lo dijo fue mi madre porque yo no encontraba las palabras. Caminé varios metros más hasta que encontré un portal desde el que poder llamar a mi clínica. Expliqué como pude lo que había ocurrido y pedí que le pasaran una nota a mi médico. Me comportaba como una autómata, nunca he invertido tantos esfuerzos en bloquear mis sentimientos. Pero sentía que tenía que zanjar todo aquello antes de dejarme caer.

Me devolvieron la llamada un par de horas más tarde. La información no se había transmitido bien y tuve que volver a escuchar una enhorabuena que esta vez corté de manera radical (tuve que disculparme unos días más tarde). Una vez quedó claro lo que estaba ocurriendo, me pidieron que fuera a la clínica para una nueva analítica que confirmara el pronóstico. Allí los resultados tardarían apenas 2 horas. El camino hasta la clínica me pareció interminable. Ni siquiera recuerdo quien realizó la extracción ni que me dijeron.

Volví a casa esperando recibir una nueva llamada. A estas alturas el nudo que tenía en la garganta casi me ahogaba. Solo podía pensar “aguanta un poco más, podrás hundirte cuando cuelgues”. En torno a las 20:00 horas sonó el teléfono y recibí las noticias que esperaba. La beta seguía bajando, ya estaba en 109, tenía que dejar la medicación y volver en unos días para repetir la analítica y comprobar que los valores seguían decreciendo. Colgué, fui al salón a contarle a mis padres lo que me habían dicho y por fin rompí a llorar. Mi embarazo había acabado. Sumaba un aborto a mi larga lista de infortunios.

Maternidad, Reproducción asistida

De besos y tubos de cristal: respuesta a una hoja parroquial

Hoy tocaba hablar de la vacuna Bexsero, y todo se andará, pero hace dos días llegó una noticia a mis oídos que no puedo dejar pasar. En la última Hoja Parroquial de la parroquia de San Bartolomé y San Jaime de Nules se publicaba un poema cuyo contenido está entre lo burdo y lo repulsivo. No se deja ningún colectivo por ofender: homosexuales, bisexuales, transexuales, divorciados, animalistas… Y los modelos de familia no tradicionales no podíamos irnos sin recibir lo nuestro.

Tras la oleada de críticas recibidas, a las que se ha sumado el alcalde del municipio, parece que al párroco no le ha tocado otra que reconocer que la difusión de los versos ha sido un error y retirar el texto de la edición digital de la Hoja Parroquial. Ha llegado tarde. El texto ya está circulando y el daño hecho.

Comentarlo todo me llevaría demasiado tiempo y un buen sofocón, así que me voy a limitar a los versos que el autor de tan cuidada poesía ha dedicado a los niños nacidos por técnicas de reproducción asistida.

“El padre de Alba se llama Inseminación Artificial, / Porque su madre pensaba que así se iba a realizar, (…) Joaquín es niño probeta. Y cuando se va a acostar / Le da siempre un par de besos A su tubo de cristal, / Porque sus padres trabajan Día y noche sin parar”.

El uso de los signos de puntuación y de las mayúsculas – minúsculas es tan errático que he llegado a pensar que en realidad el texto escondía un mensaje oculto del tipo “no os preocupeis, es broma”, pero no lo he encontrado. Pero bueno, dejaré de lado la calidad literaria para centrarme en el contenido.

El padre de mi hija no se llama inseminación artificial ni fecundación in vitro. El padre de mi hija no existe. Pero eso no quiere decir que oculte u omita la participación de una figura masculina en su concepción. Y creedme, cuando le hable a mi hija de ella, lo haré con el mayor respeto y gratitud posible.

No tuve a mi hija creyendo que así me iba a realizar. Fui madre porque quise y pude. Sin más. En mi decisión intervinieron exactamente los mismos sentimientos, anhelos y expectativas que podría albergar cualquiera de las parejas heterosexuales que el autor del texto parece aprobar.

Los bebés nacidos gracias a la reproducción asistida no son ‘niños probeta’. No hay que etiquetarlos de ninguna forma distinta a la de las personas que hemos sido engendradas por el método tradicional. Sí, los primeros instantes de vida de mi hija transcurrieron en un laboratorio y yo soy la primera en hacer bromas sobre ello. Pero usar estas expresiones para desmerecer a niños por una condición que no pudieron elegir es un acto ruin y patético.

La falta de cariño o apego no tiene nada que ver con el método de concepción o con la situación laboral de los padres. Soy madre trabajadora y mi hija no necesita darle besos a ningún tubo de cristal. Cuando estoy con ella, no me limito a compartir el mismo espacio físico sino que intento que nuestro tiempo juntas sea de calidad.

Este tipo de textos me enfadan muchísimo, y no solo porque reflejan el pensamiento arcaico de ciertos sectores de la sociedad. Manifestaciones como estas vienen de una institución a la que pertenezco, a la que mi hija pertenece, y a la que me cuesta defender tras estas salidas de tono. Y es que con estas historias, además de hacer daño a los colectivos atacados, enturbian la ya maltrecha imagen de la Iglesia católica. Allá ellos.

Por mi parte, sólo puedo decirle al autor y a los que piensen como él que mi modo de crianza está mucho más cercano a los valores cristianos que su escrito. Que la reproducción asistida es de todo menos fría, porque nunca había experimentado sentimientos tan intensos como los vividos en aquella etapa. Que en mi casa no se dan besos a tubos de cristal, sino abrazos que salen del alma. Y que en esta vida sólo mi hija está legitimada para juzgar mi elección.

Aunque duela leer cosas así, no conseguirán matar la ilusión que lleva a mujeres y parejas a pasar por duros tratamientos hasta llegar a sus hijos. Tampoco nos harán sentir vergüenza, ni permitiremos que otras formas de vivir vuelvan al ostracismo. Los avances que poco a poco se están produciendo en nuestra sociedad no son reversibles. Y si no les gustamos, tendrán que aprender a vivir con nosotros.

Reproducción asistida

¿POR QUÉ CONTÉ (Y OCULTÉ) QUE ESTABA EN TRATAMIENTO?

Muchas mujeres y sus parejas ocultan que necesitan ayuda médica para ser padres por vergüenza, por miedo a ser tratados como personas menos válidas. Tengo muchísimas anécdotas en relación a esto, pero creo que la situación que más me asombró me ocurrió yendo a una de mis revisiones. En el metro me encontré con una trabajadora de la clínica de fertilidad y la saludé. Aunque me devolvió el saludo lo hizo de manera distante. Unos minutos más tarde, ya en la clínica, me dijo que la disculpara si me había parecido fría, pero no saludaban a los clientes para evitar que les relacionaran con ese centro. Me pareció completamente surrealista.

Ocultar férreamente cualquier relación con la reproducción asistida no es una actitud que me guste. Creo que dar visibilidad a la infertilidad es la única manera de romper con los estigmas que siguen acompañando a esta enfermedad. Pero respeto a quien decide esconderlo, sobre todo porque he visto como se trata a los que vamos a cara descubierta.

Cuando empecé la búsqueda de mi hija, compartí con todo aquel que se parara a escucharme mis planes. Lo sabía desde mi familia hasta la dependienta de la tienda en la que compraba lana. Luego llegaron los tratamientos y también hice partícipe a mi entorno. Todas las noches a las 21:00h yo sacaba mis cachivaches y me pinchaba las hormonas, sin importar si había alguien en casa o no. Durante la betaespera, compartía mis impresiones (que normalmente eran pesimistas) y cuando tenía el resultado lo contaba e intentaba que los comentarios de ánimo acabaran pronto.

Cuando los tratamientos empezaron a acumularse, cada vez se hacía más cuesta arriba. Era consciente de que me estaba convirtiendo en el centro de comentarios que no me agradaban y que el interés mostrado por algunas personas respondía más al afán de cotilleo que a la verdadera preocupación. Pero seguía convencida de que tratar el tema sin tapujos era la única manera de allanar el terreno a otras mujeres que tuvieran que pasar por lo mismo.

¡Y por fin me quedé embarazada! Había dado tantas malas noticias que, en cuanto lo supe, me dispuse a gritarlo a los cuatro vientos. Ahí llegaron las primeras sorpresas. Hubo personas a las que la noticia no pareció agradarles especialmente, y ni si quiera se molestaron en ocultarlo. Pero en aquellos momentos poco me importaba. Estaba en una nube. Llevaba casi 10 meses luchando y por fin iba a ser madre. Era lo único que importaba.

Por desgracia, la alegría duró muy poco. Dos semanas más tarde sufrí un aborto bioquímico. No exagero al decir que pasaron unos 45 segundos desde que lo supe hasta que me encontré a la primera persona a la que tuve que decirle que las cosas no habían salido bien. Abordé el tema con la naturalidad que merecía, esperando como mínimo un poco de respeto.

Sin embargo, por primera vez desde que había comenzado todo este proceso, los comentarios de la gente consiguieron hacerme daño.

Algunas personas lo hacían inconscientemente. Sus comentarios eran bastante desafortunados pero estaba claro que intentaban animarme. En aquellos momentos hubiera agradecido que se callaran, pero entiendo que es difícil actuar en situaciones así.

Otros simplemente desaparecieron. Mi aborto coincidió con una época festiva e imagino que, entre procesiones y reuniones con amigos o familiares, contestar a los mensajes con algo más que monosílabos era desperdiciar un tiempo precioso.

Y, por último, están aquellos a los que me cuesta imaginar que les moviera algo que no fuera la absoluta indiferencia por los sentimientos ajenos. Recuerdo un comentario especialmente hiriente tres días después de mi aborto. Mi madre destacaba todo lo que me había cuidado, porque yo había entrado en una dinámica en la que repasaba cada momento de mi corto embarazo buscando algo por lo que culparme. La persona que nos acompañaba dijo entonces “pues yo no me tomé ni el ácido fólico y mira, tengo un niño sano”. Y para remarcar su discurso señaló a su hijo de escasos meses. Si me hubiera ocurrido en otro momento y con una persona que no perteneciera al círculo más íntimo de mi familia, puede que hubiera reaccionado de manera muy distinta. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho. Entonces solo pude tragarme las lágrimas y subir a casa para no verle la cara a nadie.

Fue entonces cuando decidí ocultarme yo también. Mi último tratamiento de reproducción asistida lo llevé en secreto. Solo informé a mis padres, a dos amigos y a las chicas a las que había conocido a raíz de los tratamientos. Cuando la gente me preguntaba, no sentía ningún remordimiento al decirles que me estaba dando un descanso. No estaba dispuesta a que la información llegara hasta la gente que la había aprovechado para hacerme daño. Y si la única manera de evitarlo era no compartirla con nadie, eso haría.

Me expuse durante un tiempo y no me arrepiento, pero no estoy segura de cómo actuaría en un futuro si tuviera que volver a la reproducción asistida. Siento que quienes participamos de ella no deberíamos contribuir a la perpetuación de los tabúes que existen a su alrededor. Pero no siempre es fácil dar un paso al frente. Sobre todo si mientras tú confías tu intimidad, ves a parejas mentir en los meses que tardaron en concebir o negar que estén en tratamiento. Al final una se cansa de comulgar con ruedas de molino.