Maternidad

Regalos que no existieron… y decepciones que no lo fueron tanto

Soy muy afortunada. Tengo la inmensa suerte de haber podido permitirme todo aquello que deseaba para mi hija a pesar de no tener una economía holgada. Siempre tuve claro que tendría que ser así. Con mi decisión de ser madre soltera, eliminé de un plumazo la posibilidad de compartir cargas con otra persona. Y mi familia no es tan grande ni cuenta con una capacidad económica extraordinaria para asumir grandes gastos.

Por eso cuando me quedé embarazada no conté con nada que no pudiera conseguir por mis propios medios. Aún no había cumplido la semana 12 de embarazo cuando encargué el cochecito para Daniela. Y para la mitad de la gestación, prácticamente ya no tenía nada que comprar. Por supuesto los regalos por parte de familiares y amigos también fueron llegando. Algunos muy generosos, otros cargados de cariño… A todos los que os acordasteis de mí y de la peque, os mando desde aquí un beso enorme.

Y es que esa es la grandeza de los regalos. Que existan o no son suficientes para hablar de cómo te ven las personas. Yo nos los pedía, no los necesitaba, pero me ilusionaba muchísimo recibirlos. Que una persona trajera un detalle significaba que mi hija o yo le importábamos lo suficiente como para ser educado. Quien no se dignó a comprar unos tristes patucos, me dejo claro hasta que punto le era indiferente y me enseñó como debía actuar cuando las tornas cambiaran.

Hasta ahí todo bien. Me gusta que las cartas estén bocarriba. A quien no se esconde poco puedo reprocharle. Pero hubo un tercer grupo, el de los que se anunciaron para luego no aparecer. Ellos jugaron con la ambigüedad de las palabras, con las normas sociales que impiden pedir el regalo prometido, con el tiempo y la distancia… Ellos no fueron claros, pero yo sí voy a serlo.

El primer caso que voy a contar ocurrió cuando aún estaba embarazada. Una amiga me preguntó si ya tenía la trona para Daniela. Por lo que recuerdo, había visto un modelo vintage de madera que le encantaba. Se lo agradecí, pero decliné el ofrecimiento porque ya le había comprado una trona a Daniela. Bromeamos con la posibilidad de que le comprara un coche, y la conversación acabó con algo similar a “es una pena porque ese regalo me encantaba, pero encontraré otra cosa”. A día de hoy, Daniela está a punto de cumplir trece meses. No sólo no he visto ese regalo alternativo, sino que mi amiga aún no ha recorrido la escasa hora en coche que separa su ciudad y la mía para conocer a mi hija. De hecho, acabo de comprobar que estas navidades le mandé un mensaje felicitando las fiestas, lo leyó al poco tiempo y no me contestó. Misterios de la vida…

Una vez que di a luz, vinieron las siguientes situaciones curiosas. Un familiar se creyó con la suficiente confianza como para ir de visita al hospital. Ahí estaba yo, con unos dolores de entuerto que me tenían molida y tendida en una cama recibiendo visitas. Me sorprende que quien se cree con derecho de incordiar a una mujer a la que han realizado una cesárea apenas 48 horas antes, no haya vuelto a dedicar cinco minutos de su tiempo en hacer una visita o una llamada telefónica para interesarse por mi hija. De regalo ya ni hablamos…

Y luego está el tercer caso, que realmente es el que menos me importa pero el que más me llama la atención por su reiteración. Un amigo, que más bien lo es de otros familiares y no mío, ha anunciado en dos ocasiones regalos que finalmente no ha hecho. En primer lugar, la silla de seguridad para el coche y, hace tan sólo unas semanas, un regalo con motivo del primer cumpleaños de Daniela. Y aquí es cuando me da por pensar ¿la gente me está tomando por tonta? Un desliz puedo obviarlo, que no olvidarlo, pero hacer dos veces lo mismo y esperar que no haya reacciones…

Estoy cansada de que la gente se aproveche de convencionalismos para echarle morro a la vida. He pensado mucho si me compensaba publicar este post, y reconozco que no me son indiferentes las consecuencias que pueda tener. ¿Pero por qué tengo que callar para no molestar a quien no mostró el más mínimo decoro? También estoy harta de escuchar “olvídalo, sus regalos no te han hecho falta para nada”. Parece que lo políticamente correcto es decir que los regalos no nos importan. El valor material de los regalos me da igual, pero lo que las personas expresan a través de ellos me importan. Y mucho.

Así que mi conclusión es la siguiente: no prometas nada que no vayas a cumplir. Tu imagen quedará a salvo y la otra parte no pensará que la estás tomando por idiota. Y si la parturienta o la recién nacida no te importan lo más mínimo, no metas tus narices en la habitación del hospital. ¡Cotilla!

Maternidad

La importancia de transmitir valores

Durante mi embarazo, mantuve una conversación con mi madre en la sala de espera de una ginecóloga que hoy ha venido a mi cabeza. Esa conversación versaba sobre la importancia de transmitir valores a nuestros hijos y, si fracasamos en ese menester, no ser permisivos con el daño que ellos puedan causar a terceros.

Para mí, que he sufrido acoso escolar durante toda mi educación primaria y secundaria, es una preocupación constante que mi hija pueda pasar por lo mismo. Pero aún temo más que pueda pertenecer al colectivo contrario. Si eso ocurriera, me resultaría muy difícil abstraerme de la idea de que algo he tenido que hacer mal para que mi hija se crea con derecho de lastimar a otros.

Por desgracia, mi percepción es que en abstracto a todos nos parece terrible el bullying. Pero en la vida real, los padres de los acosadores defienden a sus vástagos alegando que ‘son cosas de niños’ y el resto de la sociedad minimiza el dolor de la víctima al pensar ‘que no es para tanto’. ¿Sabéis por qué creo que lo hacemos? Porque somos incapaces de reconocer que esos niños son un fiel reflejo de nuestro comportamiento.

Hace unos días me sorprendí al escuchar que comentarios y comportamientos marcadamente machistas eran graciosos en niños de corta edad. Toda sorpresa desapareció al escuchar a alguien del mismo núcleo familiar hacer bromas, de escaso gusto, sobre las personas con necesidades especiales o cuestionar a las víctimas de abuso sexual por no denunciar antes.

Hoy mismo me he llevado otra sorpresa. Mi compañera de blogosfera Lidita Swan ha recibido un nuevo mensaje despreciativo en su blog. Era anónimo, por supuesto. La valentía no es algo que esté al alcance de todo el mundo, solo de aquellos kamikazes que defendemos nuestras ideas a cara descubierta.

Por la propia naturaleza de su blog, casi todos los visitantes de él son padres o planean serlo. Me pregunto cómo actuarían ante el ataque injustificado de su hijo a un tercero. ¿Le dirán que el otro se lo merecía? ¿Que no tiene tanta importancia? Puede que le enseñen que no ocurrirá nada mientras nadie descubra que los instigadores son ellos. Incluso contemplo la posibilidad de que la hipocresía de estos sujetos sea de tal calibre que reprendan a su pequeño con la boca pequeña mientras le dan una palmadita en la espalda… Lo que me cuesta imaginar es a esos padres transmitiéndole a sus hijos la gravedad de lo que han hecho.

¿Que tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Que clase de valores estamos transmitiendo? Os prometo que a diario me esfuerzo por encontrar una explicación lógica a este tipo de comportamientos, pero cada noche me duermo con la sensación de que estamos demasiado corrompidos.

No sufro por mí, que a base de golpes me he hecho inmune a comentarios o desprecios, y tampoco por mi colega Lidia. Como le he dicho muchas veces por privado, esos que la critican sólo sirven para aumentar el tráfico de su blog y demostrar que es digna de envidia. Pero sí me preocupan las nuevas generaciones. Al fin y al cabo, es su felicidad la que estamos hipotecando,

Permitidme que os diga una cosa. ¡No estáis a salvo! Quizás ahora os sintáis fuerte, ajenos al dolor que causáis, pero no sois inmunes. Puede que un día el cabecilla de la clase decida que machacar a tu hijo es divertido. O que en algún momento el novio de tu hija crea que su falda es demasiado corta y eso justifica su ataque de furia. Tampoco es descabellado pensar que puede cruzarse con un indeseable por la calle que sienta que su cuerpo le pertenece. Y también existe la posibilidad de que una desgracia llame a vuestra puerta y tengáis que descubrir lo que es vivir con una importante discapacidad.

Entonces, y sólo entonces, sabréis lo que jode.

Maternidad

Bexsero

No soy profesional de la salud, sólo una madre que cuenta su experiencia. Nunca intentaría influenciar a ningún padre, en un sentido u otro, en algo tan importante.

El título es corto y a mucha gente puede sonarle a chino, pero si has sido padre recientemente sabrás que vamos a hablar de la vacuna contra el meningococo B. La maternidad está plagada de temas sensibles, y éste es uno de ellos. Después de una cesárea y una lactancia artificial, de las que hablaré llegado el momento, ya había escuchado suficientes comentarios como para curarme de espanto. Pero una no es tonta y sabe muy bien cuando la están juzgando sin el menor reparo. A mí nunca me ha afectado lo que pudieran decirme terceras personas en relación a esta vacuna. Yo me informé, valoré detenidamente todos los pros y los contras y tomé posición: no vacunar a mi hija.

¿Por qué decidí no vacunar?

Los motivos eran variados. Los problemas de abastecimiento me generan una importante desconfianza. No conozco las causas por las que se han producido ni tengo conocimientos sobre temas farmacéuticos, así que no emitiré una opinión sobre esto. Solo puedo decir que lo que ha ocurrido con esta vacuna no favorece que los padres confiemos en ella o en el laboratorio. Si partimos de esa desconfianza inicial, escuchar hablar de los efectos secundarios de la vacuna no ayuda. Fiebre alta, dolor agudo, vómitos, diarrea, dolor de cabeza, etc. son reacciones muy frecuentes en esta vacuna. Y luego están las experiencias que algunas madres han compartido por internet…

Esto ya era suficiente para que tuviera miles de dudas, y por eso me dediqué a investigar. Eso me generó más incertidumbre porque, a pesar de que la Asociación Española de Pediatría recomienda la vacunación frente al meningococo B para todos los niños a partir de los 2 meses de edad, no encontré unanimidad entre los pediatras. Además la incidencia de la enfermedad es realmente baja y el coste de la vacuna muy elevado. Cada dosis cuesta 106,15€, por lo que la vacunación completa supone un gasto de 424,60€ si se inicia antes de los 6 meses de vida del bebé. Esto es inasumible para muchas familias. En mi caso, requería un esfuerzo económico tremendo pues no contaba con ningún ingreso.

Teniendo en cuenta lo anterior, decidí que el esfuerzo que tenía que hacer para costear un medicamente del que no me fiaba era muy superior al riesgo que asumía al no vacunar a mi hija. Como he dicho, la incidencia de la enfermedad es baja por lo que la sensación de peligro era mínima. Aun así lo consideraba un tema tan importante que, habiendo razonado mi decisión, no rechacé la posibilidad de cambiar de opinión si encontraba nueva información que me convenciera.

¿Por qué cambié de parecer?

La enfermedad, aunque es poco frecuente, tiene unas consecuencias devastadoras. La tasa de mortalidad se sitúa en torno al 10% y, entre los supervivientes, el riesgo de sufrir secuelas graves alcanza el 30%. Esto en medicina es mucho. Demasiado para que mi mente lo dejara pasar sin más.

Cada poco tiempo pensaba si estaría haciendo lo correcto. Leía que otros países que ya habían incluido la vacuna en su calendario de vacunación, como Reino Unido, habían experimentado una bajada en las tasas de incidencia de la enfermedad. Y sobre todo pensaba en las cosas me habían pasado, en cuantas veces había creído que todo no podía pasarme a mí…

En octubre comencé a trabajar y entonces decidí que tenía que replantearme qué hacer respecto a esta vacuna. Mi decisión ya no era tan firme como meses atrás, y no podía ignorarlo. Consulté con mi pediatra todas las dudas que tenía y me aconsejó vacunar. Así que esa misma tarde fui a la farmacia a reservar dos dosis de la vacuna. Tuve suerte y en esos momentos las tenían en el propio establecimiento así que no tuve que esperar más de lo necesario.

Nuestra experiencia con la primera dosis

El martes 7 de noviembre llevamos a Daniela al pediatra para que confirmara que estaba bien para ponerle la vacuna. Tras explorarla y confirmar que todo era correcto, nos dijo que esta vacuna necesitaba la firma de un consentimiento informado. Algunos me habéis dicho por privado y por redes sociales que no os dijeron nada de esto. Puede que sea algo interno de mi centro de salud, no tengo ni idea. Llevaba bastante prisa porque tenía que volver al trabajo y, como me había informado ampliamente sobre la vacuna, no pregunté el motivo de ese requisito. Solo ojee el documento y lo firmé. Con el ok del médico y la cita para la consulta de enfermería cogida, mi madre fue a la farmacia a recoger una de las dosis que teníamos reservadas.

Daniela solo lloró unos 30 segundos una vez puesta la inyección, aunque lo hizo a pleno pulmón y la pena le duró un rato. El resto de la tarde estuvo perfecta y, cuando pasaron ocho horas sin ningún cambio, tuve la esperanza de que la vacuna no le causara reacción. No tuvimos esa suerte y, en cuestión de media hora, su temperatura pasó de 36º a 38.8º. Con una dosis de Apiretal y paños fríos conseguimos que la fiebre bajara a 38.2º a los 45 minutos. A las 23:30, con la fiebre ya bajando, me atreví a dejarla en su cuna para que descansara. Al día siguiente, no tuvo fiebre hasta media mañana y fue más leve que la del día anterior (37.7º).

Aparte de la fiebre, que no duró más de 24 horas, la vacuna le provocó reacción en la zona del pinchazo. El mismo día le costaba mover la pierna, imagino que por dolor, y el roce la hacía llorar. Aplicando calor local parece que ha mejorado y ya no se queja, pero dos semanas y media después sigue con un bulto en la zona. Por lo demás, no he apreciado otros síntomas significativos. Es cierto que a los dos días de la administración de la vacuna Daniela comenzó a hacer unas cacas muy feas, y la diarrea es otro de los síntomas más frecuentes según la ficha técnica de la vacuna. Pero no podría decir que ambas cosas hayan estado relacionadas, ya que en mi entorno había otras personas igual por culpa de una gastroenteritis.

Maternidad

Mi primera navidad en Toys R Us

El sábado asistimos al evento Mi primera navidad que celebra cada año Toys R Us para los más pequeños. Lo que yo esperaba de este día era que Daniela disfrutara, viviera una nueva experiencia y me orientara acerca de los juguetes que más le gustaban. Respecto a esto último, no he sacado mucho en claro porque le entusiasmaban todos.

Llegamos a las 11:00 horas y ya había algo de cola para acceder a la zona de juegos. Lo primero que hicimos fue dar los datos de Daniela para que marcarán en la lista que había asistido. Tras ese trámite, esperamos el turno para plasmar su huella en un molde de arcilla. En esto ya tenemos práctica porque durante el embarazo me regalaron algo parecido. En aquél pusimos su pie, así que esta vez optamos por conservar la huella de la mano. En cuanto empezó a acumularse gente, ofrecieron la posibilidad de dar el kit completo y que cada familia lo hiciera en casa.

Pasamos por fin a la zona de juegos y ahí fue donde Daniela disfrutó a lo grande. Todo juguete que se cruzaba le hacía gracia: el xilófono, la mesa de aprendizaje, el correpasillos con actividades… Más tarde pasamos al photocall navideño que habían puesto para que los peques se hicieran fotos. Todos metían sus cabecitas en el hueco y esperaban sin más a que les echaran la foto, pero Daniela se marcó como objetivo principal tirar el cartón al suelo. Conseguí sacarle alguna foto decente mientras ella empujaba aquello una y otra vez.

A la hora de irnos nos entregaron una bolsa con algunos regalos: un gorrito, una cadena para chupete, un set de Mega Bloks, una pegatina de bebé a bordo, globos y una botella de agua. Además, nos dieron un vale descuento de 10€ válido hasta el 24 de diciembre para utilizarlo en compras superiores a 60€.

Diseño sin título

Hay algunos aspectos que se podrían mejorar por parte de la organización. Las plazas estaban limitadas a 30 bebés, pero el espacio habilitado no permitía ese aforo ni por asomo. Lo primero que hay que tener en cuenta al organizar un evento de estas características es que, además de los 30 bebés, tendrás como mínimo 30 acompañantes y un número similar de sillas de paseo. En este sentido, la organización fue pésima. Las calles de la tienda ya estaban cortadas con sólo 8 ó 9 carritos. Aquéllo era un caos para los asistentes al evento y para el resto de clientes del establecimiento.

La zona de juegos tampoco estaba preparada para esa afluencia, ni por tamaño ni por mobiliario. En fotografías de otros padres he visto que en algunos centros comerciales habían colocado puzzles de goma eva en el suelo. En el nuestro no fue así y los bebés estaban sobre un parqué de madera, bastante duro teniendo en cuenta que en muchos casos ni se mantenían sentados. Yo estuve todo el rato colocada detrás de Daniela porque temía que se tirara de golpe hacía atrás y diera con la cabeza en el suelo.

El número de juguetes no estaba mal, pero me sorprendió lo poco adaptados que estaban a la edad de los bebés. Cuando llame por teléfono para inscribir a Daniela, me preguntaron su edad e imagino que hicieron lo mismo con todos los padres. Pues a pesar de que había bastantes bebés menores de seis meses solo había un gimnasio / manta de actividades adaptado a esa edad. La primera madre que llegó y colocó allí a su bebé no lo quitó en bastante rato, y tampoco tenía otra opción porque no había ni un solo juguete que pudiera usar su hijo. Así que el resto de madres con bebés de edad similar se quedaron sin opciones y terminaron marchándose.

Por otra parte, si esperas a 30 asistentes a una hora determinada y pretendes hacerles la huella a todos, no puedes destinar un solo trabajador a esa labor. Entre coger los datos, amasar la arcilla, tomar la huella, recortar el molde, responder preguntas… la chica estaba desbordada. Normal que acabara dando los kits para que cada familia lo hiciera en casa.

Por último, hay otras cosas negativas que no pueden atribuirse mas que a la mala educación de algunas personas, pero que la organización ni siquiera intentó subsanar. Os puedo asegurar que en mi centro comercial había niños participantes que ya llevaban varias navidades a las espaldas… Aunque la edad límite eran los 18 meses, no me molesta que participen niños que superen esa edad. Pero no se debe dejar pasar al recinto a un niño de al menos cinco años que muestra un escaso respeto por cualquier bebé que haya allí. En más de una ocasión temí por la seguridad de algunos de los bebés más pequeños porque aquel niño saltaba y corría sin mirar que podía haber bajo sus pies.

Aunque parezca que las cosas negativas ocupan mucho, la valoración general es muy positiva. Es genial que se organicen eventos como estos para los bebés. Además, la inscripción es gratuita y nos vinimos con unos detallitos a casa. Así que sólo por eso recomiendo a cualquier padre la asistencia para futuras ediciones. Se pasa un buen rato a coste cero y los peques tienen una oportunidad para interactuar con otros bebés.

Maternidad

Los 5 regalos que me hubiera gustado recibir en el hospital

El tema de los regalos durante el embarazo o una vez nacida mi hija me daría para tres entradas (todo se andará). Nunca los he pedido y no me han hecho falta, pero eso no evita que haya personas cuyo comportamiento solo pueda calificarse como decepcionante.

Una de las espinitas que tengo clavadas de mi posparto fue el tema de los regalos durante la estancia hospitalaria. No recibí ninguno. Y fueron doce las personas que se acercaron hasta allí para conocer a mi hija. El único conato vino de parte de mi madre, que encargó a mi padre ir a una floristería cercana a comprar algo. Él volvió informando de que la habían cerrado. No dudo de su buena intención en la búsqueda, pero os puedo asegurar que la floristería sigue allí a día de hoy.

Algunas personas no eran lo bastante cercanas como para poder afearles nada. Otros no son detallistas por naturaleza así que no me sale tenérselo en cuenta. Un tercer grupo simplemente pasó del tema. La cuestión es que nadie pareció reparar en un detalle de ese tipo, algo que a mí difícilmente se me hubiera pasado. Y entristece pasear por maternidad y ver que seguramente eres la única que no ha recibido un pequeño obsequio. De todo se aprende.

Por eso os traigo esta lista de regalos que me hubiera encantado recibir. Si vas a visitar a una mujer que acaba de dar a luz (probablemente perturbando su descanso), lo menos es llevar un detalle que le anime o pueda resultarle útil al salir de allí.

1) Un desayuno

Pasaron 36 horas desde la última vez que había comido algo sólido en casa hasta que me permitieron ingerir unas tristes galletas en el hospital. Si alguien me hubiera traído entonces algo de comer, le hubiera jurado lealtad infinita.

Si quieres hacer este regalo, no es necesario que te levantes a las 8 de la mañana para preparar algo que llevar. Hay empresas que se encargan de entregar en la propia habitación del hospital un desayuno más que completo, con una presentación exquisita y algún detallito extra de regalo.

2) Un globo XL

Sí, soy algo infantil. Pero siempre me he quedado con las ganas de que me regalasen un globo de helio tamaño grande. Es cierto que quizás no sea un regalo muy original (las maternidades están llenas de ellos), pero dan un toque de color que no viene nada mal en una habitación de hospital.

3) Un bouquet de ropa

No me gusta que me regalen flores. No es algo que pueda conservar y, además, me invade algo de tristeza cuando las veo marchitar. Pero me encantan los bouquets. Es por mucho el tipo de ramo que más me agrada.

Una buena forma de combinar un regalo ‘típico’ como son las flores con una ocasión como está, es regalar un bouquet formado con ropa de bebé. En internet podéis encontrar miles de ideas y tutoriales, y si os da algo de pereza, también es fácil encontrarlos en tiendas de regalos.

4) Una tarta de pañales

A cualquier madre le vendrá bien que le regalen pañales, es el típico regalo que se agradece por su utilidad y porque permite ahorrar un pequeño gasto. Si se hace de una forma vistosa, el detalle gana aún más puntos.

Las tartas de pañales son susceptibles de una gran personalización, tanto en la forma como en el contenido. Puedes aprovechar el regalo para hacer un guiño a las aficiones o gusto de los padres e incluir detalles extras a los pañales.

Mis compañeras del máster me regalaron semanas después de nacer Daniela una tarta de pañales preciosa. Además de 60 pañales talla 3, traía un peluche y unos patucos. ¡Gracias chicas!

5) Un detalle más personal

Cuando no hay mucho dinero pero sobran las ganas, hay miles de cosas que se pueden regalar. Sólo hay que dedicar algo de tiempo a pensar y desarrollar una idea. A mí me encantan las cosas que invitan a la nostalgia. Se me ocurre, por ejemplo, lo mucho que habría disfrutado un collage con la primera foto de Daniela y los principales titulares del día de su nacimiento. Una composición de ese estilo, con un marco bonito, me hubiera hecho muchísima ilusión.

Maternidad, Reproducción asistida

De besos y tubos de cristal: respuesta a una hoja parroquial

Hoy tocaba hablar de la vacuna Bexsero, y todo se andará, pero hace dos días llegó una noticia a mis oídos que no puedo dejar pasar. En la última Hoja Parroquial de la parroquia de San Bartolomé y San Jaime de Nules se publicaba un poema cuyo contenido está entre lo burdo y lo repulsivo. No se deja ningún colectivo por ofender: homosexuales, bisexuales, transexuales, divorciados, animalistas… Y los modelos de familia no tradicionales no podíamos irnos sin recibir lo nuestro.

Tras la oleada de críticas recibidas, a las que se ha sumado el alcalde del municipio, parece que al párroco no le ha tocado otra que reconocer que la difusión de los versos ha sido un error y retirar el texto de la edición digital de la Hoja Parroquial. Ha llegado tarde. El texto ya está circulando y el daño hecho.

Comentarlo todo me llevaría demasiado tiempo y un buen sofocón, así que me voy a limitar a los versos que el autor de tan cuidada poesía ha dedicado a los niños nacidos por técnicas de reproducción asistida.

“El padre de Alba se llama Inseminación Artificial, / Porque su madre pensaba que así se iba a realizar, (…) Joaquín es niño probeta. Y cuando se va a acostar / Le da siempre un par de besos A su tubo de cristal, / Porque sus padres trabajan Día y noche sin parar”.

El uso de los signos de puntuación y de las mayúsculas – minúsculas es tan errático que he llegado a pensar que en realidad el texto escondía un mensaje oculto del tipo “no os preocupeis, es broma”, pero no lo he encontrado. Pero bueno, dejaré de lado la calidad literaria para centrarme en el contenido.

El padre de mi hija no se llama inseminación artificial ni fecundación in vitro. El padre de mi hija no existe. Pero eso no quiere decir que oculte u omita la participación de una figura masculina en su concepción. Y creedme, cuando le hable a mi hija de ella, lo haré con el mayor respeto y gratitud posible.

No tuve a mi hija creyendo que así me iba a realizar. Fui madre porque quise y pude. Sin más. En mi decisión intervinieron exactamente los mismos sentimientos, anhelos y expectativas que podría albergar cualquiera de las parejas heterosexuales que el autor del texto parece aprobar.

Los bebés nacidos gracias a la reproducción asistida no son ‘niños probeta’. No hay que etiquetarlos de ninguna forma distinta a la de las personas que hemos sido engendradas por el método tradicional. Sí, los primeros instantes de vida de mi hija transcurrieron en un laboratorio y yo soy la primera en hacer bromas sobre ello. Pero usar estas expresiones para desmerecer a niños por una condición que no pudieron elegir es un acto ruin y patético.

La falta de cariño o apego no tiene nada que ver con el método de concepción o con la situación laboral de los padres. Soy madre trabajadora y mi hija no necesita darle besos a ningún tubo de cristal. Cuando estoy con ella, no me limito a compartir el mismo espacio físico sino que intento que nuestro tiempo juntas sea de calidad.

Este tipo de textos me enfadan muchísimo, y no solo porque reflejan el pensamiento arcaico de ciertos sectores de la sociedad. Manifestaciones como estas vienen de una institución a la que pertenezco, a la que mi hija pertenece, y a la que me cuesta defender tras estas salidas de tono. Y es que con estas historias, además de hacer daño a los colectivos atacados, enturbian la ya maltrecha imagen de la Iglesia católica. Allá ellos.

Por mi parte, sólo puedo decirle al autor y a los que piensen como él que mi modo de crianza está mucho más cercano a los valores cristianos que su escrito. Que la reproducción asistida es de todo menos fría, porque nunca había experimentado sentimientos tan intensos como los vividos en aquella etapa. Que en mi casa no se dan besos a tubos de cristal, sino abrazos que salen del alma. Y que en esta vida sólo mi hija está legitimada para juzgar mi elección.

Aunque duela leer cosas así, no conseguirán matar la ilusión que lleva a mujeres y parejas a pasar por duros tratamientos hasta llegar a sus hijos. Tampoco nos harán sentir vergüenza, ni permitiremos que otras formas de vivir vuelvan al ostracismo. Los avances que poco a poco se están produciendo en nuestra sociedad no son reversibles. Y si no les gustamos, tendrán que aprender a vivir con nosotros.