Regalos deNavidad: donde dije digo, digo Diego
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Regalos de Navidad: donde dije digo, digo Diego

Aunque las fiestas ya han quedado atrás, no quiero dejar de hablaros de los regalos de Navidad que recibió mi hija. Hace unas semanas creía que este año os contaría las razones por las que había decidido que Papa Noel no pasara por casa. Daniela no es aún del todo consciente de lo que ocurre a su alrededor durante estas fechas. Y los regalos de Navidad del año pasado están como recién salidos de sus cajas gracias a que ella cuida mucho de sus juguetes. Por eso me parecía innecesario comprar más cachivaches. Pero también sentía pena por no vivir la experiencia completa en las segundas navidades de mi hija…

Reconozco que finalmente sucumbí al consumismo navideño. Tras años sin decorar nuestra casa, compré un árbol que colocamos en nuestro patio. Escribí, en nombre de Daniela, una carta a Papá Noel y le expliqué que en algún momento pasaría a recogerla. ¡Casi una semana se pasó llamando a Santa Claus! La mañana del 25 de diciembre los regalos de Navidad por fin aparecieron bajo el árbol.

Regalos de Navidad 2018

Carrito de muñecas

Mi madre quiso regalarle a Daniela un carrito de muñecas y se decidió finalmente por el que veis en la foto. Elegir entre tantos modelos no fue sencillo. ¡Hay tanta variedad como en los cochecitos de verdad! Teníamos claro que queríamos que el carrito tuviera capazo y que el precio no fuera desorbitado. Ya habíamos abandonado la intención inicial de no comprar regalos de Navidad, pero no ibamos a gastar sin control. Este carrito cumplía con esos requisitos.

Es un carrito de muñecas 3 en 1. El capazo es extraible (pudiendo usarse como cuna) permitiendo la transformación en sillita. Su precio era de 39,95€ en el momento de la compra. Pero lo que nos hizo decidirnos por él fue principalmente su altura. Había otros modelos de apariencia más robusta, pero tenían una altura elevada para un bebé de menos de dos años. Lo importante en un juguete es que se pueda disfrutar, por lo que no ibamos a comprar un carrito que Daniela no pudiera manejar bien por muy bonito que fuera.

Bebé llorón

Si la abuela había comprado un carrito, ¿cómo no iba yo a regalarle a Daniela una muñeca que pudiera pasear? Bueno, en realidad me pasé días diciendo que podría pasear a cualquiera de los peluches que ya tenía. Pero los bebés llorones son tan bonitos con sus ojos grandes… Hubiera comprado todos los modelos, pero tenía que decidirme y acabé eligiendo a la tigresa Nala.

Lo característico de este muñeco es que llora lágrimas ‘de verdad’ cuando le quitas el chupete gracias a un pequeño depósito de agua situado en la cabeza. Para calmarla habrá que volver a colocarselo o cada vez llorará más fuerte. Practicamente todo el peso de la muñeca (y es considerable) se concentra en la cabeza. Eso hizo que Daniela tuviera algunas dificultades en agarrarla las primeras veces, pero se acostumbró rápido.

Libros de cartón

Hace unos meses os conté que habíamos recibido un libro de este tipo y que Daniela estaba encantada con él. Estaba tan entusiasmada que mi madre y yo nos planteamos en momentos de desesperación esconderlo, quemarlo, tirarlo por la ventana… ¡Todo el día estábamos con el libro a cuestas! Necesitábamos descansar de él, así que le compramos algunos más.

Ábaco

Un par de semanas antes de Navidad, tuve que renovar mis gafas. En la óptica había un ábaco para que los niños se entretuvieran el rato que sus padres tubieran que pasar allí. A Daniela le encantó y acabó llorando cuando tuvimos que dejarlo. Entonces recordé que tenía uno de IKEA incluso envuelto. Lo había comprado hace años para regalar, pero acabé sustituyéndolo por algo que me gustó más. Así que el día de Navidad sólo hubo que dejarlo bajo el árbol.

No tuve que invertir en él, ni me pasé horas buscando el más adecuado o el más bonito… pues el regalo que más usa mi hija. Los niños tienen estas cosas…

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¿Es extraño ver a Verdeliss en GH VIP?

Durante la mañana del pasado viernes, se dio a conocer que la youtuber Verdeliss participará en la próxima edición del reality show GH VIP. Me atrevo a decir que la noticia sorprendió a todas las blogueras, vlogueras e instagrammers de maternidad. Todos los concursantes anunciados hasta entonces pertenecían al universo Telecinco. El simple hecho de elegir a alguien fuera de esa órbita ya es bastante inesperado. Pero incluso pensando en influencers como aspirantes, era difícil apostar por ella. Verdeliss en GH VIP es una rareza por muchos motivos.

Su perfil no encaja con el programa

Ver a Verdeliss en GH VIP es extraño porque su perfil no encaja para nada con el programa. Ella se caracteriza por generar contenido amable y para toda la familia. Y GH VIP es probablemente la telebasura elevada a su máxima expresión. Este programa será además el que nutra de contenido a Sálvame durante los próximos tres meses. Nunca hubiera dicho que Verdeliss querría ser parte de un espacio que, entre otras lindezas, humilla a quien se ponga por delante y juega a desinformar sobre temas de salud para ganar audiencia. Uno de sus compañeros de encierro sin ir más lejos narró en Sálvame la muerte cerebral de su hermana y posterior recuperación.

Muchos dicen que la televisión era el salto natural si Verdeliss quería ampliar su público. Estoy de acuerdo, pero GH VIP no parece el programa más adecuado. En Mediaset hay varios canales con programas que encajan mucho mejor con la imagen que Estefania Unzu ha querido mostrar en su canal de YouTube. Estoy segura de que ella hubiera podido optar a alguno de ellos, pero no hubiera tenido tanta repercusión ni el mismo beneficio económico. Tampoco hubiera asumido ni la mitad de riesgos. Supongo que, valorando los pros y contras, ella prefiere la fama y la pasta. No la juzgo por ello.

Está embarazada

No creo que el embarazo sea un impedimento para entrar en Gran Hermano. Para el espectador es incluso un aliciente. ¿Veremos las ecografías? ¿Habrá bronca si no puede hacer una prueba semanal? Verdeliss no correrá riesgos en este sentido. Estará atendida en todo momento y estoy segura de que, aunque la comida escasee en la casa, ella recibirá una alimentación adecuada a su estado. Sin perjuicio de lo anterior, el embarazo es otro elemento que chirría en la entrada de Verdeliss en GH VIP.

Resulta extraño que una mujer elija pasar un trimestre de su embarazo rodeada de personajes como Angel Garó, Aramis Fuster y Oriana Marzoli. Espero que Estefi tenga nervios de acero porque, cuando esos tres se pongan a tirarse los trastos a la cabeza, la situación va a ser digna de ver. Le puede salir el bebé con un estrés postraumático del copón.

Para Verdeliss, además, el embarazo es casi un estado místico. Me sorprende que prive a su marido e hijos de vivirlo con ella. Sus seguidores correrán mejor suerte en lo que a esto respecta. Podrán ver su gestación avanzar durante las 24 horas del día, y sin cortes cuidadosamente elegidos. Me imagino a todas sus fans adolescentes suspendiendo en diciembre porque no se han despegado del canal 24 horas.

Se pierde la esencia

Puede que la entrada de Verdeliss en GH VIP refuerce su canal o que deteriore su reputación. Eso ya se verá. Pero lo que es indiscutible es que supone una pérdida de su esencia. Verdeliss triunfó porque era una madre normal. Su modelo familiar era sin duda atípico, pero ella era una madre con las mismas tareas y preocupaciones que cualquier otra. Las colaboraciones fueron llegando con el incremento de los seguidores, pero ella seguía siendo una madre normal.

Más tarde publicó un libro y lanzó una línea de ropa. Quizás esto ya no sea tan propio de una madre normal, pero ella se esforzaba en seguir pareciéndolo. De hecho, la mayoría de su contenido sigue basándose en lo cotidiano. Pero su entrada en la casa de Guadalix romperá definitivamente con esa imagen. A partir de ahora, Verdeliss será un personaje público con todas las letras. Cuando salga, si retoma el canal por donde lo ha dejado, será una famosa hablando de maternidad como tantas otras.

Esto no es malo ni mucho menos. Apuesto a que ella saldrá reforzada de GH VIP y podrá sacarle rendimiento. Pero creo que mantener la esencia de lo que te lleva a tener éxito es vital para no perder el norte. Personalmente, yo no cambiaría ser la numero uno entre las youtubers de maternidad para ser “la de GH VIP que tiene tantos niños”.

Mayor exposición que nunca para su familia

Los hijos de Verdeliss ya sufrían una exposición brutal antes de que su madre decidiera entrar en GH VIP, pero eso no es nada comparado con lo que se avecina. La televisión es el mayor escaparate que existe y esta familia estará expuesta en horario de máxima audiencia. Quiero pensar que Verdeliss ha firmado algún tipo de pacto de no agresión, o que no es consciente del daño que puede causar esa exposición tan bestia. Pero sobre todo deseo que esos niños jamás tengan que arrepentirse de las arriesgadas decisiones de sus padres.

Todos queremos ver a Verdeliss en GH VIP

Solo me queda desearle a Estefi mucha suerte. No podré ver la gala del próximo jueves, pero seguro que disfrutaré de algún trozo en diferido. Y seguiré su paso por el programa con atención. No se puede negar que hay muchísima expectación en torno a ella. ¿Podrá aguantar lejos de sus hijos? ¿Será real la imagen que nos enseña? ¿Conoceremos otra cara de Verdeliss? Fans y detractores están ansiosos por conocer las respuestas. Yo también aunque no soy una cosa ni la otra.

Y para acabar, también quiero recomendar a Estefi que encaje mejor las críticas o pase de ellas. Cualquiera de estas opciones la hará sentir mejor. De momento, no está reaccionando nada bien. Entiendo que cargue contra los medios de comunicación que dan información sesgada. Pero sus seguidores tienen todo el derecho a expresarse. No se puede desmerecer la opinión de aquellos que te han apoyado durante años y que te han llevado a donde estás. Eso de borrar comentarios críticos que no contienen faltas de respeto queda feo.

Estefi, que un seguidor te diga que está decepcionado no es motivo para decirle que no es un buen seguidor porque, si no te apoya, no te quiere. Yo me siento decepcionada por muchas personas y te aseguro que a algunos los sigo queriendo.

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¿Se juzga a las madres que llevan a sus hijos a la guardería?

Septiembre es, junto a enero, el mes de los comienzos por excelencia. No hay mejor momento para fijarse objetivos. Tenemos nueve meses por delante para trabajar en alcanzarlos antes de que la desgana veraniega nos atrape. Para muchos bebés el día hoy significa también el comienzo de una etapa importante, la de la guardería. Desde hace semanas, muchas mujeres me han preguntado si llevaría a mi hija a una este año. Me sorprende que, al decir que no, las madres que sí llevaran a sus hijos han comenzado a justificarse. ¿Por qué lo hacen? ¿Se sienten juzgadas?

¿Por qué no llevo a mi hija a la guardería?

Mi hija aún no ha pisado una guardería. He tenido la suerte de contar con la ayuda de mi madre, que se ha encargado de la pequeña mientras yo trabajaba. Si no hubiera tenido ese apoyo, habría delegado el cuidado de mi hija en un centro de ese tipo sin pensarlo dos veces. Así que la principal razón para no llevar a mi hija a una guardería es que no he necesitado hacerlo.

Daniela nació además en enero. No entrará en el colegio hasta los casi cuatro años. No me apetece matricularla en una guardería siendo tan pequeña cuando va a tener tiempo de sobra para vivir esa experiencia. Mi plan es que vaya a una a partir de septiembre de 2019. Solo asistirá un año. Ese tiempo es, a mi juicio, suficiente para disfrutar de todas las ventajas de estos centros sin el inconveniente de exponerla a virus siendo demasiado vulnerable.

Las guarderías tienen ventajas e inconvenientes

La decisión de llevar a un hijo a la guardería tiene ventajas e inconvenientes. La guardería es el mejor lugar para que los bebés se relacionen entre si. Allí juegan y se divierten en un entorno seguro (o todo lo seguro que puede ser un recinto lleno de niños). Entre los aspectos negativos, destaca el número de veces que enferma un niño que acude a guardería respecto a uno que no.

Muchos padres ni siquiera pueden pararse a valorar estas cuestiones. Matricular a sus hijos en una guardería es la única opción cuando tienen que reincorporarse al trabajo. Para otros, en cambio, utilizar los servicios de estos centros es una elección. Ellos han aceptado los contras porque los pros pesan más en su balanza. Estos últimos son los que acaparan las críticas de aquellos que opinan que nadie debería llevar a su hijo a la guardería salvo que sea estrictamente necesario.

Me imagino que esas opiniones son las que provocan las justificaciones de las que hablaba en el primer párrafo. Demasiadas madres se sienten obligadas a explicar una decisión que solo incumbe a ellas, a sus parejas y a sus hijos. Se sienten juzgadas por no poder o querer dedicarse completamente a su faceta como madres. ¿Pero es eso algo que merezca reprobación?

Llevar a un hijo a la guardería no es mandarlo a la guerra

Muchos profesionales defienden que, siempre que sea posible, lo mejor es que un bebé pase los primeros años de su vida en casa rodeado de su familia. No tengo los conocimientos necesarios para rebatir esa información. Si ellos lo dicen, lo doy por bueno. Pero que la crianza en casa sea mejor, no significa que debamos demonizar las guarderías. Todos sabemos, por ejemplo, que la lactancia materna es lo mejor y no por ello se puede juzgar a la madre que opta por la lactancia artificial, ¿verdad?

Llevar a un hijo a la guardería no es mandarlo a la guerra. En estos centros los pequeños están bien cuidados y atendidos. Si una madre decide usarlos, aunque no lo necesite, no está perjudicando gravemente a su hijo. Nadie debe cuestionar su decisión, y mucho menos insinuar que es peor madre que otra. Esa idea de que la mujer debe aparcar toda su vida para dedicarse en cuerpo y alma a la crianza de los niños está ya muy desfasada.

Esas madres que han sentido la necesidad de darme explicaciones sin haberlas pedido pueden estar tranquilas. No seré yo quien mire con lupa su comportamiento para criticarlas. Da igual si han recurrido a las guarderías porque estén estudiando o buscando trabajo, porque su bebé sea de alta demanda y necesiten descansar o simplemente porque les apetece disfrutar de unas horas sin hijos.

¿Soy la única que ha vivido este tipo de situaciones? Las que lleváis a vuestros hijos a la guardería, ¿os habéis sentido juzgadas alguna vez? Me encantaría leer vuestras experiencias.

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Mi hija de 18 meses aún no camina

Ha pasado una semana desde que mi hija cumpliera dieciocho meses. Ese es el momento hasta el que, generalmente, se considera normal que un bebé no ande. Pues ya puedo decir que Daniela se ha saltado los plazos porque aún no camina de manera autónoma. ¿Me preocupa? Ni lo más mínimo. Enseguida os cuento porqué, no vayáis a pensar que tengo un exceso de pasotismo… ¿Le preocupa a los desconocidos? Diría que muchísimo a juzgar por la insistencia de sus preguntas.

¿Por qué mi hija no camina?

Ojalá lo supiera. Yo creo que tiene todas las habilidades necesarias para ello. Desde hace meses es capaz de andar agarrada a alguien de una sola mano. Y actualmente lo hace a una velocidad considerable con el simple contacto de un dedo, pero se tira al suelo en cuanto intentas retirarlo. Hace un par de semanas conseguimos “engañarla” y dio unos pasos sola, pero la situación rara vez ha vuelto a repetirse.

Ya dije antes que no es algo que me preocupe. En los últimos meses, a mi hija la ha visto su pediatra, la enfermera que le realizó la última revisión de niño sano y la doctora de rehabilitación infantil. Todas han visto a mi hija desde que era una recién nacida y, por tanto, conocen su desarrollo de primera mano. Y lo más importante, las tres coinciden en que la situación no es preocupante en absoluto. Parece que Daniela no quiere andar porque no se siente segura, prefiere desplazarse gateando o es floja… pero nada de eso es un problema desde el punto de vista médico.

Hay que darle la importancia que merece

Considero que lo más sensato es no preocuparse si los profesionales dicen que no hay razón para hacerlo. También creo que es inevitable seguir sintiendo algo de inquietud. Si mi hija no camina pasadas unas semanas, volveré a pedir la opinión de los expertos. Lo que en ningún caso me planteo hacer es forzar un avance para acallar las voces de los opinólogos. Y creedme cuando os digo que son voces tan molestas que estaría dispuesta a muchas cosas con tal de no escucharlas. Cualquiera que tenga un hijo al que le haya costado algo más de tiempo alcanzar una meta sabrá de lo que estoy hablando. A modo de ejemplo, voy a contaros lo que me pasó hace unos días.

Paseaba con Daniela y mi madre cuando nos cruzamos con dos conocidos que cuidaban a su nieta. Ella tiene algunos meses menos que mi hija. Casi se saltaron el saludo para preguntar directamente si Dani ya andaba. Al decirles que no, les faltó tiempo para decir que su nieta si lo hacía. Y por si no les creíamos, la pusieron en el suelo para que demostrara su habilidades. Ya estoy acostumbrada a este tipo de situaciones, se llevan repitiendo meses. Lo que me dejó planchada es que dijeran que, cuando la peque tenía doce meses, la preocupación de su madre era tal que llegaba a decir “¿la mierda niña esta cuándo va a andar?”. Prometo no estar exagerando.

¿Por qué le importa a los demás?

Por suerte, esta anécdota es única en su especie. No sé si podría escuchar de nuevo la frase sin que me diera vueltas la cabeza. Pero tiene en común algo con las otras situaciones que he vivido, y es que percibo que se usa a los bebés para una competición absurda. En la cuestión que nos ocupa, parece que puedan usar que Daniela no camina para demostrar que sus hijos son más válidos o ellos mejores padres.

Ya he hablado en otras ocasiones de lo absurdo que es rivalizar entre adultos usando a los niños. Me parece tan deleznable que a menudo intento encontrar otras causas para estas conductas. Pero no se me ocurren motivos para que el desarrollo de mi hija despierte el interés de los desconocidos. A mí los hijos de los demás me son indiferentes. A menudo ni siquiera siento curiosidad por ver a un recién nacido aunque conozca a la madre. Y si el bebé me importa, nunca pregunto por sus progresos con una intención distinta a la de interesarme por su bienestar.

¿Qué sentido tiene comparar el peso de bebés de un año si ambos están sanos? ¿Por qué ponerlos juntitos para ver quien es más alto? Mi hija tiene dieciocho meses y aún no camina. Si hay alguien a quien eso le infla el ego, sólo puedo sentir pena por lo triste que debe ser su vida. Y a aquellos que comienzan la competición en cuanto me ven, solo les diré que dejen a los niños en paz. Si queréis hacer comparaciones, tened el valor de poned vuestras capacidades en el disparadero. Usar a un hijo como arma y escudo es ruín.

¿Qué opinais de todo este asunto? ¿Me lee alguien cuyo hijo haya tardado tanto en caminar? ¿Tuvisteis que escuchar tantos comentarios? ¿Habéis percibido lo que comento o soy muy mal pensada? Me encantaría leer vuestras experiencias.

 

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Vacaciones con un bebé: mis imprescindibles

A mediados del mes de mayo disfruté junto a mi familia de un merecido descanso. Solemos aprovechar la celebración de la feria de nuestra localidad para viajar cuando el tiempo ya es bueno y los precios no están en su punto más álgido. Estas han sido nuestras segundas vacaciones con un bebé.

¿De qué tipo de vacaciones estamos hablando?

Para mí existen dos tipos de vacaciones: las culturetas y las relajantes. Puedo pasarme todo un viaje pateando los lugares de interés de una ciudad, o tener como único objetivo disfrutar de la piscina y el buffet de un hotel. Y no concibo combinar estas actividades. Quizás por eso me muestro tan reticente a embarcarme en un crucero…

Desde que nació Daniela, mis vacaciones han sido del segundo tipo. Es importante tener en cuenta este dato al leer el post, puesto que las necesidades que me han podido surgir han estado condicionadas por el tipo de viaje.

  • Vacaciones en territorio español. No he tenido que preocuparme de la asistencia sanitaria.
  • El medio de transporte para llegar al destino ha sido nuestro vehículo particular.
  • Alojamiento en un hotel con régimen de todo incluido. Tenía acceso a comida y bebida a cualquier hora que mi hija la demandara.

Así han sido mis vacaciones con un bebé

Ahora sí, teniendo en cuenta lo anterior, voy a contaros qué necesité durante mis vacaciones con un bebé de pocos meses y cómo cambiaron esas necesidades un año después. Las primeras vacaciones con mi hija tuvieron lugar cuando acababa de cumplir los cuatro meses. La veía tan pequeña y vulnerable que los días previos al viaje los pasé acumulando miedos. ¿Era prudente marcharnos un día después de haberla vacunado? ¿Cómo le sentaría el sol a su piel tan blanca? ¿Se resfriaría con el aire acondicionado? ¿Habría demasiados mosquitos?

Una de las cuestiones que más me preocupaba era la asfixia postural durante el traslado. La posición que los bebés adoptan en las sillitas de coche es la más segura de cara a un accidente, pero dificulta su respiración. No es recomendable que estén en ellas más de hora y media (cuando veo a madres que sustituyen el capazo por el grupo 0 me entran los siete males). Por eso, durante el viaje, paramos cada 45 minutos. Este año hemos seguido respetando los descansos pero algo más relajados. Sólo hemos hecho una parada, entre otras cosas porque Daniela se pasó gran parte del trayecto dormida.

Mi hija durante las vacaciones con cuatro y dieciseis meses.
Mi hija durante las vacaciones con cuatro y dieciseis meses.

Alimentación del bebé

Durante sus primeros seis meses de vida, Daniela se alimentó exclusivamente con lactancia artificial. El año pasado tuvimos que llevarnos todo lo que nos hacía falta para preparar sus biberones. Y no eran pocas cosas. Además del biberón, la lata de leche en polvo y un termo, cargué con una placa de inducción y un cazo adecuado para hervir el agua. Ahora, con dieciséis meses, mi hija come de todo por lo que no he tenido que preocuparme en llevar nada para garantizar que su alimentación fuera adecuada. ¡Vaya diferencia!

Baño en playa y piscina

No hubo manera de que Daniela disfrutara del agua en sus primeras vacaciones. Mojarle los pies en la playa y en la piscina del hotel era suficiente para que se pusiera a llorar a pleno pulmón. Compré una piscina hinchable, pero era tan buena que no duró ni un uso. La playa sigue sin gustarle un año más tarde, pero en la piscina se hubiera pasado horas. Así que en esta ocasión el bañador ha servido para algo más que para que estuviera cómoda. Los bañadores desechables que compramos hace meses nos han dado buen resultado.

Paseo y descanso

La peque aún usaba el capazo con cuatro meses, pero no había espacio suficiente en el coche para tanto trasto. Estrenamos entonces la silla de paseo, intentando que Daniela fuera siempre en la posición más reclinada. ¿Pero cómo íbamos a tenerla en la zona de la piscina tumbada y en el carrito? Tuvimos que llevarnos su hamaca para esos ratos… También este asunto se ha hecho más fácil con el paso de los meses. Daniela ya se mantiene sentada en las tumbonas de la piscina. Y para traslados y descansar, hemos llevado la silla de paseo ligera que es mucho menos pesada y ocupa la mitad de espacio.

Hay cosas que no han cambiado

Las necesidades a los cuatro meses y a los dieciséis son muy distintas, pero hay detalles que no cambian si vas de vacaciones con un bebé. Ha permanecido igual, por ejemplo, todo lo relacionado con pañales y productos de aseo (gel de baño, champú y colonia de bebé, crema hidratante, peine, tijeras…).

La protección solar es otra necesidad que siempre hay que tener en cuenta durante las vacaciones, sobre todo si se viaja con un bebé. Los efectos de la radiación solar no son para tomarlos a la ligera. Así que este año, al igual que el anterior, íbamos bien preparados con gorritos, camisetas, gafas y crema solar para la peque.

Y con esto, pongo punto y final al post de hoy deseando a todos que paséis unas vacaciones increíbles. Las vacaciones con un bebé son muy especiales. Aunque no se descansa igual porque hay que tener mil ojos (¡cuidado con las piscinas!), es increíble verlos descubrir cosas y disfrutar de ellas.

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Las revisiones del niño sano me ponen enferma

Este post nace de la necesidad de desahogo. ¿Qué me ha pasado esta vez? Me he vuelto a topar con alguien que no ha hecho bien su trabajo por dejadez. Esta es probablemente una de las cosas que me saca de quicio con mayor facilidad. Ni os cuento como me ofusco cuando el error es recurrente. Por esto, cada vez que me toca cumplir con el Programa de Seguimiento de Salud Infantil (las conocidas revisiones del niño sano), me pongo en alerta. Y es que he tenido problemas en tres de las cinco visitas que debería haber pasado mi hija. Todos ellos achacables a errores del personal administrativo del Centro de Salud de Carmona.

Lo normal convertido en excepción

La revisión del recién nacido y la de los cuatro meses han sido las únicas que se han producido sin incidentes. Dicho así suena hasta ridículo. Las revisiones del niño sano no requieren un esfuerzo titánico. No sé cómo se hace en vuestro centro de salud. En el mío acudes al mostrador, pides que te den cita para la revisión que toque, ellos meten un código en el ordenador y te dan el papel donde pone día y hora. A mí me parece un proceso muy sencillo…

Cita para la finalidad equivocada

Me gusta ser previsora. Por eso pedí la cita para la revisión de los dos meses cuando mi hija apenas tenía quince días. Mi sorpresa fue cuando me planté en la consulta de la pediatra para que me dijera que mi cita no era de las reservadas para el seguimiento del bebé, sino de las comunes que sólo duran cuatro minutos. No voy a entrar en lo que me parece que un pediatra tenga que ver a un niño enfermo en ese tiempo, aunque es otra cuestión digna de post.

Mi hija pasó aquella revisión a la carrera. Ni siquiera recordé preguntar las dudas que llevaba apuntadas por la confusión. La pediatra me mandó a coger otra cita para que ella pudiera reflejar en el ordenador las medidas que había tomado. ¡Y volvieron a dármela mal! Al final tuvo que ir ella misma para que los administrativos atinaran a asignar una cita correcta. Salí de allí enfadada porque a mi hija no se le había dedicado el tiempo que, según mi criterio, merecía y porque a mí me tocaba acudir otro día para cumplir los trámites.

La no revisión de los seis meses

Mi hija nació el 16 de enero, así que esta revisión le tocaba en plena época estival. En mayo me habían asegurado que se abriría una agenda específica para esos meses, pero que tenía que ir cada poco a preguntar hasta que eso ocurriera. Fui todas las semanas. Cuando vi que junio se acababa, incluso aumenté la frecuencia de mis visitas. La respuesta siempre era la misma: “la agenda aún no se ha abierto, pero no te preocupes, ya debe estar al caer”.

Un día el discurso fue distinto. La agenda ni estaba abierta ni se la esperaba. Las revisiones del niño sano se suspendían hasta finales de septiembre. Me pillé un rebote tremendo. Pregunté qué ocurría con esa revisión y me dijeron tan pichis que se quedaba sin hacer. Pedí poner una reclamación y tardaron más de veinte minutos en darme el formulario. Durante ese tiempo, intentaron convencerme de no ponerla pero sin dar ni una explicación.

La única solución que se les ocurrió fue “adelantar” la revisión del año a los nueve meses. Y así lo hice. Pero me llevé otra sorpresa. La pediatra me dijo que el no haber pasado la revisión anterior podía traerme problemas. ¿Problemas de que si no me daban cita? Pues aún no lo sé, pero parece que para el sistema sanitario soy una madre que no cumple con sus obligaciones. La pediatra me ha recomendado grapar mi copia de la reclamación a la cartilla de mi hija “por si acaso”.

Cita con el profesional equivocado

Para la revisión de los dieciocho meses íbamos a tener el mismo problema. Como podía pasarla desde los quince, preferí no arriesgar y escoger una fecha no muy cercana al verano. Dios no quisiera que se quedara sin pasarla y tuvieran que venir a buscarme los servicios sociales… Tenía cita para hoy a las 9:00h. Media hora antes ya estaba esperando en la puerta de la consulta de la pediatra.

Pasamos y desnudé a Daniela mientras su doctora ponía en marcha el ordenador. Cuando vio cual era la revisión que tocaba, llegó una nueva sorpresa desagradable. La revisión de los dieciocho meses la pasaban en enfermería. Me tocaba vestir a Daniela e ir en busca de una cita correcta. Menos mal que a la pediatra de la peque le sobra calidad humana y al menos le escuchó el pecho. No es que sirviera para mucho, pero me hizo sentir que la visita no había sido inútil.

Llegué al mostrador, expliqué que me habían citado con el profesional equivocado…

– ¿Quieres la cita para hoy?
– Pues me vendría muy bien para no perder el día.
– Pues no hay hasta el martes.

¿Me están vacilando?

Niña soriente, perpleja y de apariencia feliz
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¿Por qué exponen los influencers a sus hijos?

Ayer el pequeño Leone, hijo de la influencer italiana Chiara Ferragni y el rapero Fedez, cumplió un mes de vida. Para los que no conozcáis estos nombres, os diré a modo de resumen que Chiara es probablemente la bloguera más influyente del mundo. En 2009 puso en marcha, junto a su entonces pareja Riccardo Pozzoli, su proyecto The Blonde Salad que alcanzó un éxito increíble en poco tiempo. A día de hoy, ella tiene 12,5 millones de seguidores en Instagram. Una auténtica locura.

Lo que a algunos les parece también de locos es que, en escasos treinta días, ya haya publicadas 43 fotografías del pequeño en esa red social. Y sólo contabilizando las publicaciones típicas. Si se tienen en cuenta los Stories la cifra sería muchísimo mayor. Tal ha sido la exposición que, ante las críticas de sus seguidores por la posible comercialización de la imagen de un menor, los padres han dado explicaciones públicas. Se defienden argumentando que en ninguna de las fotos hay marcas enlazadas. Y alegan que, aunque ellos no mostraran a su hijo, los paparazzi harían publica su imagen (en Estados Unidos la imagen de un menor no goza de la misma protección que en España).

No es el único caso de influencer que expone la imagen de sus hijos en redes sociales. Verdeliss, sobrenombre con el que conocemos a Estefanía Unzu, es una chica que en 2008 creó de manera casual un canal de Youtube que actualmente tiene más de 1.300.000 suscriptores. En él podemos ver su día a día, el de su marido y el de sus seis hijos. A mí, que la mayoría de días me cuesta encontrar tiempo y ánimo para publicar una foto o escribir un tweet, me asombra la capacidad de esta mujer para, sin ayuda doméstica, llevar adelante una casa de esas características y mantener la cámara grabando desde el momento en que se despiertan hasta que vuelven a dormirse.

De sus hijos, especialmente de los más pequeños, se puede ver todo: su nacimiento, sus primeras horas de vida, el primer baño, el momento de conocer a sus hermanos… Sabemos cómo son, cómo visten, qué comen, adonde van para divertirse… Verdeliss argumenta que es una forma de conservar recuerdos (algo así como un álbum de fotos pero adaptado al 2.0) y que dejará el canal en el momento en que los niños no quieran seguir con ello.

Supongo que impulsadas por los deseos de emular estos éxitos, se han creado cientos de cuentas en las que blogueras e instagrammers muestran diariamente a sus hijos. Muchas de ellas tienen rasgos comunes. Hay fotos tan cuidadas como las de cualquier catálogo en las que los menores aparecen realizando acciones cotidianas y, en ocasiones, se patrocinan productos relacionados con el mundo infantil.

¿Está justificada la exposición de los hijos en estos casos?

Realmente no creo que sea una cuestión que necesite justificación. A los padres de esos niños les apetece exponer su imagen, pueden hacerlo y lo hacen. Poco más habría que añadir. Yo misma he colgado fotos de mi hija en redes sociales. Creo que, con mesura y precaución, subir una instantánea a internet no produce ningún daño. Hoy puedo decir que no me he lucrado gracias a su imagen. Pero tampoco me haré la digna porque quien sabe que pasará mañana.

Por eso mismo no entiendo los argumentos tan peregrinos con los que nos deleitan las influencers. Pareciera que necesitaran convencerse a ellas mismas… Quizás sea muy malpensada, pero me cuesta mucho imaginar a Chiara subiendo una foto de su hijo en la que se puede ver en tres ocasiones la marca Nike sin que haya retribución de algún tipo. Por no decir que todos sabemos que una bloguera de ese nivel no necesita mencionar a una marca para que en menos de un minuto todos sus seguidores sepan dónde encontrar el conjunto.

Hay demasiadas fotos del pequeño en las que el look es el verdadero protagonista para no sospechar de la comercialización, directa o indirecta,  de su imagen. Y sí, es innegable que la imagen del pequeño iba a ser pública más pronto que tarde. Pero la exposición en la esfera privada no sustituye a la pública, sino que se suma a ella. Los paparazzi, por ejemplo, nunca habrían podido captar fotos del bebé en sus primeros instantes de vida.

Tampoco entiendo las excusas de Verdeliss. Ella dice que parará en cuanto alguno de sus hijos no quiera seguir. Pero me pregunto si es posible elegir sin tener en cuenta el condicionante económico. ¿Son realmente libres de elegir los menores si su decisión mengua los ingresos de toda la familia? Incluso si la respuesta a esta pregunta fuera afirmativa, en ningún caso disminuiría el nivel de exposición al que hubieran sido sometidos hasta entonces. El momento en que Eider y Anne abandonan el canal del parto ya se ha visualizado casi siete millones de veces, y a saber en cuantos ordenadores no estará descargado… Ellas nunca podrán remediar eso.

La coherencia es la clave

La reflexión final que quiero dejar en este post es que no creo que haya una postura adecuada en lo que a la exposición de los hijos en redes sociales se refiere. Cada padre es libre de actuar como considere oportuno y nadie, más allá de sus hijos, está legitimado para juzgarle. Pero seamos coherentes… Si la acción de exponer a un hijo repercute directamente en la consecución de colaboraciones, patrocinios o cualquier otra actividad retribuida, quien la ejecuta se está lucrando de la imagen de un menor.

¿Es malo? No necesariamente. Seguramente esos pequeños tengan una buena calidad de vida gracias a ello. Quizás los beneficios permitan a esos padres dejar de trabajar para dedicar más tiempo a sus hijos. Es probable que puedan proporcionarles una formación académica más completa. Tendrán comodidades que no todos los niños pueden disfrutar. Incluso puede que se alimenten mejor (los precios actuales de las frutas y verduras son otro tema).

¿Suena mal? Sí, mucho. Pero hay tantas cosas que esta sociedad hipócrita practica pero no quiere asumir… Pero evitar nombrar algo no lo hace desaparecer.

Maternidad

Como llegué a la lactancia artificial

En un post anterior os conté cuáles eran mis planes respecto a la alimentación de mi hija durante sus primeros meses de vida. También os adelanté que la realidad superó todas mis expectativas, lo que provocó que mis planes se fueran al traste. Hoy os cuento los detalles y cómo terminé asumiendo que la lactancia artificial era nuestra mejor opción.

El día de mi cesárea tardé una hora y media en volver a la habitación tras la intervención. Daniela estaba durmiendo en su nido y los médicos habían dejado unas instrucciones muy claras a mis familiares. En dos horas tenía que comer, se hubiera despertado o no, hubiera vuelto yo o no. Eso dejaba media hora de margen desde mi llegada a su primera toma, y lo cierto es que cuando pasó yo no estaba como para iniciar la lactancia materna. Los efectos de la anestesia eran ya mínimos y la herida dolía cada vez más, así que le pedí a mi madre que le diera la cantidad que nos habían dicho de leche de fórmula.

Y así seguimos casi todo el día. Como dije en el anterior post, me sé la teoría a la perfección. Sé que el éxito de la lactancia materna depende en gran medida del momento en que se inicia. Pero en aquellos momentos me sentía incapaz de poner a Dani al pecho. No podía moverme por la cesárea, ni siquiera podía ver a mi hija salvo que pusieran el nido en un ángulo adecuado porque, incluso teniéndola en brazos, no podía girar el cuello para mirarla. No me parecía que existiera postura adecuada que no implicará poner a la peque sobre mí, y me dolía todo demasiado como para colocarme casi 4 kilos encima.

Tras la primera noche, en la que apenas dormí 20 minutos, sí lo intenté aunque seguía sin poder moverme. Daniela se enganchó al pecho perfectamente y ahí pensé que podría llevar a cabo mis planes. Pero un rato después, el ginecólogo me dio luz verde para levantarme de la cama y a partir de entonces nada de mi posparto fue como había imaginado.

Tengo un historial médico amplio, con una veintena de operaciones a mis espaldas. Considero que mi umbral del dolor es bastante alto. Quizás por eso me pasé de lista al pensar que una cesárea era pan comido. Ni siquiera me había planteado otra posibilidad. Así que cuando me bajé de la cama y empecé a tener unos de los dolores más bestias de mi vida, creí que algo tenía que estar yendo mal.

Cuando llegó el ginecólogo y me pidió que le explicara que me pasaba, lo único que fui capaz de decirle es que sentía como si me estuvieran apuñalando (el dolor era tan grande, intermitente y concentrado en un único punto que no se me ocurría otra manera de describirlo). Él me contestó que había mujeres que decían eso, otras que hablando de cristales en la herida y otras que directamente les decían que parecía que aún no hubieran parido. Lo que estaba teniendo eran dolores de entuerto que se habían intensificado al comenzar la lactancia.

Ya sabía lo que eran dolores de entuerto, pero había leído que eran más frecuentes tras un segundo parto y nunca había imaginado que podían llegar a ser tan fuertes. Tras mi experiencia he hablado con muchas mujeres y ninguna me los ha descrito con esa intensidad. Era una sensación muy frustrante porque a mí la herida de la cesárea no me dolió ni un solo momento, así que me encontraba perfectamente hasta que el dolor llegaba de golpe y no podía moverme.

No estaba físicamente bien, pero tampoco psicológicamente. Los primeros días de vida de mi hija no fueron como yo los imaginaba. No me podía creer que precisamente la vez que antes necesitaba recuperarme se me estuviera haciendo tan cuesta arriba. No pude vestir a Daniela, ni salir con ella en brazos del hospital o darle su primer baño. Todos los momentos que con tanta ilusión había esperado estaban enturbiados por el dolor y eso me entristecía. Cuando llegué a casa dolorida, cansada y desanimada, ni siquiera me planteé no comprar una caja de leche.

Intentaba poner a Daniela en el pecho, pero cada vez era más difícil porque ella ya se había acostumbrado al biberón. Mi intención entonces fue favorecer la estimulación con el sacaleches, pero entonces entraron en juego las visitas. Por suerte, todas las que recibía eran de personas que me importaban y nunca me molestaron. Pero lo cierto es que cada vez que me sentía con ánimos de usar el sacaleches alguien llamaba a la puerta. La mayoría de los días no era hasta por la noche cuando podía usarlo, y en más de una ocasión acabé quedándome dormida en el intento.

Todas las señales de la subida de leche que había tenido los primeros días fueron desapareciendo. Lo máximo que conseguí extraer con el sacaleches fueron 10 ml. En paralelo, Daniela comenzó con cólicos y me preocupaba más encontrar una leche o biberón que le sentara bien que la lactancia materna. Así que el decimotercer día después de mi parto, sin que se hubiera producido la subida de leche, desistí de mi plan inicial y asumí que mi hija se alimentaría con lactancia artificial. Y me sentí bien.

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Aquí se habla de lactancia artificial

Ni en este ni en otros textos que puedan venir pretendo promover la lactancia artificial frente a la lactancia materna, que sin duda es el mejor método de alimentación para cualquier bebé.

Dicho lo anterior, quiero dejar claro que en este blog se va a hablar mucho de lactancia artificial y nunca se hará de modo peyorativo o con complejos. ¿Por qué? En primer lugar porque aquí vengo a hablar de mi experiencia. Y en segundo, porque así compensaré de alguna manera los 0 minutos que se dedicaron a ella durante mis clases de preparación al parto y las tan escasas respuestas que obtuve durante el primer mes de vida de mi hija.

Este tema nunca me ha hecho daño. No sólo estoy satisfecha con la alimentación de mi hija, sino que cada día me convenzo más de que la lactancia artificial era nuestra mejor opción. Pero que a mí no hayan llegado a herirme no me ha impedido ser consciente la cantidad de veces que he sido juzgada. Por eso aprovecho para decir desde ya que las personas que se sientan tentadas a ser irrespetuosas pueden evitar el esfuerzo, pues sus comentarios no tendrán ningún efecto sobre mí.

Decidiendo el tipo de lactancia

Si soy sincera conmigo misma, tengo que admitir que en ningún momento durante la búsqueda y desarrollo del embarazo me ilusionó dar el pecho. Lo intenté porque sentía una presión autoimpuesta. No soy ajena a los beneficios de la lactancia materna y sentía que privar de ellos a mi hija voluntariamente era un acto egoísta. No culparé de ello a la sociedad. Muchas otras mujeres sí podrían hacerlo, pero personalmente creo que no tuve ese condicionante externo.

Tras mucho reflexionar, decidí que quería intentar la lactancia mixta desde el primer día. Sabía que con una cesárea era difícil que yo estuviera en la habitación para la primera toma de Daniela y tampoco estaba dispuesta a ver llorar a mi bebé por hambre (me da igual lo que digan, hay bebés que no quedan satisfechos con el calostro). Por eso no era reacia a dar una “ayuda” los primeros días siempre que fuera necesario.

A partir de ahí, esperaba poder instaurar la lactancia materna durante el día y usar un biberón de leche artificial para la última toma. Siempre he estado muy obsesionada con las rutinas y para mí era una prioridad establecer horarios. Quería que la última toma fuera a una hora concreta y saber qué cantidad de leche había tomado mi hija. Esperaba así favorecer el sueño del bebé. Para mí no es factible dormir en intervalos pequeños. Imagino que lo hubiera soportado si hubiera sido necesario, pero mi salud hubiera quedado resentida.

Tras esa última toma, usaría el sacaleches e intentaría crear un pequeño banco de leche. Y es que tampoco quería alargar la lactancia materna más allá de los 6 meses. A partir de ese momento,  la alimentación con leche materna llegaría hasta donde las reservas y el sacaleches nos permitieran.

¿Cómo me preparé?

Me informé muchísimo. Leí artículos de revistas especializadas, algunos de los libros tan famosos sobre el tema, asistí a charlas con matronas, seguía la experiencia de otras madres a través de internet… Me sé la teoría a la perfección. Tomar una decisión estando informada me parece esencial, sea cual sea la elección final. Solo así pueden valorarse todos los beneficios e inconvenientes.

Me hice con todos los artículos que creía que podía necesitar. Los sujetadores y pijamas que había comprado durante el embarazo estaban preparados para el periodo de lactancia. Tenía, discos de lactancia, bolsas para la congelación de leche materna… E intuyendo que mi parto sería por cesárea, me planteé cómo podría estimular la producción en caso de que no pudiera poner al bebé al pecho por alguna circunstancia. La mejor opción me pareció comprar un sacaleches eléctrico para llevar al hospital.

Antes de dar a luz me sentía completamente preparada para llevar adelante el plan que me había marcado. Tenía todos los recursos que creía necesitar y estaba segura de poder contar con ayuda si la necesitaba. Además, no sentía ninguna presión. Como he dicho antes, la lactancia materna no me ilusionaba especialmente por lo que creía que, en caso de tener que renunciar a ella, ni siquiera me lo plantearía. Pero la realidad siempre supera las expectativas, y las cosas acabaron siendo muy distintas a como yo las había imaginado… Aunque eso os lo contaré en otro post para no extenderme demasiado y no mezclar mis expectativas con la experiencia real.

¿Vosotros teníais claro que lactancia queríais instaurar desde el principio? ¿Os costó tomar la decisión? ¿Os habéis sentido juzgadas? Estaré encantada de leer vuestros comentarios.

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Bautizada por los pelos

Jesús dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos.» (Nuevo Testamento, Mateo 19:14)

El pasado domingo se cumplió un año del bautizo de Daniela. Aquel 25 de febrero no fue un día agradable, aunque con el tiempo he conseguido reírme al recordarlo. Hubo momentos que no voy a compartir por respeto a quienes participaron de ellos, pero me permitiré señalar que en un evento de este tipo nadie debería ser más protagonista que el bebé. Dicho esto, voy a contaros una de las situaciones más surrealistas a las que me he enfrentado nunca.

Siempre había tenido claro que quería bautizar a Daniela lo más pronto posible, por eso empecé a prepararlo todo antes incluso de que naciera. Hice los cursillos preparatorios embarazada de ocho meses, preparé toda la documentación necesaria y la entregué tan solo unos minutos después de acabar los trámites en el Registro Civil. El único motivo por el que mi hija no se bautizo antes fue por cuestiones de agenda.

Aquel sábado a las 11:45 casi todos los invitados estábamos ya en la iglesia elegida, la misma en la que me había bautizado yo 26 años antes. Quince minutos era tiempo más que suficiente para firmar los últimos papeles y prepararnos para la ceremonia. Pero llegaron las 12:00 y el que no aparecía era el sacerdote. Veinte minutos más tarde, cuando ya todos pensábamos que aquello era un pasote, el que apareció fue el diácono de la parroquia para decirnos que ese bautizo había sido suspendido a petición de la familia.

¡¡¡¿¿CÓOOOOOOOMO??!!!

Eso fue lo único que pude pensar. El diácono comenzó a explicarme qué una mujer había acudido a la iglesia para comunicar que la madre (yo) había decidido anular el acto porque la niña “no podía bautizarse”. No sabía si estaba más asombrada porque alguien hubiera hecho algo así o porque el sacerdote hubiera seguido las instrucciones sin plantearse siquiera llamarme por teléfono. La respuesta a esto último la tuve pronto: la susodicha era muy religiosa, su presencia en la iglesia era habitual y, por tanto, el sacerdote confiaba en ella lo suficiente como para no cuestionar lo que había dicho. Esa información y una descripción física bastaron para que yo supiera de quién estábamos hablando.

Finalmente el sacramento pudo celebrarse. El diácono atrasó un entierro que tenía pendiente para bautizar a mi hija. Y debo agradecerle  la bonita ceremonia que ofició, aunque yo no pude disfrutarla. Tras el enfado inicial, empezó a invadirme la inquietud. Anteriormente había compartido con esa mujer unas conversaciones que me habían hecho sentir incómoda y que, con el último acontecimiento, me preocuparon realmente. Y es que si una persona está tan jodidamente loca como para hacer algo así, ¿que pasaría por su cabeza cuando dijo “un día te voy a quitar a tu hija”?

Al día siguiente puse en marcha los mecanismos que estimé oportunos para evitar que esa señora siguiera molestándonos. Pero unas semanas más tarde, tuvimos un encuentro por la calle. Le pedí que no se acercara a mí, pero no parecía dispuesta a hacerme caso. Me marché del lugar, pero tampoco sirvió para que me dejara tranquila… Se atrevió a decirme en un tono que a mí me pareció retador que si tenía miedo a que me quitara a la pequeña. Y justo antes de conseguir librarme de ella, se atrevió a insinuar que mi hija había nacido sana gracias a sus rezos. Por suerte, desde ese día no he vuelto a coincidir con ella.

Desconozco si lo que le molestó fue mi condición de madre soltera, o que mi hija hubiera nacido gracias a un tratamiento de reproducción asistida. Dudo que tuviera algo personal contra mí porque apenas la conozco. Algunos opinan que la movía la envidia y otros que se dejó llevar por el aburrimiento…  Como digo al principio, con el paso de los meses he aprendido a recordar el bautizo de mi hija entre risas y pensar que será una anécdota que pueda contar toda su vida. Pero lo cierto es que siempre llevaré conmigo el no haber disfrutado de un día importante que había estado esperando durante tanto tiempo. Quizás lo correcto sea perdonar, como el propio diácono me recordó aquel día, pero lo cierto es que a mí no me sale hacerlo. El perdón lo reservo para aquellos actos que puedo comprender.