Parte de la portada de Un oso es un oso o puede que no
Colaboraciones

Un oso es un oso (o puede que no)

Hoy se celebra el Día Internacional de Libro. Durante mi época universitaria, cada 23 de abril significaba visita obligada a las librerías. Aunque hubiera estado comprando días antes, esta fecha había que celebrarla incorporando un nuevo título a la biblioteca. Ahora me cuesta mucho adquirir libros en papel porque apenas tengo tiempo para leerlos y me faltaría el espacio para guardarlos. Pero sigo prestándole una atención especial a esta fecha. Por eso el post no podía ir sobre otra cosa que no fuera un libro. En esta ocasión voy a reseñar, gracias a SM, el cuento infantil Un oso es un oso (o puede que no).

Ficha del libro Un oso es un oso o puede que no

Sinopsis

Un oso es un oso, o puede que no… ¿Cómo sabe quién es si se le olvidó? ¿Una ardilla? ¿Un ave? ¿Un zorro? ¿O quizás un ave? Nuestro oso, cansado, está de muy mal humor. ¿Acaso no te imaginas cuál es la razón? Un precioso álbum ilustrado que, con mucho humor y ternura, nos ayuda a responder a la pregunta de quiénes somos.

Mi opinión

A veces tengo un problema con los cuentos infantiles, y es leerlos como una mujer de 27 años y no como  un niño de corta edad. Quizás es lo que me haya ocurrido en esta ocasión. Cuando leí el título del libro y la última frase de la sinopsis me imaginé una historia completamente distinta. Por lo que me quedé con una sensación rara tras la lectura.

La historia es muy sencilla. No he conseguido detectar ningún mensaje que ayude a responder la pregunta de quiénes somos. No hay moraleja, no se transmiten valores, no se profundiza en cuestiones trascendentales, etc. Lo que encontramos es una historia divertida para pasar el rato. Esto no es malo. Las cosas buenas no tienen que ser necesariamente grandilocuentes.  Simplemente es que el libro no era acorde a mis expectativas.

El lenguaje empleado no es complicado, lo cual va en sintonía con el tono del cuento. Hay una fórmula que se repite en varias páginas. Es una buena forma de que los pequeños puedan seguir la historia con facilidad. Aunque la limitación del vocabulario me lleva a pensar que el libro está pensando para los niños que se encuentran en la parte baja de la tramo de edad recomendada.

Muestra de las ilustraciones de Un oso es un oso o puede que no

Las ilustraciones son sin duda su mejor baza. Con un predominio de los tonos fríos, parecen imitar la apariencia propia de los dibujos pintados con lápices de cera. Este aspecto me ha encantado. Lo único que destacaría es que, en ocasiones, no es fácil leer los textos. Puede que esta percepción se deba a mis problemas de vista, pero hubiera agradecido que resaltaran más.

En general, estoy muy satisfecha con el cuento. Aunque no es lo que esperaba, creo que es adecuado para los más pequeños que sólo esperan escuchar una historia entretenida para pasarlo bien. Y ese propósito lo cumple sobradamente.

Espero que esta reseña os haya resultado útil y que disfrutéis del Día del Libro. ¿Hacéis algo especial para celebrarlo? ¿Habéis fichado alguna historia interesante hoy? Si es así, no dudéis en compartirla a través de los comentarios.

Niña soriente, perpleja y de apariencia feliz
Maternidad

¿Por qué exponen los influencers a sus hijos?

Ayer el pequeño Leone, hijo de la influencer italiana Chiara Ferragni y el rapero Fedez, cumplió un mes de vida. Para los que no conozcáis estos nombres, os diré a modo de resumen que Chiara es probablemente la bloguera más influyente del mundo. En 2009 puso en marcha, junto a su entonces pareja Riccardo Pozzoli, su proyecto The Blonde Salad que alcanzó un éxito increíble en poco tiempo. A día de hoy, ella tiene 12,5 millones de seguidores en Instagram. Una auténtica locura.

Lo que a algunos les parece también de locos es que, en escasos treinta días, ya haya publicadas 43 fotografías del pequeño en esa red social. Y sólo contabilizando las publicaciones típicas. Si se tienen en cuenta los Stories la cifra sería muchísimo mayor. Tal ha sido la exposición que, ante las críticas de sus seguidores por la posible comercialización de la imagen de un menor, los padres han dado explicaciones públicas. Se defienden argumentando que en ninguna de las fotos hay marcas enlazadas. Y alegan que, aunque ellos no mostraran a su hijo, los paparazzi harían publica su imagen (en Estados Unidos la imagen de un menor no goza de la misma protección que en España).

No es el único caso de influencer que expone la imagen de sus hijos en redes sociales. Verdeliss, sobrenombre con el que conocemos a Estefanía Unzu, es una chica que en 2008 creó de manera casual un canal de Youtube que actualmente tiene más de 1.300.000 suscriptores. En él podemos ver su día a día, el de su marido y el de sus seis hijos. A mí, que la mayoría de días me cuesta encontrar tiempo y ánimo para publicar una foto o escribir un tweet, me asombra la capacidad de esta mujer para, sin ayuda doméstica, llevar adelante una casa de esas características y mantener la cámara grabando desde el momento en que se despiertan hasta que vuelven a dormirse.

De sus hijos, especialmente de los más pequeños, se puede ver todo: su nacimiento, sus primeras horas de vida, el primer baño, el momento de conocer a sus hermanos… Sabemos cómo son, cómo visten, qué comen, adonde van para divertirse… Verdeliss argumenta que es una forma de conservar recuerdos (algo así como un álbum de fotos pero adaptado al 2.0) y que dejará el canal en el momento en que los niños no quieran seguir con ello.

Supongo que impulsadas por los deseos de emular estos éxitos, se han creado cientos de cuentas en las que blogueras e instagrammers muestran diariamente a sus hijos. Muchas de ellas tienen rasgos comunes. Hay fotos tan cuidadas como las de cualquier catálogo en las que los menores aparecen realizando acciones cotidianas y, en ocasiones, se patrocinan productos relacionados con el mundo infantil.

¿Está justificada la exposición de los hijos en estos casos?

Realmente no creo que sea una cuestión que necesite justificación. A los padres de esos niños les apetece exponer su imagen, pueden hacerlo y lo hacen. Poco más habría que añadir. Yo misma he colgado fotos de mi hija en redes sociales. Creo que, con mesura y precaución, subir una instantánea a internet no produce ningún daño. Hoy puedo decir que no me he lucrado gracias a su imagen. Pero tampoco me haré la digna porque quien sabe que pasará mañana.

Por eso mismo no entiendo los argumentos tan peregrinos con los que nos deleitan las influencers. Pareciera que necesitaran convencerse a ellas mismas… Quizás sea muy malpensada, pero me cuesta mucho imaginar a Chiara subiendo una foto de su hijo en la que se puede ver en tres ocasiones la marca Nike sin que haya retribución de algún tipo. Por no decir que todos sabemos que una bloguera de ese nivel no necesita mencionar a una marca para que en menos de un minuto todos sus seguidores sepan dónde encontrar el conjunto.

Hay demasiadas fotos del pequeño en las que el look es el verdadero protagonista para no sospechar de la comercialización, directa o indirecta,  de su imagen. Y sí, es innegable que la imagen del pequeño iba a ser pública más pronto que tarde. Pero la exposición en la esfera privada no sustituye a la pública, sino que se suma a ella. Los paparazzi, por ejemplo, nunca habrían podido captar fotos del bebé en sus primeros instantes de vida.

Tampoco entiendo las excusas de Verdeliss. Ella dice que parará en cuanto alguno de sus hijos no quiera seguir. Pero me pregunto si es posible elegir sin tener en cuenta el condicionante económico. ¿Son realmente libres de elegir los menores si su decisión mengua los ingresos de toda la familia? Incluso si la respuesta a esta pregunta fuera afirmativa, en ningún caso disminuiría el nivel de exposición al que hubieran sido sometidos hasta entonces. El momento en que Eider y Anne abandonan el canal del parto ya se ha visualizado casi siete millones de veces, y a saber en cuantos ordenadores no estará descargado… Ellas nunca podrán remediar eso.

La coherencia es la clave

La reflexión final que quiero dejar en este post es que no creo que haya una postura adecuada en lo que a la exposición de los hijos en redes sociales se refiere. Cada padre es libre de actuar como considere oportuno y nadie, más allá de sus hijos, está legitimado para juzgarle. Pero seamos coherentes… Si la acción de exponer a un hijo repercute directamente en la consecución de colaboraciones, patrocinios o cualquier otra actividad retribuida, quien la ejecuta se está lucrando de la imagen de un menor.

¿Es malo? No necesariamente. Seguramente esos pequeños tengan una buena calidad de vida gracias a ello. Quizás los beneficios permitan a esos padres dejar de trabajar para dedicar más tiempo a sus hijos. Es probable que puedan proporcionarles una formación académica más completa. Tendrán comodidades que no todos los niños pueden disfrutar. Incluso puede que se alimenten mejor (los precios actuales de las frutas y verduras son otro tema).

¿Suena mal? Sí, mucho. Pero hay tantas cosas que esta sociedad hipócrita practica pero no quiere asumir… Pero evitar nombrar algo no lo hace desaparecer.

Reproducción asistida

¿Cuál es mi historia?

Algunos de los que seguís el blog me habéis comentado por privado que no encontráis mi historia. Lo cierto es que no he contado mi proceso en reproducción asistida de manera lineal. Soy una persona obsesiva y si intentara hablar de cada tratamiento me sería muy difícil no incluir número de revisiones, dosis de medicación, tamaño de folículos… En definitiva, una cantidad enorme de información que tengo archivada y que no considero interesante para el lector.

Otra razón por la que no he hecho un relato de esas características es porque hablar de un tratamiento implica en cierta forma revivirlo. Todos los que hayáis vivido este tipo de situaciones entenderéis que no siempre hay ánimos para hablar de ello. De hecho, aunque he intentado escribirla en varias ocasiones, la segunda parte del post sobre mi aborto bioquímico está pendiente desde el pasado mes de noviembre. No quería empezar a publicar, que me ocurriera algo así y la historia quedara en stand by.

Y por último, pero no menos importante, es que no me apetece nada que aquellos que me decepcionaron durante mis tratamientos husmeen ahora en mi intimidad. Ya sabéis que mi blog no es anónimo, todo el mundo conoce mi identidad. Mucha gente de mi entorno visita este sitio, pero no todos lo reconocen. Ellos sólo leerán lo que a mí me apetezca que lean en cada momento.

Lo que si he hecho desde que comencé con el blog es escribir una serie de post más generales, pero basados en mis experiencias. Así habéis podido saber el chasco que me llevé en mi segundo tratamiento, por qué decidí cambiar de rumbo tras el tercero, el triste final del cuarto…

He pensado que puede ser interesante crear un lugar donde podáis encontrar esos retazos de mi experiencia en orden cronológico. Por eso en esta publicación, además de explicaros mis razones, voy a recopilar todas las entradas publicadas hasta el momento en las que hablo de mi proceso. E iré actualizándola periódicamente para añadir las que pudieran venir en un futuro.

Si queréis más datos o que profundice en algún tema, no dudéis en decírmelo en los comentarios o a través de las redes sociales.

En esta recopilación no se incluyen todos los post sobre reproducción asistida que podéis leer en el blog.

Mi momento perfecto para ser madre

El blog no podía comenzar con un post que no fuera este. Siempre tuve claro que la maternidad en solitario era mi opción, aunque no esperaba llevarla a la práctica tan pronto. Pero hay momentos en la vida que dinamitan todos los planes.

Cómo afrontar la cancelación de un tratamiento

Uno de mis grandes chascos en reproducción asistida llegó en el segundo tratamiento. Tenía el convencimiento de que aquel sería mi mes, pero todo acabó con una cancelación que condicionó mis siguientes pasos.

Mi aborto bioquímico (Primera parte)

Mi primer positivo llegó en el cuarto tratamiento. Por desgracia, mi embarazo tan sólo duró catorce días. En la primera parte del post podéis leer lo que ocurrió durante esas dos semanas y como me sentí al respecto.

¿Por qué conté (y oculté) que estaba en tratamiento?

La reproducción asistida es un tema tabú para muchos pacientes. Yo siempre he creído que no ocultarse es la única manera de normalizar la situación. Por eso contaba en mi entorno todos los pasos daba. Pero cuando me hicieron daño, también me oculté para protegerme.

Consejos para afrontar la betaespera

La betaespera es un momento que pone a prueba el autocontrol de los que nos sometemos a un tratamiento de reproducción asistida. Yo fracasé estrepitosamente en lo que a mantenerme tranquila se trataba. Por eso escribí un post con los consejos que no seguí, pero que estoy segura contribuyen a que ese periodo no sea tan insoportable.

¿Merece la pena?

Con motivo del primer cumpleaños de mi hija, reflexioné acerca de si había merecido la pena todo lo vivido (un año de tratamientos, de preocupaciones, de lagrimas…). Y es que la reproducción asistida es muy dura, pero también tiene muchas cosas buenas que debemos valorar.

Maternidad

Como llegué a la lactancia artificial

En un post anterior os conté cuáles eran mis planes respecto a la alimentación de mi hija durante sus primeros meses de vida. También os adelanté que la realidad superó todas mis expectativas, lo que provocó que mis planes se fueran al traste. Hoy os cuento los detalles y cómo terminé asumiendo que la lactancia artificial era nuestra mejor opción.

El día de mi cesárea tardé una hora y media en volver a la habitación tras la intervención. Daniela estaba durmiendo en su nido y los médicos habían dejado unas instrucciones muy claras a mis familiares. En dos horas tenía que comer, se hubiera despertado o no, hubiera vuelto yo o no. Eso dejaba media hora de margen desde mi llegada a su primera toma, y lo cierto es que cuando pasó yo no estaba como para iniciar la lactancia materna. Los efectos de la anestesia eran ya mínimos y la herida dolía cada vez más, así que le pedí a mi madre que le diera la cantidad que nos habían dicho de leche de fórmula.

Y así seguimos casi todo el día. Como dije en el anterior post, me sé la teoría a la perfección. Sé que el éxito de la lactancia materna depende en gran medida del momento en que se inicia. Pero en aquellos momentos me sentía incapaz de poner a Dani al pecho. No podía moverme por la cesárea, ni siquiera podía ver a mi hija salvo que pusieran el nido en un ángulo adecuado porque, incluso teniéndola en brazos, no podía girar el cuello para mirarla. No me parecía que existiera postura adecuada que no implicará poner a la peque sobre mí, y me dolía todo demasiado como para colocarme casi 4 kilos encima.

Tras la primera noche, en la que apenas dormí 20 minutos, sí lo intenté aunque seguía sin poder moverme. Daniela se enganchó al pecho perfectamente y ahí pensé que podría llevar a cabo mis planes. Pero un rato después, el ginecólogo me dio luz verde para levantarme de la cama y a partir de entonces nada de mi posparto fue como había imaginado.

Tengo un historial médico amplio, con una veintena de operaciones a mis espaldas. Considero que mi umbral del dolor es bastante alto. Quizás por eso me pasé de lista al pensar que una cesárea era pan comido. Ni siquiera me había planteado otra posibilidad. Así que cuando me bajé de la cama y empecé a tener unos de los dolores más bestias de mi vida, creí que algo tenía que estar yendo mal.

Cuando llegó el ginecólogo y me pidió que le explicara que me pasaba, lo único que fui capaz de decirle es que sentía como si me estuvieran apuñalando (el dolor era tan grande, intermitente y concentrado en un único punto que no se me ocurría otra manera de describirlo). Él me contestó que había mujeres que decían eso, otras que hablando de cristales en la herida y otras que directamente les decían que parecía que aún no hubieran parido. Lo que estaba teniendo eran dolores de entuerto que se habían intensificado al comenzar la lactancia.

Ya sabía lo que eran dolores de entuerto, pero había leído que eran más frecuentes tras un segundo parto y nunca había imaginado que podían llegar a ser tan fuertes. Tras mi experiencia he hablado con muchas mujeres y ninguna me los ha descrito con esa intensidad. Era una sensación muy frustrante porque a mí la herida de la cesárea no me dolió ni un solo momento, así que me encontraba perfectamente hasta que el dolor llegaba de golpe y no podía moverme.

No estaba físicamente bien, pero tampoco psicológicamente. Los primeros días de vida de mi hija no fueron como yo los imaginaba. No me podía creer que precisamente la vez que antes necesitaba recuperarme se me estuviera haciendo tan cuesta arriba. No pude vestir a Daniela, ni salir con ella en brazos del hospital o darle su primer baño. Todos los momentos que con tanta ilusión había esperado estaban enturbiados por el dolor y eso me entristecía. Cuando llegué a casa dolorida, cansada y desanimada, ni siquiera me planteé no comprar una caja de leche.

Intentaba poner a Daniela en el pecho, pero cada vez era más difícil porque ella ya se había acostumbrado al biberón. Mi intención entonces fue favorecer la estimulación con el sacaleches, pero entonces entraron en juego las visitas. Por suerte, todas las que recibía eran de personas que me importaban y nunca me molestaron. Pero lo cierto es que cada vez que me sentía con ánimos de usar el sacaleches alguien llamaba a la puerta. La mayoría de los días no era hasta por la noche cuando podía usarlo, y en más de una ocasión acabé quedándome dormida en el intento.

Todas las señales de la subida de leche que había tenido los primeros días fueron desapareciendo. Lo máximo que conseguí extraer con el sacaleches fueron 10 ml. En paralelo, Daniela comenzó con cólicos y me preocupaba más encontrar una leche o biberón que le sentara bien que la lactancia materna. Así que el decimotercer día después de mi parto, sin que se hubiera producido la subida de leche, desistí de mi plan inicial y asumí que mi hija se alimentaría con lactancia artificial. Y me sentí bien.

Personal

La historia de un máster (y no es el de Cifuentes)

Dedicado a todos los que sin contactos y sin hipotecar vuestra dignidad habéis conseguido una carrera investigadora exitosa en la Universidad. Sois la caña.

Había una vez un máster oficial de una universidad pública española en el que las matriculas de honor iban, venían, pero a la persona con las notas más altas nunca le caían. Esa persona obtuvo en una asignatura una calificación de 9,9. Ella pensó “¡ya está! Esta vez no hay forma de que la matrícula de honor no sea mía”, pero esta calificación no terminaba de aparecer en el expediente académico.

Llegó el momento de comenzar el Trabajo Fin de Máster y, cuando la universidad publicó la lista de posibles tutores, la alumna se sintió decepcionada porque ninguno de sus favoritos estaba en ella. Desde la dirección del máster se habian dado instrucciones de no contactar de forma privada con otros profesores, así que no quedaba otra que elegir entre lo que había. “Al menos seré la primera en escoger”, pensó, y es que en teoría los alumnos de mejores notas tenían preferencia en la elección.

Cuando se hizo pública la asignación de tutores, no sólo había algún profesor nuevo (lo que indicaba que sí se había contactado con ellos), sino que a la alumna de la que hablamos no se le había asignado el tutor elegido. El rebote de ésta fue épico, en plena clase del máster. Porque si algo caracteriza a esta chica es que nunca se esconde. En ese mismo momento renunció a la realización del TFM por considerar que las oportunidades que se estaban ofreciendo a los alumnos no eran iguales para todos. Pero tras una reunión con una de las responsables del máster y algún correo electrónico en el que se le pedía reconsiderar la situación pensó “¿por qué tengo yo que quedarme sin máster por lo que hagan otros?” y se puso a ello.

Un día la tutora de su TFM le dijo algo así como “te has llevado la matricula de honor de esa asignatura, ¿no?”. Cuando la alumna le comentó que no lo tenía demasiado claro, se extrañó tanto que se comprometió a consultarlo ella misma. En la siguiente reunión, la tutora estaba aún más extrañada porque no le habían confirmado que efectivamente se fuera a otorgar esa  distinción (la alumna tuvo la sensación de que lo que le habían confirmado era justo lo contrario). Imagino que con toda la buena fe del mundo, esta profesora le recomendó a su tutorizada escribir a la coordinación del máster para interesarse por la cuestión.

La alumna, poco acostumbrada a pedir cosas, escribió un correo electrónico de lo más formal. A pesar del buen tono del texto, el contenido del mismo no debió agradar en exceso pues fue objeto de critica por parte de una responsable del máster. El problema es que su opinión la expresó en una tutoría con otro alumno que, casualmente, era amigo de la emisora del mensaje. Obviamente, a esa alumna no le agradó conocer que una autoridad universitaria opinaba de ella con otros alumnos, y así se lo hizo saber en un nuevo correo electrónico. No obtuvo respuesta.

Los días fueron pasando y cada vez más alumnos se fueron indignando por otras cuestiones. Pero como ocurre casi siempre, hay pocos dispuestos a mostrar esa indignación en el lugar adecuado. Otra alumna, llamemosle R, que curiosamente tenía las segundas mejores notas del máster, se atrevió a luchar por lo que creía justo.

Y llegó el día de la defensa del TFM ante el tribunal. La tutora de nuestra protagonista no había hecho una sola corrección al suyo, sólo le había sugerido ampliar las referencias en uno de los apartados. El trabajo pintaba bien. Cuando acabó la defensa pública, los allí presentes como público la felicitaron. Pero el tribunal, tras deliberar, le otorgó una calificación de 6. Todo el mundo se quedó mudo de la sorprensa, así que el presidente del tribunal añadió con una media sonrisa “¿no vais a aplaudir?”.

Desconozco si esto fue un intento de humillarla, pero no lo consiguió. Ella ya sabe lo que suele ocurrir cuando alzas la voz más de lo necesario. Estaba preparada. Así que lejos de entristecerse o amilanarse, decidió quedarse a escuchar a sus compañeros y disfrutar de la tarde. La última en exponer su trabajo era R, y lo hizo genial. A mi humilde juicio, mucho mejor que otros que habían obtenido notas altas y a los que el propio tribunal les había corregido errores de bulto. Su calificación fue de 6.5.  Las dos notas más altas de aquel máster hasta el momento se iban con notas bajas en unos trabajos que habían arrancado elogios de algún miembro de aquella mesa.

Así que la intrepida alumna volvió a alzar la voz, volvió a expresar lo que creía que estaba pasando. No porque fuera a servir para algo, sino por el simple deseo de sentir que su dignidad valía más que la nota de un máster. Se quedó con las palabras de su tutora, que pensaba que su trabajo merecía más y le reconocía que en la vida hay situaciones en las que el resultado no depende de nuestro esfuerzo. Estaba decidida a comenzar un doctorado que finalmente decidió aparcar. Esta y otras situaciones que había presenciado durante sus siete años como universitaria habían acabado con la imagen que tenía de la Universidad.

¿Creéis que a esa chica le sorprende el caso Cifuentes?

Reproducción asistida

Consejos para afrontar la betaespera

Muchos de los que estáis leyendo esta entrada quizás no sepáis qué es la betaespera. Pero los que hemos pasado por un tratamiento de reproducción asistida no sólo lo sabemos, sino que sentimos escalofríos cada vez que leemos esa palabra. Y es que la betaespera es probablemente el momento de mayor tensión que se puede vivir en estos tratamientos.

¿Qué es la betaespera?

Se denomina betaespera al tiempo que transcurre desde la inseminación artificial o transferencia de embriones hasta la realización del test de embarazo. Recibe este nombre por la hormona β-hCG, cuya presencia y cuantificación determinará si existe o no gestación. La duración de este periodo dependerá de distintos factores (tipo de tratamiento, días de vida del embrión transferido, protocolo de la propia clínica, causas externas tales como festivos o fines de semana, etc), pero la espera difícilmente será inferior a diez días.

¿Por qué genera tanta tensión?

Imagino que habrá tantos motivos como pacientes, pero lo cierto es que todos coincidimos en lo difícil que es pasar por esta etapa de los tratamientos. En mi caso, la betaespera era un momento complicado porque, además de tener que manejar los nervios por el resultado del tratamiento, me enfrentaba a un periodo de absoluta inactividad tras semanas frenéticas.

Además, en estas semanas experimentaba una total falta de control sobre el resultado que no manejaba nada bien. Una de mis teorías es precisamente que todo lo que hacemos (reposo, beber Aquarius, mantener los pies calientes…) no responde más que a nuestra necesidad de sentir que podemos inclinar la balanza hacia el positivo.

¿Cómo afrontar la betaespera?

A este post le vendría genial ese refrán que dice Consejos vendo y para mí no tengo. Lo cierto es que yo no seguí prácticamente ninguna de las recomendaciones que voy a dar a partir de ahora. Y no estoy segura de si sería capaz de hacerlo si tuviera que enfrentarme de nuevo a un tratamiento de reproducción asistida. ¿Entonces por qué voy a darlas? Porque soy consciente del daño que hace no seguirlas, y si este post le evita eso a alguien me sentiré muy satisfecha.

Para sobrellevar la betaespera no hay recetas mágicas. Mi consejo principal es que cada mujer actúe según lo que le haga sentir bien. Algunas optan por quedarse en casa haciendo reposo, otras prefieren estar de trabajo hasta arriba para no pensar… No hay opción mala. Dicho esto, según mi experiencia, será más fácil mantener la tranquilidad si se siguen estas recomendaciones.

Mantén la mente ocupada

El tiempo parece que pasa más rápido cuanto menos pensamos en él, así que mantenerse entretenida es una gran opción. Dedícate a trabajar en otros proyectos, lee un libro que te guste, pásate horas viendo series, sal de compras… Los días se harán más llevaderos.

Rodéate de personas que te apoyen

Por muy bien que sigas el consejo anterior, el final de la betaespera continuará siendo el tema que ocupe la mayor parte de tus pensamientos. Habrá momentos en los que quieras desahogarte, compartir tu inquietud, expresar tus dudas… Es importante que cuentes con personas que te apoyen completamente, te escuchen y te aporten serenidad.

Yo tenía a mi madre, que esuchaba paciente todas mis cábalas, y a mis apoyos del 2.0. Este grupo estaba formado mayoritariamente por chicas que también se encontraban en tratamiento. Hablar con personas que están pasando por lo mismo que tú puede venirte muy bien. En internet hay foros, grupos de apoyo… Seguro que puedes encontrar un lugar en el que te sientas cómoda.

No abuses de Google y evita comparaciones

¿Quién no ha buscado en Google “síntomas beta positiva” o algo similar? No está mal hacerlo. Soy la primera que se ha pasado horas leyendo todo lo que el buscador me mostraba. Pero muchas veces para lo único que me servía era para desanimarme más.

Internet es muy grande y encontrarás historias de todo tipo. Si notas algún cambio en tu cuerpo y usas esas búsquedas para intentar predecir el resultado del tratamiento, lo más probable es que te acabes encontrando en alguna de estas situaciones:

  • Quizás no encuentres nada. En betaespera nos hiperobservamos y a cualquier cambio (que en realidad puede no serlo y simplemente haber pasado desapercibido en otro momento) le damos una importancia que no tiene. Si te pasas un tiempo buscando información y no acabas obteniendo ningún resultado, es probable que acabes sintiendo que has perdido el tiempo.
  • Corres el riesgo de hacerte demasiadas ilusiones o de llevarte un chasco innecesario. Y es que, a pesar de lo que acabamos de decir, lo más probable es que sí encuentres a alguien que haya escrito sobre lo que estás buscando. Si esa persona acabó teniendo un positivo, reforzará tu teoría de que estás ante un síntoma de embarazo. Y si por el contrario su tratamiento no fue bien, te verás teniendo el mismo final.

Lo cierto es que no hay forma de predecir el resultado de un tratamiento. Los síntomas de embarazo y del síndrome premenstrual son los mismos sobre el papel. Y tampoco todas los sentimos de la misma forma. A lo largo de mis tratamientos tuve dos negativos y dos positivos, y lo que caracterizó todas mis betaesperas fue la absoluta falta de síntomas. En una ocasión tuve más sueño, en otra más sed… pero no creo que nada de eso fuera relevante de cara al resultado.

Llena tu cabeza de pensamientos positivos.

Muchas chicas con las que hablo me dicen “soy pesimista porque así luego no me llevo un palo”. Yo misma he pensado eso alguna vez. Pero si los malos presagios se cumplen, lo que acabo comprobando es que un negativo no duele menos porque nos hayamos pasado quince días pensando que lo ibamos a tener. Para lo único que el pesimismo nos ha servido es para añadir dos semanas de sufrimiento inútil.

Intenta ser optimista y pensar en que tienes posibilidades reales de lograrlo. Por supuesto, hay que mantener los pies en la tierra y saber que ningún tratamiento tiene el positivo asegurado, pero no te niegues la posibilidad de vivir el proceso con ilusión.

Si estás en betaespera, espero que este post te sirva de ayuda. ¡Y que por fin tengas tu positivo! Si ya habéis pasado por alguna, me encantaría leer vuestra experiencia. ¿Estuvisteis tranquilas? ¿Se os ocurren otros consejos?