Maternidad

Bexsero

No soy profesional de la salud, sólo una madre que cuenta su experiencia. Nunca intentaría influenciar a ningún padre, en un sentido u otro, en algo tan importante.

El título es corto y a mucha gente puede sonarle a chino, pero si has sido padre recientemente sabrás que vamos a hablar de la vacuna contra el meningococo B. La maternidad está plagada de temas sensibles, y éste es uno de ellos. Después de una cesárea y una lactancia artificial, de las que hablaré llegado el momento, ya había escuchado suficientes comentarios como para curarme de espanto. Pero una no es tonta y sabe muy bien cuando la están juzgando sin el menor reparo. A mí nunca me ha afectado lo que pudieran decirme terceras personas en relación a esta vacuna. Yo me informé, valoré detenidamente todos los pros y los contras y tomé posición: no vacunar a mi hija.

¿Por qué decidí no vacunar?

Los motivos eran variados. Los problemas de abastecimiento me generan una importante desconfianza. No conozco las causas por las que se han producido ni tengo conocimientos sobre temas farmacéuticos, así que no emitiré una opinión sobre esto. Solo puedo decir que lo que ha ocurrido con esta vacuna no favorece que los padres confiemos en ella o en el laboratorio. Si partimos de esa desconfianza inicial, escuchar hablar de los efectos secundarios de la vacuna no ayuda. Fiebre alta, dolor agudo, vómitos, diarrea, dolor de cabeza, etc. son reacciones muy frecuentes en esta vacuna. Y luego están las experiencias que algunas madres han compartido por internet…

Esto ya era suficiente para que tuviera miles de dudas, y por eso me dediqué a investigar. Eso me generó más incertidumbre porque, a pesar de que la Asociación Española de Pediatría recomienda la vacunación frente al meningococo B para todos los niños a partir de los 2 meses de edad, no encontré unanimidad entre los pediatras. Además la incidencia de la enfermedad es realmente baja y el coste de la vacuna muy elevado. Cada dosis cuesta 106,15€, por lo que la vacunación completa supone un gasto de 424,60€ si se inicia antes de los 6 meses de vida del bebé. Esto es inasumible para muchas familias. En mi caso, requería un esfuerzo económico tremendo pues no contaba con ningún ingreso.

Teniendo en cuenta lo anterior, decidí que el esfuerzo que tenía que hacer para costear un medicamente del que no me fiaba era muy superior al riesgo que asumía al no vacunar a mi hija. Como he dicho, la incidencia de la enfermedad es baja por lo que la sensación de peligro era mínima. Aun así lo consideraba un tema tan importante que, habiendo razonado mi decisión, no rechacé la posibilidad de cambiar de opinión si encontraba nueva información que me convenciera.

¿Por qué cambié de parecer?

La enfermedad, aunque es poco frecuente, tiene unas consecuencias devastadoras. La tasa de mortalidad se sitúa en torno al 10% y, entre los supervivientes, el riesgo de sufrir secuelas graves alcanza el 30%. Esto en medicina es mucho. Demasiado para que mi mente lo dejara pasar sin más.

Cada poco tiempo pensaba si estaría haciendo lo correcto. Leía que otros países que ya habían incluido la vacuna en su calendario de vacunación, como Reino Unido, habían experimentado una bajada en las tasas de incidencia de la enfermedad. Y sobre todo pensaba en las cosas me habían pasado, en cuantas veces había creído que todo no podía pasarme a mí…

En octubre comencé a trabajar y entonces decidí que tenía que replantearme qué hacer respecto a esta vacuna. Mi decisión ya no era tan firme como meses atrás, y no podía ignorarlo. Consulté con mi pediatra todas las dudas que tenía y me aconsejó vacunar. Así que esa misma tarde fui a la farmacia a reservar dos dosis de la vacuna. Tuve suerte y en esos momentos las tenían en el propio establecimiento así que no tuve que esperar más de lo necesario.

Nuestra experiencia con la primera dosis

El martes 7 de noviembre llevamos a Daniela al pediatra para que confirmara que estaba bien para ponerle la vacuna. Tras explorarla y confirmar que todo era correcto, nos dijo que esta vacuna necesitaba la firma de un consentimiento informado. Algunos me habéis dicho por privado y por redes sociales que no os dijeron nada de esto. Puede que sea algo interno de mi centro de salud, no tengo ni idea. Llevaba bastante prisa porque tenía que volver al trabajo y, como me había informado ampliamente sobre la vacuna, no pregunté el motivo de ese requisito. Solo ojee el documento y lo firmé. Con el ok del médico y la cita para la consulta de enfermería cogida, mi madre fue a la farmacia a recoger una de las dosis que teníamos reservadas.

Daniela solo lloró unos 30 segundos una vez puesta la inyección, aunque lo hizo a pleno pulmón y la pena le duró un rato. El resto de la tarde estuvo perfecta y, cuando pasaron ocho horas sin ningún cambio, tuve la esperanza de que la vacuna no le causara reacción. No tuvimos esa suerte y, en cuestión de media hora, su temperatura pasó de 36º a 38.8º. Con una dosis de Apiretal y paños fríos conseguimos que la fiebre bajara a 38.2º a los 45 minutos. A las 23:30, con la fiebre ya bajando, me atreví a dejarla en su cuna para que descansara. Al día siguiente, no tuvo fiebre hasta media mañana y fue más leve que la del día anterior (37.7º).

Aparte de la fiebre, que no duró más de 24 horas, la vacuna le provocó reacción en la zona del pinchazo. El mismo día le costaba mover la pierna, imagino que por dolor, y el roce la hacía llorar. Aplicando calor local parece que ha mejorado y ya no se queja, pero dos semanas y media después sigue con un bulto en la zona. Por lo demás, no he apreciado otros síntomas significativos. Es cierto que a los dos días de la administración de la vacuna Daniela comenzó a hacer unas cacas muy feas, y la diarrea es otro de los síntomas más frecuentes según la ficha técnica de la vacuna. Pero no podría decir que ambas cosas hayan estado relacionadas, ya que en mi entorno había otras personas igual por culpa de una gastroenteritis.

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