Reproducción asistida

Mi aborto bioquímico (Primera parte)

Hoy no es un día cualquiera para mí. Pequeño invasor, nombre con el que bauticé a mi primer embrión transferido, podría estar celebrando su primer cumpleaños ya que el 6 de noviembre de 2016 era la fecha probable de parto en mi primer embarazo. Hablar en los términos en los que voy a hacerlo no es fácil.

Es frecuente oírme decir que sufrí un aborto, pero raramente entro en detalles y podría decirse que nunca expreso como me siento respecto a ello. ¿Por qué voy a hacerlo hoy aquí? Porque es la única manera que tengo de responder a todos aquellos que en algún momento sugirieron que debía ocultar esta parte de mi vida. Y voy a hacerlo de tal manera que no tengo suficiente con una entrada.

¿Qué es un aborto bioquímico?

Hablamos de aborto bioquímico cuando hay implantación en el útero pero el desarrollo embrionario se para en una fase tan temprana que el embarazo no llega a ser detectable por ecografía. Esto ocurre con mucha más frecuencia de la que creemos, pero en ocasiones las mujeres que lo sufren no llegan a enterarse.

Es un aborto que no deja señales físicas, a lo sumo una regla más abundante y dolorosa de lo normal. Si no se realiza un test de embarazo en el momento en que la hormona β-hCG es detectable, se pensará que es un simple retraso. El escaso conocimiento de este tipo de aborto lleva incluso a algunas mujeres a pensar que el test que les dio positivo estaba defectuoso.

En reproducción asistida estos abortos no pasan desapercibidos porque las pruebas de embarazo se realizan de manera temprana y a través de análisis de sangre (mucho más precisos que los de orina). Normalmente estos embarazos comienzan con betas bajas que suben irregularmente y que en un momento dado comienzan a decrecer. No fue mi caso, pero ya hablaremos de eso más adelante.

¿Cuál fue mi experiencia?

Pequeño invasor era un buen embrión, para mí era perfecto. He vivido cuatro betaesperas y sólo la de este tratamiento la recuerdo con buen sabor de boca. Estaba segura de que por fin tendría mi positivo. Sólo aguanté una semana para realizar el primer test de embarazo. Esperaba un negativo porque era muy pronto para ver otra cosa, pero apareció una línea tenue que confirmaba que estaba embarazada. Después de ese test vinieron muchos más (de tiras, de cassette, digitales), pero sabía que el definitivo era el análisis de sangre en la fecha programada por la clínica.

El resultado fue muy bueno. Mis niveles de β-hCG eran de 349 mUI/ml en día 16 de vida embrionaria, más del triple de lo que mi clínica consideraba suficiente para dar por confirmado el embarazo. Por eso no era necesario volver a repetir el análisis y me citaron directamente para el seguimiento ecográfico. Aunque estaba nerviosa y sentía miedo, porque cualquier persona en este tipo de proceso lo siente, confiaba en que todo iría bien. A mí me habían pasado ya demasiadas cosas, no iba a sumar un aborto a mi historial.

Me equivocaba. Seis días después me desperté de la siesta temblando de frío. El malestar duró una media hora, pero fue suficiente para que intuyera que algo no iba bien. Todo el mundo decía que no me preocupara, que todo iba bien. Yo misma pensaba que mi mente me estaba jugando una mala pasada y por eso, aunque decidí repetir la prueba de embarazo, no me desplacé a Sevilla para tener los resultados el mismo día. Esperé al lunes y me quedé en un laboratorio de mi ciudad en el que los resultados tardaban 48 horas. Pasé aquellos días entre el miedo por lo que intuía y la culpabilidad por no estar disfrutando cada momento de mi embarazo.

El miércoles, 9 de marzo, podía ir a recoger el resultado. Para entonces ya me había convencido de que me estaba sugestionando por el miedo y en realidad no ocurría nada. En el laboratorio no había comentado que ya tenía un análisis anterior que confirmaba el embarazo, no tenía ganas de volver a escuchar que me preocupaba innecesariamente. Las palabras que escuché al entrar allí me perseguirán siempre: “¡Enhorabuena! Estás embarazada. Tu beta es de 189”. No hay nada más desgarrador que fingir una sonrisa y dar las gracias justo en el instante en que descubres que estás abortando.

Salí de aquel laboratorio con el sobre en la mano, y solo cuando había caminado unos metros me atreví a abrirlo. Allí estaba el número que confirmaba que algo no había ido bien. Al levantar la vista de aquel folio, me encontré con el primer familiar al que tuve que decirle que todo había acabado. En honor a la verdad, quien lo dijo fue mi madre porque yo no encontraba las palabras. Caminé varios metros más hasta que encontré un portal desde el que poder llamar a mi clínica. Expliqué como pude lo que había ocurrido y pedí que le pasaran una nota a mi médico. Me comportaba como una autómata, nunca he invertido tantos esfuerzos en bloquear mis sentimientos. Pero sentía que tenía que zanjar todo aquello antes de dejarme caer.

Me devolvieron la llamada un par de horas más tarde. La información no se había transmitido bien y tuve que volver a escuchar una enhorabuena que esta vez corté de manera radical (tuve que disculparme unos días más tarde). Una vez quedó claro lo que estaba ocurriendo, me pidieron que fuera a la clínica para una nueva analítica que confirmara el pronóstico. Allí los resultados tardarían apenas 2 horas. El camino hasta la clínica me pareció interminable. Ni siquiera recuerdo quien realizó la extracción ni que me dijeron.

Volví a casa esperando recibir una nueva llamada. A estas alturas el nudo que tenía en la garganta casi me ahogaba. Solo podía pensar “aguanta un poco más, podrás hundirte cuando cuelgues”. En torno a las 20:00 horas sonó el teléfono y recibí las noticias que esperaba. La beta seguía bajando, ya estaba en 109, tenía que dejar la medicación y volver en unos días para repetir la analítica y comprobar que los valores seguían decreciendo. Colgué, fui al salón a contarle a mis padres lo que me habían dicho y por fin rompí a llorar. Mi embarazo había acabado. Sumaba un aborto a mi larga lista de infortunios.

1 comentario en “Mi aborto bioquímico (Primera parte)”

  1. Lo siento, se que es duro pasar por esto y no porque yo lo sufriese en mis carnes pero es tanto el amor e ilusión que ponemos en cada uno de nuestros tratamientos que imagino el dolor del pudo haber sido y no fue. Lo positivo y nunca mejor dicho es que tu pequeña está ahí contigo ahora mismo pero que cierto es que no se olvida a pequeño intruso verdad? Besos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *